miércoles, 12 de agosto de 2026

MARTA, LA MENSAJERA



Una vieja y sabia lechuza estaba posada en un roble,
Cuanto más veía, menos hablaba; cuanto menos hablaba, más escuchaba 
¿Por qué no podemos ser como esa vieja y sabia ave?
(poema tradicional anglosajón anónimo)

La lechuza Marta era la moradora más antigua del Cementerio. Todas las noches cuando salía a buscar alimentos para su prole, se ubicaba en lo alto de una cruz celta y desde allí, clavando su vista en los rincones más oscuros, atrapaba insectos y roedores de toda especie.

Aquella noche calurosa y de luna llena, todo el bicherío saldría de recorrida y su comida estaría asegurada.

Apenas se había instalado en el mangrullo, descubrió a un ratón escurridizo merodeando entre dos tumbas abandonadas. Instintivamente embistió a su presa, pero la fortuna le jugó en contra. Un gato salvaje, que también tenía al roedor en su mira, se lanzó velozmente al ataque y distrajo a Marta que fue a dar contra un angelito de piedra. Allí quedó tendida e inconsciente patas para arriba. Sin embargo, el felino no tuvo mejor suerte; cuando dio el salto decisivo, un objeto brillante surcó el aire y con un golpe certero le cortó la cabeza que rodó ensangrentada junto a Marta. Cuando la accidentada lechuza volvió en sí, se encontró prisionera entre las manos descarnadas de una silueta macabra.

-  Querida mía –le dijo irónicamente la tremebunda- sos muy vieja para andar sola a estas horas; deberías estar durmiendo con tus pichones....

-  Es que son muchos los buches que tengo que llenar... –respondió Marta temblorosa.

-  Está bien, está bien...–le dijo la captora mientras la depositaba sobre la lápida- Ese gato desalmado ya no podrá hacerte daño, de manera que ya no tengas miedo.

- Pero yo no tengo miedo –dijo Marta intentando mostrarse segura mientras acomodaba sus desaliñadas plumas.

- ¡No seas mentirosa! Estás tan asustada como todos los hombres, que cuando me ven merodeando sus casas hacen cualquier cosa por alejarme, entonces me paso todo el tiempo andando de un lado para el otro sin que me atiendan, en tanto otros me llaman de urgencia... Marta, estoy muy cansada y necesito que me ayudes en mi trabajo... –confesó la anciana que, apoyándose en el cabo de su guadaña, se sentó sobre la tumba junto a la sorprendida lechuza.

- ¡¿Ayudarte yo?! –preguntó intrigada Marta.

- Sí. ¡Vos me vas a ayudar porque yo te prolongué la vida y te salvé de las garras de este gato malvado! -respondió enérgica.

- ¿Y cómo será mi ayuda? –volvió a preguntar Marta con unas ganas locas de salir volando.

- Muy sencillo... Tu trabajo será muy provechoso para las dos. Cuando los hombres se enteren de nuestra sociedad, te van a tener miedo y estarán siempre atentos a tus vuelos y a tus cantos; y para mí será un alivio, porque cuando los visite, me recibirán resignados...

- ¿Y qué debo hacer? –preguntó Marta ansiosa.

- Te posarás sobre cada una de las casas que yo te indique, chillarás tres veces y seguirás tu vuelo lento... Desde ahora serás mi fiel mensajera...

Y poniéndose de pie, se marchó perdiéndose en la oscuridad.

CARTA DE MARIANO MORENO A JUAN JOSÉ CASTELLI



Buenos Ayres, 23 de enero de 1811.-

Apreciado amigo:

Su ausencia me ha deprimido mucho más de lo imaginable. Sin embargo, en vísperas de mi partida, encuentro en la redacción de esta carta, el aliento suficiente para emprender este forzoso viaje, cuyo resultado espero me ayude a superar tantas desilusiones y desencuentros.

Hace un tiempo recibí noticias de Feliciano Chiclana y me ha contado sobre su delicado estado de salud. Debe usted cuidarse; no son éstos los mejores tiempos para enfermarse. Ha sido 1810 un año cargado de emociones, y si algo ha quedado grabado en mi memoria han sido su oratoria y el coraje que supo usted infundirles a todos aquellos jóvenes que, junto a nuestro no menos querido Bernardo, hicieron la verdadera revolución.

Una ardua tarea nos espera. Sé perfectamente que la victoria del 25 de mayo está muy lejos de consolidarse. Debemos actuar con mucha cautela, la burocracia colonial no vacilará un instante en trabar nuestras acciones. Los hechos están a la vista. Siempre se empieza por lo más insignificante. Esta vez me tocó a mí.

Cuando el 18 de diciembre se reunió la Junta, estuvieron todos, excepto Belgrano y usted que estaban en misión militar y los nueve deputados de Buenos Aires, cuyos justificativos no tuvieron sustento. Como teníamos que tratar la incorporación de los diputados del interior, sobraron las excusas, hasta que finalmente obtuvieron la mayoría. Votaron igual que la Junta, a favor. Juan José Paso fue el único que votó en contra. Los demás: Saavedra, Azcuénaga, Alberti y Matheu sostenían que no se ajustaba a derecho, pero… Ese “pero” siempre presente cuando las papas queman… Larrea votó en igual sentido, pero sin consideraciones. Me acusaron de ser responsable de la política seguida por la Junta, de querer exportar la revolución no solamente al Brasil, sino a toda la América Hispana. Rehuyeron toda discusión renovadora, temerosos –tal vez- de enredarse en cuestiones que podrían perjudicar sus bienes, olvidándose del interés del pueblo. Será por lo que siempre me consideraron un individuo peligroso y sin control.

Recordando los sucesos acaecidos en la asamblea del 22 de mayo, donde todo era anormal hasta el absurdo, hierve la sangre en mis venas y mi corazón parece querer estallar de rabia. Escuchar a los empresarios alzar sus voces proclamando las bondades de las leyes coloniales, erigiéndose en exégetas de normas herrumbradas que ellos jamás cumplieron, ni les interesará cumplir jamás. Fue otro ardid para amedrentar cualquier reclamo criollo. Por eso amigo mío, cuando Vicente López me dijo convencido de que “todo había salido bien”, no pude menos que reaccionar terminantemente y decirle sobre mis sospechas de haber sido traicionado. Teníamos entre nosotros muchos más enemigos de los que imaginábamos, y le previne que esos serían los primeros en echarnos el guante. Desgraciadamente el tiempo no tardó en darme la razón…

Además, apreciado amigo, no pudieron digerir la firma del decreto del 6 de diciembre. El presidente, a pesar de haberlo avalado, no estaba muy convencido. Para festejar la victoria de Suipacha, sus seguidores adornaron los salones del cuartel de Patricios con sendas coronas detrás de los asientos destinados al presidente y su esposa. Luego (según me han contado, porque a mí me prohibieron entrar) se produjo un episodio grotesco cuando un oficial alcoholizado presentó a Saavedra los símbolos monárquicos. ¡Un verdadero bochorno!

¿Recuerda usted cuando redactamos la circular para los Cabildos? Era el 26 de mayo. Recuerdo que ese día conversamos largo y tendido sobre el futuro de la revolución. No sé por qué razón me fastidio tanto si todo era previsible. Tantas ideologías dispares, la ausencia de un plan de gobierno. Cada vez que me viene a la memoria la jornada del 25 se me anuda la garganta. Esa plaza llena de platenses exaltados y el ir y venir de French, Beruti, Planes, Chiclana y el Padre Grela, que no lograba tranquilizar a la muchedumbre y de vez en cuando le pedía a Martín Rodríguez que se asomara a los balcones para intentar apaciguarlos.

Querido y apreciado amigo: Quisiera tener en este momento poderes sobrenaturales para detener el paso del tiempo. Son exactamente las cuatro de la tarde y el calor agobiante de esta querida Buenos Ayres me está ahogando y me llena de nostalgia. Sé que he de extrañar todo lo que aborrezco de ella, especialmente cuando el frío de la lejana Europa me haga añorar el calor de la lealtad de mis amigos verdaderos.

Esta noche me embarcaré en la clandestinidad. Al decir de domingo French, quieren eliminarme. Seguramente han canjeado mi vida por una embajada… Algún día disfrutaré la gratitud de estos ciudadanos que hoy me cuestionan y a quienes perdono de corazón. Antes prefiero que el pueblo empiece a creer en el gobierno que, en mi propia conducta, porque tengo la certeza de haber defendido con pureza intencional, cada uno de sus derechos.

Reciba usted un fuerte abrazo,

Mariano

jbw-1996- Concurso sobre próceres argentinos.

LAS MARGARITAS DE LUIS

 

"Margaritas"

¡Pobre manojito de flores que un día
silenciosamente cambiamos los dos!
Hoy me quedan sólo las dos margaritas,
las dos margaritas del último adiós.

 

Así cantaba mi vecino Luis, a quien apodaron "Vargas" por su afán de emular al afamado cantor de tangos de los años 50 y que Luis evocaba en noches estivales, de estrellas brillantes y luna esplendorosa.

Todas las noches Luis deshojaba los pétalos blancos: “Blancos como el alma de quien se las dio; una le responde que lo quiere, la otra que ya lo olvidó”.
Hacía dos años que Luis había enviudado y, con infortunio, intentaba reconstruir su vida afectiva, pero nada ni nadie lograba llenar el vacío que un día su Margarita dejó.
Uno de mis hermanos, siendo adolescente, se ocultó entre los ligustros que dividían nuestras casas y, con voz entrecortada, intentó imitar a Luis. Al día siguiente, Luis habló con nuestro padre y sutilmente le recomendó que, si Pedrito quería cantar el tango, debía hacerlo con profundo sentimiento; porque así se canta el tango, con mucho sentimiento. Curiosamente, no le reprochó la broma sino la falta de emoción en la entonación del pícaro jovenzuelo.
Luis era maquinista ferroviario. Recuerdo su silueta inconfundible cuando regresaba de su trabajo, moviéndose lentamente con su maletín. Apenas lo veía, corría a su encuentro, porque sabía que Luis traía “algo” para mí. Y Luis, con toda su parsimonia abría ese maletín, y mágicamente sacaba dulces para “su pequeño vecino”. Entonces, tomados de la mano, iniciábamos nuestro camino a casa; yo entraba a la mía y él continuaría lenta y pasiblemente hacia la suya.
Con el paso de los años, la salud de Luis se quebrantó y un día su espíritu se rindió. Dos margaritas se desvanecieron entre sus manos. Era como si ellas supieran que su apasionado admirador ya no les cantaría para mantenerlas inmaculadas.
Esa noche cálida de luna llena y estrellas titilantes, se oyó la voz del trovador cantando con nostalgia su último adiós

“Con una voz misteriosa, que solo entiende
mi noble corazón, latiendo, me habló
y me dijo que un alma llorando su ausencia
arrancó los pétalos de las dos blancas margaritas ".

 

Daisies


(Versión en inglés, el original en castellano se extravió)

“Poor little handful of flowers that one day
we both silently exchanged.
Today I only have two daisies.
The two daises of the last goodbye…”

That’s how my neighbour Luis sang. He was nicknamed “Vargas”, as the 1950’s popular tango singer whom he intended to emulate with a melodious voice.

Every night Luis played “Loves me, loves me not”, wishing the daisies would foretell someone coming for him the next day. 

He had been a widower for two years. He tried to rebuild his love life, but Daisy’s loss had found no substitute.

One of my elder brothers made fun of him, by imitating his chocked voice behind a privet fence that separated our houses, but the joke went wrong. The next day, Luis talked to our father and complained.

Interestingly, he did not reproach the prank but my teenage brother’s lack of emotion. “Tell Pedrito to put more feeling in those verses and to modulate his voice if he cares for tuning-in”. Needless say, Pedrito never sang Daisies again.

Luis was a railway locomotive driver. I remember seeing his distinctive silhouette, moving slowly with his coffer-shape briefcase and me running to meet him, because I knew he had brought “something” for me. With parsimony he would open that chest, and magically extract some candy for “his little neighbour”. Holding hands, we would continue, slowly, our way home. I would enter mine with the candies; he would continue, slowly, his own way.  

As years passed, Luis health weakened, and one day his spirit surrendered. Two daisies faded in his hands. They knew that their passionate admirer would no longer sing to keep them immaculate.

“With a mysterious voice, that I only understand,
my noble heart, beating, spoke to me
it told me that a soul weeping in absence
pulled-off the petals of its two daisies.”

Recuerdo y homenaje a quien fuera mi vecino Don Juan Luis “Yiye” Noberini que falleció el 18 de junio de 1956 QEPD

El tren de un sueño angustioso

(Para analistas de sueños)

Seguramente me encontraba en el sótano de una Iglesia, porque desde allí se oían las voces de un tenor y un barítono cantando un fragmento sacro de una ópera de Verdi. Recuerdo que había dos escaleras, una de hierro caracol color naranja y otra de cemento verde. Yo tenía bajo mi brazo un tren de juguete que inserté en una gruta que había en la pared. Sin mayor esfuerzo encajó perfectamente. Luego seguí al hombre de mameluco y gorra gris con visera que trepaba por la escalera verde. Mientras subía sus zapatos y la ropa se iban manchando con la pintura fresca y espesa de los escalones. En mi desesperación oí que desde afuera alguien gritaba: “¡Ahí viene el tren!, ¡Ahí viene el tren!”. Cuando llegué al andén, junto a los demás pasajeros, trepé al vagón de carga sin asientos y de puertas corredizas. Enseguida el tren se puso en marcha. “¡Hay, mi Dios!” -pensé- “¡Adónde voy a ir a parar! ¡El tren se está alejando a toda velocidad!... ¡¿Qué dirá mi esposa cuando le cuente que el tren me ha llevado tan lejos?!  De pronto comenzó a mermar la marcha. Cuando me asomé pude ver una enorme montaña de bolsas arpilleras apiladas a modo de trinchera, que era vigilada por obreros y gendarmes armados con fusiles “Mauser” y vestidos de “breeches” color beige, polainas y sombreros de alas anchas, cual policía montada del cuarenta. En medio del gentío y tendido en el andén, había un hombre envuelto en una sábana ensangrentada, a quien seguramente subirían al tren.

Estaba oscureciendo, y aproveché la oportunidad para saltar del vagón y escapar hacia el pueblo. Cuando llegué me detuve en una de las primeras casas iluminadas. Allí me atendió un hombre bajito y calvo, vestido de traje, camisa blanca y corbata muy ajados; lo primero que hizo fue tocarme el brazo izquierdo para decirme “¡Estás todo manchado!”. No me gustó su aspecto y mucho menos su conducta. Salí de inmediato a la calle, y al pasar frente a una de las ventanas con vidrio, lo puede ver junto a otro individuo de igual aspecto, pero más alto, cantando la ópera de Verdi, la misma que había oído desde el sótano de la Iglesia. La imagen grotesca de ambos me dio náuseas y rápidamente me alejé y entré a otra casa iluminada. Allí me atendió una mujer mayor muy delgada y bien vestida, con un peinado alto, una blusa blanca impecable con hombreras y puntillas. Sosteniendo una taza de té de fina porcelana, me la ofreció y bebí con fruición. Enseguida partí nuevamente.
La noche quedó atrás y el sol brillaba con esplendor.  A la distancia pude ver a la antigua iglesia del pueblo y sus dos torres gemelas de tejas coloniales, tan deterioradas como el conjunto del edificio. Sus paredes descascaradas dejaban al descubierto los enormes ladrillos bayos asentados en barro. En las escalinatas había un grupo de chicos que disfrutaban del sol cálido de un domingo invernal. Alguien me dijo que adentro estaba cantando el coro. Me asomé por una de las puertas laterales y observé a unos jóvenes vestidos en ropas de cuero color negro y hebillas doradas que ejecutaban música moderna. No sé por qué, pero me alejé lentamente, tal vez buscando el silencio de la naturaleza...

CAMINO DE LA RASTRILLADA

Mateando con el Viejo Vizcacha


El tren arribó a Pergamino con las últimas luces del atardecer. Los viajeros se dirigieron de inmediato al hospedaje del pueblo, mientras en los establos los carruajes y la caballada quedaban listos para la travesía del día siguiente. El rigor del verano imponía que la partida hacia los campos del Venado Tuerto se iniciara en la madrugada, antes de que el sol encendiera la llanura.

Al alba, una pequeña multitud se congregó frente a la posada. Atraídos por la novedad, los lugareños contemplaban los carruajes flamantes y los caballos de arneses dorados y lustrosos, listos para la marcha. El espectáculo resultaba inusual para un pueblo poco acostumbrado al bullicio del ferrocarril.

-¿Qué andarán buscando por acá tantos ingleses?— murmuraban entre dientes, sin sospechar que se trataba de un grupo de intrépidos adelantados, resueltos a ensanchar las fronteras del mapa y poblar los desiertos confines santafesinos. 

A medio camino, con el sol cayendo a plomo, el calor agobiante obligó a la expedición a buscar un resuello a orillas de una laguna para que los animales pudieran abrevar. Fue entonces cuando, en el extremo opuesto del bañado, una delgada columna de humo recortó el horizonte. Don Eduardo Casey —guía de la comitiva, hombre de mirada aguda y temperamento resuelto— tomó de inmediato sus catalejos para escrutar el reducto. Ante el temor de una embestida maleva que pusiera en riesgo a su gente, montó a caballo y partió hacia el lugar, escoltado únicamente por su postillón. Al aproximarse al asentamiento, tres hombres salieron a cortarles el paso con cara de pocos amigos. Casey, avezado en el trato de aquellas huestes, les ganó de mano: se apeó con soltura y saludó efusivamente: 

- ¡Buenas tardes, paisanos! Luego, con una autoridad aplomada y astuta, añadió: Ando buscando ayuda. Se nos ha quebrado una pierna el postillón y necesitamos unos maderos para entablarlo. 

Los tres hombres permanecieron inmutables, midiéndose con la mirada, como si no entendieran la lengua del forastero. Casey, leyendo el silencio, completó la oferta:

-Tengo aguardiente y tabaco para compensar la gauchada. 

El trueque operó el milagro. Los hombres cambiaron una mirada de aprobación y el más veterano sentenció:

- Aura sí hay trato.

De inmediato, Casey ordenó al postillón regresar a buscar lo prometido. Mientras esperaba, aceptó la hospitalidad de sus anfitriones, quienes lo arrimaron hasta un precario toldo. Allí, cobijado por la sombra, un anciano decrépito sermoneaba con insistencia a un chico que escuchaba con la cabeza gacha.

- “Vos sos pollo, y te convienen / toditas estas razones; / mis consejos y leciones / no echés nunca en el olvido: / en las riñas he aprendido / a no peliar sin puyones”— recitaba el viejo, clavando en el aire su índice derecho. Al notar la presencia del forastero, giró la vista legañosa y, alcanzándole un mate amargo, continuó con su matraca a modo de presentación:

- Me yaman el Viejo Vizcacha... Porque me achacan roñoso y agarrau. Pero mi cumpa Martín, ánima en pena que anda rondando el pago, me dejó a este gurí guacho pa’ que no juera pillao por la milicada.

- ¿Quién es Martín? —preguntó Casey, intrigado por el tono de la revelación.

- El gaucho Fierro —intervino el cacique del asentamiento.

- ¿Y anda por estos pagos? —indagó nuevamente Don Eduardo.

- No se sabe —respondió el criollo Se ha cortado entre los infieles cuerpiándole a los milicos. Y el viejo, que siempre anda echando panes, lo da por muerto, fantaseando con que su ánima pena en la querencia...

- Es ansina, aparcero —interrumpió Vizcacha, con un fulgor maligno en los ojos—. ¡La pucha si era guapo el Martín! ¡Se retobaba conmigo cuando el gurí se metía en nido ajeno! ¡Pero el muy ladino es astilla del mismo palo y no lo puedo enderezar!

El delirio del viejo Vizcacha continuó desovándose en la tarde, mientras Don Eduardo Casey tejía la paciencia para ganarse la confianza de aquel revoltijo de criollos y aborígenes; matreros y forajidos; temibles y mansos nómades lanzados a su suerte en la inmensidad de la pampa. Allí, esperando el regreso del canje a la vera del bañado y sobre la histórica rastrillada, se podría afirmar —casi con certeza— que Don Eduardo Casey se ungió como el primer gringo con alma gaucha, sellando el destino de las tierras que muy pronto verían nacer a Venado Tuerto.

Este relato obtuvo Mención de Honor en el certamen "Mateando con el Viejo Vizcacha" que organizó el área Literatura de la Municipalidad de Venado Tuerto por el día de la tradición. 10 de noviembre de 2014

AMIGOS PARA SIEMPRE

“Nuestro amigo está en un lugar
donde todos iremos algún día, 
por ahora se nos adelantó 
y nos deja el grato recuerdo 
de una amistad 
tan valiosa e inolvidable”.

Sucedió en la década del 50, el día que murió el tropero Aquilino Monzón. Durante su ancianidad Aquilino vivió sus últimos años “de regalo” en el puesto Nº 3 de la Estancia “La Británica”, de Alejandro Estrugamou.  Digo “de regalo”, no porque su patrón fuese generoso, sino porque sus amigos, intercedieron ante el mayordomo para que el viejo permaneciera en su querencia en el ocaso de su vida. Cuando cumplió los 70 Aquilino pasó a retiro con una mísera jubilación y un capital compuesto por los enseres del rancho, el matungo “Pajarito” y una montura deshilachada; además del fiel “Cachilo”, un perro ovejero alemán que le regaló el cura del pueblo y que también estaba en el otoño de su existencia.

Eran las 10 de la mañana del sábado 16 de febrero del 52, cuando en el silencio veraniego de la pampa, Aquilino mateaba a la sombra del chañar frente al rancho. De pronto una brisa norteña sacudió los ramales del árbol; “Cachilo” gruñó y se asustó cuando su amo dejó caer el mate para reclinarse en el respaldo del banco.

Ese mediodía, como lo hacía habitualmente, pasó por el puesto el “Cholo” Cutró y se encontró con la triste escena de Aquilino sin vida y “Cachilo” acurrucado a sus pies. El “Cholo”, acostumbrado a trabajos pesados, alzó al viejo en sus brazos y lo tendió en el catre; luego salió a dar la noticia.

Al atardecer la peonada en pleno estaba velando a su amigo Aquilino. “El Cholo” Cutró, “El Chueco” Saravia, Juan Sandoval, “Pirincho” Contreras, “El Nene” Bursa y algunos más permanecieron hasta entrada la noche con Aquilino cómodamente instalado en su ataúd. Mientras tanto se había encendido el fuego y en la parrilla chillaba un costillar cuyo aroma apetitoso hacía rugir las tripas.

Los presentes se amucharon alrededor de la parrilla para saborear el manjar con una buena dosis de tintillo. Entre bocado y bocado corrían leyendas y recuerdos del finado, de quien todos guardaban el mejor de los recuerdos. De vez en cuando alguno alzaba su copa y brindaba en su honor.

Era medianoche y solamente quedaron los más íntimos. Cuatro amigos inseparables que comenzaron a aburrirse. “El Cholo” Cutró que lideraba el grupo, comenzó a lamentarse por la muerte de Aquilino y consideró que no era esta la manera de despedirlo.

“Esta noche no va a venir más gente…” -dijo con lamento- “Y esto se está poniendo muy pesao”.

“Y qué vamo a hacer, “Cholo” -acotó Pirincho Contreras- "No podemos dejarlo solo al finado, tenemo que velarlo…”

“Es precisamente eso lo que no vamo a hacer…” -retrucó “el Cholo”“Lo vamo a llevar con nosotro a tomar unas copas al 'Coloso'”.

Y así lo hicieron. Cargaron el jonca y a "Cachilo" en la chata del “Chueco” y partieron rumbo al boliche “El Coloso”. Allí pasaron la noche entre copas y truco; mientras afuera Aquilino y el "Cachilo" esperaban pacientemente en la chata.

Apenas despuntó el día, emprendieron el regreso al rancho donde continuó el velorio hasta la hora del sepelio.

Así son los verdaderos amigos, los que no te abandonan ni el día de tu muerte.


"El Coloso" boliche emblemático de Venado Tuerto actualmente
foto Street View agosto 2026 - Ovidio Lagos y Sarmiento, camino antiguo a San Eduardo


Este relato creado con personajes de ficción tiene por finalidad recordar a un personaje controvertido pero querido y admirado por la gente que fue el “Cholo” Cuadrá. Se lo conocía más por Cuadrá porque así se identificó ante la sociedad en la que se desenvolvía. Era muy común en épocas pasadas que a ciertos personajes urbanos entrañables se los conociera por su apodo combinado con el apellido materno o el de la casa familiar donde residían.

Héctor Nazábal, era su nombre verdadero, pero el que forma parte de la historia oral de los personajes urbanos de Venado Tuerto, es el “Cholo Cuadrá” y los detalles sobre su vida se resguardan principalmente en las anécdotas de los vecinos de antaño y en las crónicas costumbristas locales. Y esta historia de “amigos para siempre”, es parte de ese anecdotario. 








FIDELIDAD

Un llamado telefónico al obispado alteró la tranquilidad de aquella mañana de enero. El Obispo, que era un tipo expeditivo, le ordenó al Padre Rafael, su secretario canciller, que saliera volando para la parroquia Santa Rosa, allá en el Barrio Norte. El runrún era que una imagen de la Virgen María estaba llorando.

El Padre Rafael tenía unos años más que el Obispo, quien lo consideraba su amigo personal y su mejor consejero. Es que el sacerdote, además de ser muy carismático, tenía modos campechanos muy entradores y un respeto ganado a pulmón en más de 40 años de gastar sotana en la pastoral. Laburante, jovial y con una relación cordial con todo el mundo: le daba lo mismo hablar de igual a igual con un ateo, un evangélico o un anticlerical. Por eso todos decían que era “un cura de verdad”, campechano y cero caretas. Si el Padre Rafael caía a un casamiento, te bailaba el vals con la novia o una milonga canyengue con la que se le parara enfrente; y si pintaba, se cantaba un tango a lo Gardel en cualquiera de las peñas a las que iba seguido. Ahí se codeaba por igual con mecánicos, herreros, empleados públicos, políticos de turno y algún que otro intelectual bohemio, de esos que acá sobran. Ese aprecio que el Obispo le tenía se notaba cuando salía a los hachazos a defenderlo de los chismes de algunos chupamedias que rondaban la sacristía. Esos "vivos" hablaban de una supuesta historia con Irma, la secretaria parroquial; una solterona eficiente que cuidaba al cura como oro y jamás iba a dejar que un conventillo empañara la imagen de su párroco.

El primer informe de Rafael sobre la virgen llorona fue cortito y al pie. Le dijo al Obispo que, efectivamente, la imagen tenía los ojos húmedos. Él mismo le había pasado el dedo y confirmó que el gusto era salado. Acordaron morderse la lengua y no decir ni mu. Había que parar la pelota y ver qué rumbo tomaban las cosas; la gente de Venado es muy mariana y, además, el párroco del lugar —un muchacho joven y medio místico— caía muy bien.

Pero ese "desensillar hasta que aclare" se fue al demonio al día siguiente. Rafael tuvo que salir arando otra vez para la parroquia. Lo que encontró fue un desparramo: la Virgen de las Lágrimas estaba hecha un rompecabezas en el piso, al lado de una escalera de pintor volcada; la secretaria, con un ataque de nervios total, y al párroco se lo habían llevado de urgencia en la ambulancia al hospital. Al ver que los fieles se habían quedado duros, sin saber qué hacer, Rafael agarró la escoba y juntó los pedazos de yeso en una bolsa de consorcio.

Me llevo los escombros, vamos a ver si la podemos arreglar—, tiró para calmar las aguas y se metió en la sacristía. Ahí, de callado, le sopló a la secretaria:

Enterrá esto en algún rincón del patio. No sirve más. Quédate tranquila que yo te consigo otra igual.

De ahí se fue derecho al Gutiérrez a ver al párroco. No dio muchas vueltas y le preguntó qué onda con el gotero con agua de sal que había encontrado entre los escombros.

El nuevo reporte de Rafael al Obispo decía que el pibe estaba bien y que a la tarde le daban el alta. Sobre el gotero, el muchacho había largado el rollo: confesó que lo usaba para mojarle la cara a la Virgen y atraer feligreses, porque últimamente la iglesia era un desierto. Dijo que hacía la avivada temprano a la mañana, a oscuras, pero que esa vez se le hamacó la escalera, se fue al piso con imagen y todo, y el golpe lo durmió.

Lo importante —dijo el Obispo— es que en este quilombo no se murió nadie.

Así que volvieron a acordar dejar las cosas piolas y ver cómo evolucionaba todo. Al otro día, tempranito, el Padre Rafael fue a Santa Rosa para ver cómo seguía el párroco. Pero cuando llegó, ¡mamita mía! El campito de la iglesia era un hervidero de gente. "Acá alguien saltó el charco", pensó Rafael. Se metió entre la montonera y vio que habían armado un altar improvisado con los pedazos del accidente. La gente lloraba y rezaba de rodillas, pidiendo perdón porque creían que ahí había metido la cola el diablo. Y otra vez Rafael tuvo que ir con el cuento al Obispo. Se había roto el secreto con el que pensaban zafar del embrollo.

Rafael, yo creía que usted conocía a las mujeres —le tiró el Obispo, con una sonrisa de costado. El sacerdote, que cazaba las indirectas al vuelo, le contestó:

Sí, señor Obispo, las conozco bien. Las mujeres saben guardar un secreto, pero tienen una debilidad: le creen ciegamente a la palabra de los hombres. La secretaria le pidió al jardinero que, de callado, enterrara la bolsa... y el tipo abrió la boca.


martes, 11 de agosto de 2026

EL REPOSO DE UN DON JUAN

Domingo a la mañana sonó el timbre de calle, mientras Juan, acostumbrado a madrugar, disfrutaba escuchando la radio mientras degustaba unos mates amargos. Sin apurar el paso fue hasta la entrada y precavido, observó por la mirilla para ver de quién se trataba. Como era una mujer joven y apuesta, Juan abrió la puerta sin titubear y se encontró con una bella señorita que vestía una rigurosa minifalda roja con zapatos al tono y una larga cabellera rubia que apenas le cubría los hombros desnudos. Juan, prudentemente y para no alterar el sueño de Manuela, cerró la puerta suavemente tras sus espaldas.

- ¡Buen día señor! –saludó la muchacha con graciosa soltura
-Buen día niña... –respondió Juan muy meloso.
-No tan niña…-corrigió ella con picardía
- ¡Bué! es una manera de decir –respondió él muy cortés
-Es usted muy amable, señor… -agregó ella con sonrisa cómplice.
-Ante tanta belleza ¿quién no? –retrucó Juan, acostumbrado a galantear.

La florida conversación duró el tiempo que la joven creyó necesario. Juan estaba extremadamente excitado y ya no escuchaba nada a su alrededor, solamente se deleitaba con la frescura de aquella jovencita cautivante.

- ¿No se compraría un lugar de reposo para usted y su esposa? –le ofreció ella abriendo un catálogo de coloridas fotografías.
- ¿De qué se trata? –preguntó Juan con la vista perdida en el pronunciado escote en “v” que la promotora parecía henchir.
-Son reposeras… -intentó explicar, pero Juan la interrumpió:
- ¿No sería mejor que me regalara a mí un momento de reposo?
- ¡Por qué no señor! –exclamó ella muy resuelta, mientras le extendía una tarjeta- Aquí tiene mi teléfono, llámeme cuando quiera y también usted tendrá un lugar para el descanso…

Rebosante, Juan tomó el cartoncito y no dejó de mirarla mientas se alejaba graciosamente. De pronto se abrió la puerta, era Manuela, cuyo instinto femenino olfateó gato encerrado.

- ¿¡Qué vende esa mujer?! –preguntó con tono sospechoso.
-Reposaras… -respondió Juan distraído, mientras le extendía la tarjeta a Manuela y continuaba con la mirada extraviada observando a la joven alejarse en busca del próximo cliente- Reposeras, vende reposeras…-repitió.
-Pero acá no dice reposeras… -bramó Manuela- ¡Dios mío, a quién se le ocurre venir a vender terrenos en un domingo!
- ¿Terrenos? –preguntó Juan aturdido
-Sí Juan, terrenos… -insistió Manuela aireando la tarjeta ante los ojos de Juan- ¡Pero en el cementerio!
- ¿En el cementerio? -repitió Juan desconcertado.
- ¡Sí señor!!!! Acá está bien clarito: Graciela Fernández, promotora de ventas “Cementerio Parque Otoñal” …

El pícaro don Juan no resistió y dando un profundo suspiro se desplomó.

EL TANATOPLACTOR-EDAD DEL ALMA

 

EL TANATOPLACTOR

(Relato de 50 palabras)

Surcado por delgadas estrías, el rostro de María -más que los años transcurridos- delataba las huellas de su agonía interminable. El tanatopractor la recibió, y en silencio, se entregó con paciencia a su labor profesional. Una hora después, terminada su obra de arte, la expuso en un féretro de cedro.

LA EDAD DEL ALMA

(Relato de 100 palabras)

Apenas entré a la reunión, vi con sorpresa a mi hermano conversando con una mujer anciana. Sentí de golpe la impresión de haber vivido aquella escena. Alguien me distrajo por un instante, y cuando volví la mirada hacia ellos, habían desaparecido. Los busqué infructuosamente toda la noche y no los pude hallar. Tiempo después, hojeando un viejo álbum familiar, me encontré con una fotografía en la que ambos posábamos con Amalia, nuestra niñera. Mi hermano había muerto en su adolescencia el mismo día que Amalia. ¿Fatiga mental o vejez del alma?


FIESTA DE POETAS

Aquella mañana de octubre, Marisa Pelufo -mi profesora de lengua y literatura- ingresó a tercero comercial con su habitual encanto juvenil.

 Entonces descubrí que no era el único que sufría esa febril atracción por ella; que ya no era exclusivamente mía como lo había creído hasta ese momento. Éramos treinta y dos vándalos apiñados en un salón diseñado para veinte; el curso más revoltoso de la escuela. Sin embargo, manteníamos una excelente conducta durante las clases de literatura, lo que motivó comentarios suspicaces en la sala de profesores, a tal punto que nos compararon con los dulces y candorosos angelitos de estampitas religiosas.

 Esas circunstancias me obligaron a tomar la delantera. Al día siguiente, para que mi propósito no se enfriara, decidí escribirle una carta a la profe, declarándome perdidamente enamorado de ella.

 Para conquistarla, y sabiendo de su devoción por la poesía, busqué unos versos que creí de Pablo Neruda. Prolijamente los copié a mitad de página: "Si al mecer las azules campanillas de tu balcón, crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que oculto entre las verdes hojas suspiro yo".

 Los días que mediaron hasta la próxima clase, fueron interminables. Con impaciencia conté los días por delante. Por fin llegó el día y, contrariamente a lo que yo aspiraba, Marisa entró al aula con la soltura juvenil de siempre, y ordenó tomar una hoja:

 “Ahora voy a dictarles estas rimas de Bécquer...”-dijo tomando una de las tantas hojas que acomodó sobre su escritorio.

 Para mi sorpresa, vi que el papel que tenía en sus manos era nada menos que mi carta, cuyas rimas comenzó a recitar mientras su mirada recorría toda la clase. Mi sangre pareció congelarse, mientras un sudor frío corría por mis costillas. “Está buscando al atrevido que la escribió” – pensé simulando serenidad.

 Cuando nuestras vistas se encontraron, mi labio superior comenzó a temblar nerviosamente. Creo que ella se dio cuenta, pero continuó la clase como si nada y comenzó a dictar: “Si al mecer las azules campanillas...”

 Pero, señorita, ¿no es Neruda?” – interrumpí electrizado.

 “No, alumno”-me respondió con toda naturalidad- “…es Bécquer”- y tomando otro papel prosiguió: “Neruda escribió así: ‘Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote, amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado...’"

 Luego, ante el asombro de todos, tomó una tercera hoja y dijo:

 “Machado también escribió versos tan bellos como estos: ’Sentí tu mano en la mía, tu mano de compañera, tu voz en mi oído...’"

 Y después, tomando otra hoja y luego otra y otra más, prosiguió recitando a García Lorca, Almafuerte, Quevedo, Hernández...

 “Queridos alumnos”. dijo finalmente- “…gracias por sus trabajos. Ayer fue el día más feliz de mi vida. Gracias por comprender mi locura poética... Espero que algún día pueda decir de alguno de ustedes: ’Ese gran poeta fue mi alumno’".

 El silencio de la clase fue total, sólo se oía el rumor del viento primaveral que se filtraba por la quebradura de un vidrio; "deben ser los poetas que están de fiesta", pensé.


Primer premio concurso literario Municipalidad de Venado Tuerto año 1997

ÁNGELES REBELDES

Walter era un chico que jamás había peleado o discutido con los pibes del barrio. De trato dócil y mirada franca, se había ganado el afecto de todo el vecindario.

Lector empedernido, las aventuras de Tarzán, Mandrake, Misterix y tantas otras, eran su pan de cada día. Vivía esas aventuras con tanta intensidad que en su memoria prodigiosa se hacían demasiado reales, a tal punto que los chicos del barrio esperaban con impaciencia sus relatos para liberar sus fantasías juveniles y viajar por exóticos países, desafiando los peligros de selvas, montes y mares, para enfrentar la ferocidad de criaturas primitivas al mando de sofisticadas máquinas espaciales.

Y fue una noche de verano, cuando Walter relataba la historia de trece "ángeles rebeldes", y la magia del universo sacudió la tranquilidad de aquel pueblo perdido en la inmensidad de la pampa.

Cautivados por el relato, los pequeños se fueron transportando al espacio imaginario de estrellas y astros de otras galaxias, absorbiendo energías sobrenaturales provistas por su imaginación, que se acrecentaba en cada secuencia de aquella apasionante aventura galáctica que Walter desarrollaba con tanta maestría.

"...entonces el Capitán Zark, al mando de la Nave Mayor, ordenó atacar a los ángeles rebeldes... ‘¡Apronten el comando número uno!’ indicó el Capitán Zark, y las naves comenzaron a disparar torrentes de espuma gaseosa que rápidamente paralizaron las naves insurrectas..."

De pronto un relámpago iluminó el universo y un fuerte remolino cercó a los niños por segundos; luego el silencio envolvió la noche y cuando una suave brisa disipó el lugar, emergieron en el centro de la plaza las figuras petrificadas de los niños, con sus miradas perdidas hacia el infinito.

La inocente fantasía de aquellas almas infantiles plasmó en la tierra, una rebelión angelical desatada en el desconocido mundo del espacio.

EL GRAN WILLY

Willy era un empedernido jugador que no dudaba en pedir prestado para apostar a las cuadreras; o para refugiarse en algún garito clandestino hasta bien avanzada la madrugada. Sin embargo, a pesar de sus andanzas "non sanctas", poseía una gran virtud: cuando ganaba, devolvía hasta el último centavo.

Gozaba de una envidiable estampa varonil, y aunque algunos lo catalogaban como un desfachatado afecto al trago, a la hora de las reuniones sociales, Willy acaparaba la atención de las damas casaderas que andaban a los saltos para pescar marido. "¡Se atropellan como vacas para estar con él!" decían con cierto malestar los jóvenes del pueblo, que se sentían desplazados por este exótico galán.
Desde otra perspectiva, los hombres admiraban a Willy por su manera de encarar la vida. Jamás se sometió a terceros para salir adelante. Según sus propias palabras, había comenzado a trabajar de postillón a los 11 años, y ahora a los 25 era mayoral de una empresa de pasajeros que surcaba oscuros caminos de rastrillada, eludiendo los peligros de las salvajes llanuras pampeanas. Para este trabajo era necesario contar con astucia y bizarría, cualidades que seguramente Willy poseía. 
Por eso Jacinto Pedernera, mayordomo de la estancia “El Trébol”, idolatraba al desfachatado irlandés y sentía especial afecto por él. "¡Cuánto hubiera querido ser como Willy!” se lamentaba para sí. Si no fuese por los tropiezos que le deparó la vida, seguramente él hubiera hecho como Willy: salir a trabajar por su cuenta y forjarse un camino sin otra ayuda que la fuerza de sus brazos y el golpe de sus puños. Sin dudas hoy sería un atrevido parrandero como él. ¡Cuántas veces se imaginaba junto al "gran Willy" apostando a los burros o compartiendo interminables noches de tugurios apestosos, hasta la consumación de las velas! ¡Toda una entelequia, como si sus años le permitieran tanta osadía!
No obstante, y sabiendo que Willy era capaz de esfumarse en una noche de timba la poca o nada fortuna que poseía, Jacinto consideraba que era el único capaz de conquistar a la joven viuda Echeverría, propietaria de la estancia a su cargo y heredera de gran fortuna.
Un día de marzo de 1898, Willy estaba en el boliche en una partida de truco cuando se armó un gran tiroteo en los alrededores de la plaza del pueblo. La pelotera se volvió tan virulenta, que todo el vecindario se recluyó en sus casas. Empujado por su instinto aventurero, Willy salió dispuesto a entrar en acción y se topó con un grupo de estibadores acurrucados detrás de un carruaje. Rápidamente y a los saltos como esquivando charcos, se fue hasta ellos. "Los esquineros", que siempre sabían todo el acontecer del pueblo, esta vez estaban desorientados. Sólo notaron la disparidad numérica entre los bandos antagónicos. Sin saber por qué -ni para qué- Willy corrió hacia el grupo que estaba atrincherado detrás del paredón de ramos generales y se plegó a la causa con disparos al aire, como queriendo ahuyentar fantasmas. A los pocos minutos se terminaron las balas y la policía arrestó a los revoltosos. Muy de madrugada los liberaron de uno en uno. Cuando le tocó el turno a Willy, el Comisario Severo Espíndola condicionó su libertad.
- “Estás de suerte, Willy. En este despelote no hay muertos; de manera que hacéte humo y no vuelvas al pueblo hasta después de las elecciones. ¿Está claro?”
El clima estaba espeso y Willy, que vivía parte de su tiempo viajando, desconocía los códigos pueblerinos y acató la orden sin chistar. Había cometido un error: En la gresca, se plegó al bando enfrentado al jefe político del distrito.
Desde aquel día, otros fueron los caminos de Willy. Sus empleadores, que sabían de sus locuras, lo destinaron a cubrir el tramo comprendido entre Pergamino y un nuevo paraje llamado “El Tuerto Venado” ubicado en la pampa del sur santafesino. Allá, en la desértica llanura de horizontes infinitos, seguramente Willy encontraría un nuevo desafío para sus locuras aventurera.


Fragmento de: https://venadotuerto2017.blogspot.com/






















   


CASERÓN ANTIGUO


Mientras la luna serena
baña con su luz de plata
como un sollozo de pena
se oye cantar su canción
dulce y sentida
que todo el barrio escuchaba
cuando el silencio reinaba
en el viejo caserón.

Entre los nuevos moradores del viejo caserón abandonado, había personajes disímiles y comportamientos múltiples. Los que más se destacaban eran un policía y un sindicalista; el primero manso y retraído, y el otro, revoltoso y pendenciero. Ambos tenían mujer e hijos y cada cual atendía su juego.

El policía, que de tira no tenía nada, era conocido en solfa como “Vito Nervio”, y a su mujer la bautizaron “Terencia” porque, además de piernas flacas y largas, era tan quilombera como tero cuidando el nido. Obsesiva al extremo por la limpieza, obligaba a los chicos a permanecer en la galería, mientras ella aseaba el cuarto, sin importarle las inclemencias del tiempo; su manía por el aseo no impedía que el frío invernal frenara su batalla impetuosa contra la mugre.

En un cuarto más al fondo vivía Carlos Leiva, conocido popularmente como “El Cacho”, que en su revire alcohólico se consideraba el capo máximo del conventillo. Allí habitaba con su mujer y una tracalada de chicos propios y ajenos, y el aseo no era precisamente una de sus virtudes.

La vida del rufián estaba marcada por estigmas de una juventud plagada de delitos. Durante muchos años fue líder de la patota que custodiaba a un alemán neonazi que manejaba el Sindicato de Estibadores. Cuando el germano fue limpiado por una runfla pesada, el grupo se disolvió y “el Cacho” con sus secuaces perdió el dominio sindical.  Incapaz de controlar sus emociones, “el Cacho” se entregó totalmente al chupe, y cuando el vicio se arraigó, perdió el control de sus actos.

Esto provocó que la precaria convivencia en el conventillo también se resintiera. Cada vez que “el Cacho” llegaba empeludado, hinchaba los quinotos con arrojarse al pozo de agua, poniendo en jaque a todo el consorcio, que presurosamente se empeñaba en disuadirlo de tamaño despropósito. La escena, que se repetía hasta el hartazgo, pasó a ser tan habitual, que una noche los vecinos optaron por ignorar al maniático suicida. Entonces "el Cacho" se desinfló; comprendió que sus amenazas ya no infundían el terror habitual y sintió los efectos del abandono y el sabor amargo de la derrota.

En penumbras, y rodeado por una decena de galgos pulguientos, el curda no resistió la indiferencia, y con gritos furiosos se fue hasta el corredor iluminado por una lámpara de 15. Allí se plantó frente al caño del “Mariposa” Cornejo; golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Pero enseguida reaccionó: “¡Perdoname comilón!”, le dijo, recordando que era amigo del Juez. De inmediato se fue hasta la próxima habitación; allí tampoco le dieron pelota. Enfurecido, retrocedió unos pasos para tomar impulso y encaró la puerta con toda furia; la cerradura cedió y "el Cacho" pasó de largo. ¡Entonces sí que se armó un batuque descomunal! Se desató un griterío infernal entre la mujer y los niños que allí dormían. Desparramado por el suelo, el infeliz estaba desorientado, y cuando se encendió la luz, se encontró con el gigantesco polizonte parado en calzoncillos junto a la catrera. Con los puños tensos -señal de bronca reprimida- el botón, hinchado por las bravuconadas del atorrante, no estaba dispuesto a comerse otro garrón. Sin vueltas conminó al hinchapelotas a que se fuera; pero el rebelde "Cacho" ignoró el mandato y pretendió impartir órdenes desde su incómoda postura. Tremenda insolencia recalentó a "Vito Nervio" que, con destreza profesional, tomó el fierro reglamentario y lo apoyó en la sabiola del intruso. Recién entonces "el Cacho", abatido, comprendió la gravedad de su falta.

El toletole fue tan grande que los vecinos, previendo una desgracia, se apresuraron a llevarlo arrastrado hasta su cuarto. Allí lo tumbaron sobre un cotín mugroso, donde “el Cacho” lloró sus penas a moco tendido.

"El Cacho" volvió a mamarse muchas veces más, pero jamás olvidó el frío que le dejó en la frente, el fierro de "Vito Nervio". Es que esa noche volvió a sentir el aliento helado de la descarnada, que, merodeando la mansión de Madame Bouchard, esperaba con paciencia llevárselo por la rejilla.

Cuando regresó el silencio, se oyó el canto amoroso de los grillos; también se vieron los cortejos luminosos de las luciérnagas, mientras a lo lejos, una radio trasmitía música de Francisco Canaro y la voz de Charlo cantando “Duelo Criollo”. Era una clara señal de que el mundo seguía andando.

A pesar de tantos avatares, el caserón se mantenía erguido y orgulloso de su estirpe.  Otra vez la flaca había penetrado sus muros y se fue sin su presa. ¡Había entrado tantas veces, que ya no la tenían en cuenta! Desde aquella primera vez, cuando llegó atraída por la lujuriosa festichola de Madame Bochard, sus visitas fueron rutinarias. La mishiadura, principal generadora de pestes, parecía haberse asociado a la implacable parca empeñada en llevarse más gente al tacho.

 Mientras tanto, y como una bataclana descangayada, la antigua mansión sintió el implacable efecto de los años. Con su fachada descascarada y los ladrillos al descubierto cual heridas abiertas, parecía esperar con resignación, el abandono de sus humildes moradores.

 El tango

Jorge Luis Borges, 1958


¿Dónde estarán? Pregunta la elegía
De quienes ya no son como si hubiera
Una región, en que el Ayer pudiera
Ser el Hoy, el Aún y el Todavía.

¿Dónde estará (repito) el malevaje
Que fundó, en polvorientos callejones
De tierra o en perdidas poblaciones,
La secta del cuchillo y del coraje?

¿Dónde estarán aquellos que pasaron
Dejando a la epopeya un episodio,
Una fábula al tiempo, y que sin odio
Lucro o pasión de amor se acuchillaron?

Los busco, en su leyenda, en la postrera
Brasa que, a modo de una vaga rosa
Guarda algo de esa chusma valerosa
De los Corrales y de Balvanera.

¿Qué oscuros callejones o qué yermo
Del otro mundo habitará la dura
Sombra de aquél que era una sombra oscura
Muraña, ese cuchillo de Palermo?

¿Y ese Iberra fatal (de quien los santos
se apiaden) que en un puente de la vía,
Mató a su hermano el Ñato, que debía
Más muertos que él, y así igualó los tantos?

Una mitología de puñales
Lentamente se anula en el olvido;
Una canción de gesta se ha perdido
En sórdidas noticias policiales.

Hay otra brasa, otra candente rosa
De la ceniza que los guarda enteros;
Ahí están los soberbios cuchilleros
Y el peso de la daga silenciosa.

Aunque la daga hostil o esa otra daga,
El tiempo, los perdieron en el fango,
Hoy, más allá del tiempo y de la aciaga
Muerte, esos muertos viven en el tango.

En la música están, en el cordaje 
De la terca guitarra trabajosa,
Que trama en la milonga venturosa
La fiesta y la inocencia del coraje.

Gira en el hueco la amarilla rueda
De caballos y leones, oigo el eco
De esos tangos de Arolas y de Greco,
Que yo he visto bailar en la vereda.

En un instante que hoy emerge aislado,
Sin antes ni después, contra el olvido,
Y que tiene el sabor de lo perdido,
De lo perdido y lo recuperado.

En los acordes hay antiguas cosas:
El otro patio y la entrevista parra.
(Detrás de las paredes recelosas
El Sur guarda un puñal y una guitarra)

Esa ráfaga, el tango, esa diablura,
Los atareados años desafía;
Hecho de polvo y tiempo, el hombre dura
Menos que la liviana melodía.

Que sólo es tiempo. El tango crea un turbio
Pasado irreal que de algún modo es cierto.
Un recuerdo imposible de haber muerto
Peleando, en una esquina del suburbio. 

https://youtu.be/eIqBIgOGu5U?list=RDeIqBIgOGu5U