Beatriz Carreño era la podóloga de Fernando desde que eran vecinos del barrio, hasta que ella se mudó tras su divorcio. El día que Fernando fue a hacerse atender, la conversación giró -como siempre-alrededor de los hechos y las personas que ambos conocían en común desde los años 60, cuando creían que los abriles eran eternos. Los temas incluían casamientos, nacimientos, separaciones, enfermedades y por supuesto, fallecimientos. En ese momento Beatriz recordó a Rodolfo Pardal, más popularmente conocido como “el Rolo”, un muchacho con un antojadizo delirio por la música de trompeta, a tal punto que, donde quiera que fuese, llevaba consigo el instrumento a cuestas.
“El Rolo” ayudaba a su padre, don Vicente
Pardal, un electricista de reconocida trayectoria y fiabilidad comunitaria.
Pero don Vicente padecía con su hijo porque, según decía, no había manera de
hacerlo trabajar; mientras él perforaba paredes, instalaba caños y pasaba
cables, "el Rolo” se sentaba donde fuere, y comenzaba a soplar la
trompeta. Un día, mientras trabajaban en el departamento “B” de un edificio, la
anciana del “C” comenzó a golpear desaforadamente la puerta del “B” implorando
por favor que dejaran de sonar la corneta porque el perro ladraba y la estaba
volviendo loca. El pobre don Vicente ya no sabía qué hacer con "el Rolo”,
porque si lo apuraba un poco se iba con la trompeta y lo dejaba solo sin que
alguien le alcanzara las herramientas. Además, según don Vicente, “el Rolo” no
sabía hacer otra cosa que no fuera soplar la trompeta.