FICCIONES
Cuando la imaginación despega, llega el momento de narrar lo que descubrimos en pleno vuelo. A veces la realidad nos obliga a cambiar de perspectiva; tanto así, que a menudo termina superando a la ficción. Si te sumerges en mis relatos, cuéntame qué te han parecido: tus comentarios sobre mis aciertos y errores son el motor que me ayuda a perfeccionar mi escritura.
miércoles, 12 de agosto de 2026
MARTA, LA MENSAJERA
CARTA DE MARIANO MORENO A JUAN JOSÉ CASTELLI
Buenos Ayres, 23 de enero de 1811.-
LAS MARGARITAS DE LUIS
"Margaritas"
Daisies
El tren de un sueño angustioso
(Para analistas de sueños)
Estaba oscureciendo, y aproveché la oportunidad para saltar del vagón y escapar hacia el pueblo. Cuando llegué me detuve en una de las primeras casas iluminadas. Allí me atendió un hombre bajito y calvo, vestido de traje, camisa blanca y corbata muy ajados; lo primero que hizo fue tocarme el brazo izquierdo para decirme “¡Estás todo manchado!”. No me gustó su aspecto y mucho menos su conducta. Salí de inmediato a la calle, y al pasar frente a una de las ventanas con vidrio, lo puede ver junto a otro individuo de igual aspecto, pero más alto, cantando la ópera de Verdi, la misma que había oído desde el sótano de la Iglesia. La imagen grotesca de ambos me dio náuseas y rápidamente me alejé y entré a otra casa iluminada. Allí me atendió una mujer mayor muy delgada y bien vestida, con un peinado alto, una blusa blanca impecable con hombreras y puntillas. Sosteniendo una taza de té de fina porcelana, me la ofreció y bebí con fruición. Enseguida partí nuevamente.
La noche quedó atrás y el sol brillaba con esplendor. A la distancia pude ver a la antigua iglesia del pueblo y sus dos torres gemelas de tejas coloniales, tan deterioradas como el conjunto del edificio. Sus paredes descascaradas dejaban al descubierto los enormes ladrillos bayos asentados en barro. En las escalinatas había un grupo de chicos que disfrutaban del sol cálido de un domingo invernal. Alguien me dijo que adentro estaba cantando el coro. Me asomé por una de las puertas laterales y observé a unos jóvenes vestidos en ropas de cuero color negro y hebillas doradas que ejecutaban música moderna. No sé por qué, pero me alejé lentamente, tal vez buscando el silencio de la naturaleza...
CAMINO DE LA RASTRILLADA
Mateando con el Viejo Vizcacha
Al alba, una pequeña multitud se congregó frente a la posada. Atraídos por la novedad, los lugareños contemplaban los carruajes flamantes y los caballos de arneses dorados y lustrosos, listos para la marcha. El espectáculo resultaba inusual para un pueblo poco acostumbrado al bullicio del ferrocarril.
-¿Qué andarán buscando por acá tantos ingleses?— murmuraban entre dientes, sin sospechar que se trataba de un grupo de intrépidos adelantados, resueltos a ensanchar las fronteras del mapa y poblar los desiertos confines santafesinos.
A medio camino, con el sol cayendo a plomo, el calor agobiante obligó a la expedición a buscar un resuello a orillas de una laguna para que los animales pudieran abrevar. Fue entonces cuando, en el extremo opuesto del bañado, una delgada columna de humo recortó el horizonte. Don Eduardo Casey —guía de la comitiva, hombre de mirada aguda y temperamento resuelto— tomó de inmediato sus catalejos para escrutar el reducto. Ante el temor de una embestida maleva que pusiera en riesgo a su gente, montó a caballo y partió hacia el lugar, escoltado únicamente por su postillón. Al aproximarse al asentamiento, tres hombres salieron a cortarles el paso con cara de pocos amigos. Casey, avezado en el trato de aquellas huestes, les ganó de mano: se apeó con soltura y saludó efusivamente:
- ¡Buenas tardes, paisanos! Luego, con una autoridad aplomada y astuta, añadió: Ando buscando ayuda. Se nos ha quebrado una pierna el postillón y necesitamos unos maderos para entablarlo.
Los tres hombres permanecieron inmutables, midiéndose con la mirada, como si no entendieran la lengua del forastero. Casey, leyendo el silencio, completó la oferta:
-Tengo aguardiente y tabaco para compensar la gauchada.
El trueque operó el milagro. Los hombres cambiaron una mirada de aprobación y el más veterano sentenció:
- Aura sí hay trato.
De inmediato, Casey ordenó al postillón regresar a buscar lo prometido. Mientras esperaba, aceptó la hospitalidad de sus anfitriones, quienes lo arrimaron hasta un precario toldo. Allí, cobijado por la sombra, un anciano decrépito sermoneaba con insistencia a un chico que escuchaba con la cabeza gacha.
- “Vos sos pollo, y te convienen / toditas estas razones; / mis consejos y leciones / no echés nunca en el olvido: / en las riñas he aprendido / a no peliar sin puyones”— recitaba el viejo, clavando en el aire su índice derecho. Al notar la presencia del forastero, giró la vista legañosa y, alcanzándole un mate amargo, continuó con su matraca a modo de presentación:
- Me yaman el Viejo Vizcacha... Porque me achacan roñoso y agarrau. Pero mi cumpa Martín, ánima en pena que anda rondando el pago, me dejó a este gurí guacho pa’ que no juera pillao por la milicada.
- ¿Quién es Martín? —preguntó Casey, intrigado por el tono de la revelación.
- El gaucho Fierro —intervino el cacique del asentamiento.
- ¿Y anda por estos pagos? —indagó nuevamente Don Eduardo.
- No se sabe —respondió el criollo — Se ha cortado entre los infieles cuerpiándole a los milicos. Y el viejo, que siempre anda echando panes, lo da por muerto, fantaseando con que su ánima pena en la querencia...
- Es ansina, aparcero —interrumpió Vizcacha, con un fulgor maligno en los ojos—. ¡La pucha si era guapo el Martín! ¡Se retobaba conmigo cuando el gurí se metía en nido ajeno! ¡Pero el muy ladino es astilla del mismo palo y no lo puedo enderezar!
El delirio del viejo Vizcacha continuó desovándose en la tarde, mientras Don Eduardo Casey tejía la paciencia para ganarse la confianza de aquel revoltijo de criollos y aborígenes; matreros y forajidos; temibles y mansos nómades lanzados a su suerte en la inmensidad de la pampa. Allí, esperando el regreso del canje a la vera del bañado y sobre la histórica rastrillada, se podría afirmar —casi con certeza— que Don Eduardo Casey se ungió como el primer gringo con alma gaucha, sellando el destino de las tierras que muy pronto verían nacer a Venado Tuerto.
AMIGOS PARA SIEMPRE
FIDELIDAD
Un llamado telefónico al obispado alteró la tranquilidad de aquella mañana de enero. El Obispo, que era un tipo expeditivo, le ordenó al Padre Rafael, su secretario canciller, que saliera volando para la parroquia Santa Rosa, allá en el Barrio Norte. El runrún era que una imagen de la Virgen María estaba llorando.
El Padre Rafael tenía unos años más que el Obispo, quien lo consideraba su amigo personal y su mejor consejero. Es que el sacerdote, además de ser muy carismático, tenía modos campechanos muy entradores y un respeto ganado a pulmón en más de 40 años de gastar sotana en la pastoral. Laburante, jovial y con una relación cordial con todo el mundo: le daba lo mismo hablar de igual a igual con un ateo, un evangélico o un anticlerical. Por eso todos decían que era “un cura de verdad”, campechano y cero caretas. Si el Padre Rafael caía a un casamiento, te bailaba el vals con la novia o una milonga canyengue con la que se le parara enfrente; y si pintaba, se cantaba un tango a lo Gardel en cualquiera de las peñas a las que iba seguido. Ahí se codeaba por igual con mecánicos, herreros, empleados públicos, políticos de turno y algún que otro intelectual bohemio, de esos que acá sobran. Ese aprecio que el Obispo le tenía se notaba cuando salía a los hachazos a defenderlo de los chismes de algunos chupamedias que rondaban la sacristía. Esos "vivos" hablaban de una supuesta historia con Irma, la secretaria parroquial; una solterona eficiente que cuidaba al cura como oro y jamás iba a dejar que un conventillo empañara la imagen de su párroco.
El primer informe de Rafael sobre
la virgen llorona fue cortito y al pie. Le dijo al Obispo que, efectivamente,
la imagen tenía los ojos húmedos. Él mismo le había pasado el dedo y confirmó
que el gusto era salado. Acordaron morderse la lengua y no decir ni mu. Había
que parar la pelota y ver qué rumbo tomaban las cosas; la gente de Venado es
muy mariana y, además, el párroco del lugar —un muchacho joven y medio místico—
caía muy bien.
Pero ese "desensillar hasta
que aclare" se fue al demonio al día siguiente. Rafael tuvo que salir
arando otra vez para la parroquia. Lo que encontró fue un desparramo: la Virgen
de las Lágrimas estaba hecha un rompecabezas en el piso, al lado de una
escalera de pintor volcada; la secretaria, con un ataque de nervios total, y al
párroco se lo habían llevado de urgencia en la ambulancia al hospital. Al ver
que los fieles se habían quedado duros, sin saber qué hacer, Rafael agarró la
escoba y juntó los pedazos de yeso en una bolsa de consorcio.
—Me llevo los escombros, vamos a
ver si la podemos arreglar—, tiró para calmar las aguas y se metió en la
sacristía. Ahí, de callado, le sopló a la secretaria:
—Enterrá esto en algún rincón del
patio. No sirve más. Quédate tranquila que yo te consigo otra igual.
De ahí se fue derecho al Gutiérrez
a ver al párroco. No dio muchas vueltas y le preguntó qué onda con el gotero
con agua de sal que había encontrado entre los escombros.
El nuevo reporte de Rafael al
Obispo decía que el pibe estaba bien y que a la tarde le daban el alta. Sobre
el gotero, el muchacho había largado el rollo: confesó que lo usaba para
mojarle la cara a la Virgen y atraer feligreses, porque últimamente la iglesia
era un desierto. Dijo que hacía la avivada temprano a la mañana, a oscuras,
pero que esa vez se le hamacó la escalera, se fue al piso con imagen y todo, y
el golpe lo durmió.
—Lo importante —dijo el Obispo—
es que en este quilombo no se murió nadie.
Así que volvieron a acordar dejar
las cosas piolas y ver cómo evolucionaba todo. Al otro día, tempranito, el
Padre Rafael fue a Santa Rosa para ver cómo seguía el párroco. Pero cuando
llegó, ¡mamita mía! El campito de la iglesia era un hervidero de gente.
"Acá alguien saltó el charco", pensó Rafael. Se metió entre la
montonera y vio que habían armado un altar improvisado con los pedazos del
accidente. La gente lloraba y rezaba de rodillas, pidiendo perdón porque creían
que ahí había metido la cola el diablo. Y otra vez Rafael tuvo que ir con el
cuento al Obispo. Se había roto el secreto con el que pensaban zafar del embrollo.
—Rafael, yo creía que usted
conocía a las mujeres —le tiró el Obispo, con una sonrisa de costado. El
sacerdote, que cazaba las indirectas al vuelo, le contestó:
—Sí, señor Obispo, las conozco
bien. Las mujeres saben guardar un secreto, pero tienen una debilidad: le creen
ciegamente a la palabra de los hombres. La secretaria le pidió al jardinero
que, de callado, enterrara la bolsa... y el tipo abrió la boca.
martes, 11 de agosto de 2026
EL REPOSO DE UN DON JUAN
EL TANATOPLACTOR-EDAD DEL ALMA
EL TANATOPLACTOR
LA EDAD DEL ALMA
FIESTA DE POETAS
Aquella mañana de octubre, Marisa Pelufo -mi profesora de lengua y literatura- ingresó a tercero comercial con su habitual encanto juvenil.
Entonces descubrí que no era el único que sufría esa febril atracción por ella; que ya no era exclusivamente mía como lo había creído hasta ese momento. Éramos treinta y dos vándalos apiñados en un salón diseñado para veinte; el curso más revoltoso de la escuela. Sin embargo, manteníamos una excelente conducta durante las clases de literatura, lo que motivó comentarios suspicaces en la sala de profesores, a tal punto que nos compararon con los dulces y candorosos angelitos de estampitas religiosas.
Esas circunstancias me obligaron a tomar la delantera. Al día siguiente, para que mi propósito no se enfriara, decidí escribirle una carta a la profe, declarándome perdidamente enamorado de ella.
Para conquistarla, y sabiendo de su devoción por la poesía, busqué unos versos que creí de Pablo Neruda. Prolijamente los copié a mitad de página: "Si al mecer las azules campanillas de tu balcón, crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que oculto entre las verdes hojas suspiro yo".
Los días que mediaron hasta la próxima clase, fueron interminables. Con impaciencia conté los días por delante. Por fin llegó el día y, contrariamente a lo que yo aspiraba, Marisa entró al aula con la soltura juvenil de siempre, y ordenó tomar una hoja:
“Ahora voy a dictarles estas rimas de Bécquer...”-dijo tomando una de las tantas hojas que acomodó sobre su escritorio.
Para mi sorpresa, vi que el papel que tenía en sus manos era nada menos que mi carta, cuyas rimas comenzó a recitar mientras su mirada recorría toda la clase. Mi sangre pareció congelarse, mientras un sudor frío corría por mis costillas. “Está buscando al atrevido que la escribió” – pensé simulando serenidad.
Cuando nuestras vistas se encontraron, mi labio superior comenzó a temblar nerviosamente. Creo que ella se dio cuenta, pero continuó la clase como si nada y comenzó a dictar: “Si al mecer las azules campanillas...”
“Pero, señorita, ¿no es Neruda?” – interrumpí electrizado.
“No, alumno”-me respondió con toda naturalidad- “…es Bécquer”- y tomando otro papel prosiguió: “Neruda escribió así: ‘Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote, amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado...’"
Luego, ante el asombro de todos, tomó una tercera hoja y dijo:
“Machado también escribió versos tan bellos como estos: ’Sentí tu mano en la mía, tu mano de compañera, tu voz en mi oído...’"
Y después, tomando otra hoja y luego otra y otra más, prosiguió recitando a García Lorca, Almafuerte, Quevedo, Hernández...
“Queridos alumnos”. dijo finalmente- “…gracias por sus trabajos. Ayer fue el día más feliz de mi vida. Gracias por comprender mi locura poética... Espero que algún día pueda decir de alguno de ustedes: ’Ese gran poeta fue mi alumno’".
El silencio de la clase fue total, sólo se oía el rumor del viento primaveral que se filtraba por la quebradura de un vidrio; "deben ser los poetas que están de fiesta", pensé.
ÁNGELES REBELDES
Walter era un chico que jamás había peleado o discutido con los pibes del barrio. De trato dócil y mirada franca, se había ganado el afecto de todo el vecindario.
EL GRAN WILLY
Gozaba de una envidiable estampa varonil, y aunque
algunos lo catalogaban como un desfachatado afecto al trago, a la hora de las
reuniones sociales, Willy acaparaba la atención de las damas casaderas que
andaban a los saltos para pescar marido. "¡Se atropellan como
vacas para estar con él!" decían con cierto malestar los jóvenes
del pueblo, que se sentían desplazados por este exótico galán.
Desde otra perspectiva, los hombres admiraban a Willy
por su manera de encarar la vida. Jamás se sometió a terceros para salir
adelante. Según sus propias palabras, había comenzado a trabajar de postillón a
los 11 años, y ahora a los 25 era mayoral de una empresa de pasajeros que
surcaba oscuros caminos de rastrillada, eludiendo los peligros de las salvajes
llanuras pampeanas. Para este trabajo era necesario contar con astucia y
bizarría, cualidades que seguramente Willy poseía.
Por eso Jacinto Pedernera, mayordomo de la
estancia “El Trébol”, idolatraba al desfachatado irlandés y
sentía especial afecto por él. "¡Cuánto hubiera querido ser como
Willy!” se lamentaba para sí. Si no fuese por los tropiezos que le
deparó la vida, seguramente él hubiera hecho como Willy: salir a trabajar por
su cuenta y forjarse un camino sin otra ayuda que la fuerza de sus brazos y el
golpe de sus puños. Sin dudas hoy sería un atrevido parrandero como él.
¡Cuántas veces se imaginaba junto al "gran Willy" apostando
a los burros o compartiendo interminables noches de tugurios apestosos, hasta
la consumación de las velas! ¡Toda una entelequia, como si sus años le
permitieran tanta osadía!
No obstante, y sabiendo que Willy era capaz de
esfumarse en una noche de timba la poca o nada fortuna que poseía, Jacinto
consideraba que era el único capaz de conquistar a la joven viuda Echeverría,
propietaria de la estancia a su cargo y heredera de gran fortuna.
Un día de marzo de 1898, Willy estaba en el boliche en
una partida de truco cuando se armó un gran tiroteo en los alrededores de la
plaza del pueblo. La pelotera se volvió tan virulenta, que todo el vecindario
se recluyó en sus casas. Empujado por su instinto aventurero, Willy salió
dispuesto a entrar en acción y se topó con un grupo de estibadores acurrucados
detrás de un carruaje. Rápidamente y a los saltos como esquivando charcos, se
fue hasta ellos. "Los esquineros", que siempre
sabían todo el acontecer del pueblo, esta vez estaban desorientados. Sólo
notaron la disparidad numérica entre los bandos antagónicos. Sin saber por qué
-ni para qué- Willy corrió hacia el grupo que estaba atrincherado detrás del
paredón de ramos generales y se plegó a la causa con disparos al aire, como
queriendo ahuyentar fantasmas. A los pocos minutos se terminaron las balas y la
policía arrestó a los revoltosos. Muy de madrugada los liberaron de uno en uno.
Cuando le tocó el turno a Willy, el Comisario Severo Espíndola condicionó su
libertad.
- “Estás de suerte, Willy. En este despelote
no hay muertos; de manera que hacéte humo y no vuelvas al pueblo hasta después
de las elecciones. ¿Está claro?”
El clima estaba espeso y Willy, que vivía parte de su
tiempo viajando, desconocía los códigos pueblerinos y acató la orden sin
chistar. Había cometido un error: En la gresca, se plegó al bando enfrentado al
jefe político del distrito.
Desde aquel día, otros fueron los caminos de Willy.
Sus empleadores, que sabían de sus locuras, lo destinaron a cubrir el tramo
comprendido entre Pergamino y un nuevo paraje llamado “El Tuerto
Venado” ubicado en la pampa del sur santafesino. Allá, en la desértica
llanura de horizontes infinitos, seguramente Willy encontraría un nuevo desafío
para sus locuras aventurera.
CASERÓN ANTIGUO
El tango
Jorge Luis Borges, 1958
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