Cuando la imaginación despega, llega el momento de narrar lo que descubrimos en pleno vuelo. A veces la realidad nos obliga a cambiar de perspectiva; tanto así, que a menudo termina superando a la ficción. Si te sumerges en mis relatos, cuéntame qué te han parecido: tus comentarios sobre mis aciertos y errores son el motor que me ayuda a perfeccionar mi escritura.
martes, 11 de agosto de 2026
RUIDOS MOLESTOS
TEATRO
Casi siempre tomaba el mismo camino de regreso a casa, pero ese día, atraído por la curiosidad, fui por otra calle recientemente remozada.
EL PELUCA
UN EXÓTICO GALÁN
El casamiento se postergó por un año, como era costumbre entonces, pero Willy no resistiría tanto tiempo sin poseer a Maggie.
Un día como tantos, trepó a la galera con cuatro pasajeros a bordo, azuzó a los caballos y partió rumbo a Pergamino. Desde ese día, Willy con Maggie nunca más regresaron a Venado Tuerto; ella lo hizo después de enviudar, allá por el año 1892 junto a sus cuatro hijos.
CENIZAS
Hoy había habido un quiebre en esa rutina amistosa que el tiempo se encargó de afianzar, más allá de algunas discusiones originadas por la diversidad del grupo, que a su manera hoy recordaba al “Beto” con nostalgia, con una compañía de alto voltaje etílico. Entonces se aflojaron las lenguas que dieron rienda suelta a sentimientos subjetivos. “El Beto” se había ido y no pudieron despedirlo como ellos querían; cerraron el jonca y la viuda anunció su cremación.
“El Beto” ocupaba un cargo importante en los espacios políticos locales; tenía a su alcance prerrogativas que, para otros, eran inalcanzables. Esa ventaja le permitía auxiliar a sus amigos en momentos críticos; pero claro, también había retornos de los que nadie hablaba, pero existían. “El Beto” se daba todos los gustos y su billetera hoy podía estar abultada como mañana escuálida. Así era él, le daba boleo a la guita sin importarle en qué se diluía. Se jactaba de que Matilde, su mujer, sabía guardar su lugar y jamás le cuestionaba sus largas noches de garufa y timba, porque el macho de la casa era él.

De repente, y luego del prolongado silencio que originó la filípica de la conserje, se abrió abruptamente la puerta del bar y, como un huracán, entró la viuda del “Beto” y se dirigió a la barra donde zampó ruidosamente un pequeño cilindro del tamaño de un balón, y a viva voz lanzó: “Aquí lo tienen, hagan con él lo que quieran” y dando media vuelta salió tal como había entrado.
El cilindro tenía un rótulo adherido: “Roberto ‘Beto’ Farías -QEPD- † 20/10/1012”.
LA MANSIÓN
Fin de fiesta
EL OCASO DEL GUERRERO
- Pourquoi as-tu retardé. Daniel?
EL HUECO QUE DEJÓ UN SUEÑO
Los primos Patricio y Santiago habían nacido a escasos días de diferencia. Sus papás, los hermanos Dowling, sostenían que sus hijos eran la continuación de una dinastía de más de dos siglos, según sus cálculos.
Los chicos – compinches como lo fueron sus padres – sentían una atracción muy especial por Manuela, la dama de compañía de la abuela Brígida, porque les contaba cuentos fantásticos que ellos escuchaban con interés.
Un día Manuela les contó que cada vez que alguien se muere, una estrella se apaga y que cuando nace un niño, se enciende otra. Los niños se tomaron tan en serio aquella historia, que, durante muchas noches despejadas, se pasaban largas horas sumando y restando estrellas sin hallar en el universo respuesta a sus fantasías.
El asunto se complicó la noche que velaban a “Granny”, y salieron al parque que rodeaba la casona de la estancia “San Patricio”, para ver cuál era la estrella que se había apagado; pero “¡Oh sorpresa!”, el cielo estaba totalmente cubierto. Desilusionados ingresaron nuevamente a la casa y se ubicaron frente al “fire place” que irradiaba un calor acogedor. Desde allí observaban los rituales que los mayores practican cuando velan a los muertos.
Desde la habitación de “Granny” provenía permanentemente el ronroneo del rezo del rosario y otras advocaciones interminables, donde los chicos no podían entrar por la prohibición impuesta por tía Kate. En tanto, desde la cocina, se oía el murmullo de los hombres que, consumiendo té, café y abundante whisky, acompañaban a los deudos fumando habanos que repartía Agnes, la nieta mayor de los Dowling, hija de tía Kate. En el cuchicheo, de vez en cuando se oía alguna risa reprimida seguida de una tos descontrolada, producto de algún chiste o anécdota graciosa, tal vez subido de tono y que en estas circunstancias tenían abundante abono entre los hombres. Cuando se abría la puerta de la cocina se expandía una oleada de humo de exquisito aroma habanero.
Para los chicos el tema de las estrellas era inquietante por lo que necesitaban hablar y sacar conclusiones.
- ¿Cómo será morirse? preguntó Patricio en voz baja a su primo.
- Como apagar una vela – respondió Santiago con ínfulas cancheras de saber un poco más que Patricio
- ¿Así nomás, como apagar una vela?
- Así nomás... ¿No te acordás lo que nos contó Manuela?
- Sí, me acuerdo, pero mi mamá me dice siempre que no le crea mucho lo que dice Manuela...
- ¿Por?...
- Porque mi mamá dice que ‘la pobre vieja no sabe leer ni escribir, entonces inventa historias...´ respondió Patricio usando las mismas palabras de su mamá.
- ¡¿Qué inventa historias?! – preguntó el sorprendido Santiago - ¿Eso quiere decir que lo de las estrellas es un invento? – se preguntaba a sí mismo con dejo desencanto.
- Puede ser, no sé... ¿Vos qué pensás? – indagó Patricio
- No sé... Pero lo que sí sé, es que alguien puso esas nubes para que no pudiésemos ver las estrellas...
- ¿Quién...?
- Supongo que Dios... ¿Sino quién?... Solamente Dios puede hacer esas cosas...
- Aunque también San Pedro hace su parte... ¿Te acordás cuando “Granny” rezaba en la cama “San Pedro que llueva... San Pedro que pare de llover...San Pedro que salga el sol…” y tantas peticiones más?
- Pero San Pedro no se mete con las estrellas... – razonó Santiago bajoneado.
- Pero sí con las nubes... – replicó Patricio
En lo mejor del parloteo -que había aumentado de tono – se oyó un fuerte y sonoro “¡Shhhhhhht!” Era tía Kate que, asomada desde la sala mortuoria, los conminaba a cerrar la boca. Obedientes, agacharon la vista y guardaron silencio. Ya de madrugada, vencidos por el sueño, se quedaron profundamente dormidos. Algún día alguien se encargaría de contarles la historia de las estrellas y llenarían el hueco que esa noche les dejó aquel sueño infantil.
La mañana amaneció lluviosa y fría; un manto de neblina cubría todo el parque escarchado que lucía yermo, silencioso y triste. En la galería, los hombres conversaban sigilosos, repitiendo -tal vez una y mil veces- el mismo repertorio de la noche anterior en un intento por amortiguar el frío impiadoso de una brisa que castigaba sus rostros y calaba los huesos fatigados por una noche en vela. En el interior, el cura -que había pasado la noche en la casa- cotorreaba el Kirieleisón, Christeleison, Kirieleisón, Christe áudinos, Christe exaudinos… acompañado por los presentes que respondían a cada invocación del ritual. A las 9 en punto llegó el coche fúnebre tirado por seis percherones negros que lucían penachos al tono y despedían un vaho corporal condensado por el aire frio; detrás los dos cupés. Los conductores en los pescantes lucían sus rigurosas levitas, sombreros de copa y guantes blancos. El acompañante del conductor del fúnebre se apeó para ultimar los detalles del acompañamiento final con el ataúd a pulso. En cuanto el cura terminó con las oraciones, los dolientes besaron la frente de la difunta y luego taparon el féretro en medio de sollozos. Manuela lanzaba gemidos prolongados, haciendo honor al antiguo legado criollo de las plañideras. Los hombres tomaron las empuñaduras del féretro y lentamente comenzaron la marcha hacia el carruaje que esperaba frente al portal de la casona; los caballos comenzaron a andar a pasos acompasados, hasta recorrer unos 100 metros donde los hombres acomodaron el ataúd en la carroza poniendo fin al acompañamiento mientras cada uno regresaba a sus vehículos para continuar la marcha hasta la iglesia del pueblo. Los hermanos Dowling con sus respectivas esposas e hijos subieron al primer cupé, mientras la tía Kate con su marido, su hija Agnes y Manuela lo hicieron en el segundo. El adjunto del coche fúnebre observaba el desplazamiento de la gente y una vez comprobado que cada cual había ascendido a sus vehículos, trepó y se ubicó en el pescante junto al conductor; entonces se inició la marcha hacia la iglesia del pueblo.
LA CONCIENCIA
Despuntaba el día cuando recobré el conocimiento. Alertado por el chillar de un centenar de gaviotas que se disputaban el alimento, me encontré en una playa con horizontes teñidos de rojo y el sol que se asomaba majestuoso, como un enorme globo de fuego.
El déjà vu de Pablo
(Relato escrito en octubre de 2000 y publicado en el sitio Puerto Libre de Ficticia)
Fue un 2 de junio, durante una recepción que ofreció el Consulado Italiano, cuando sorpresivamente fui partícipe de una escena que, curiosamente, había vivido con anterioridad. Hay quienes dicen que estas imágenes repetidas se deben a fatiga mental y que duran pocos segundos. Sin embargo, en esta circunstancia, el tiempo parecía prolongarse hacia el infinito.
Mucho tiempo después, hojeando un viejo álbum familiar de mi madre, volví a toparme con los personajes de aquella fiesta imaginada en mi mente cavilosa. Entonces recordé que, en mi adolescencia, la mujer entrada en años visitaba nuestra casa y que, en complicidad con mi hermano y compinche Pablo, la habíamos apodado “la preguntona”, por la insaciable manía que tenía de preguntarnos continuamente todo lo que se le ocurriera, y nosotros siempre respondíamos con un “no sé”, lo que la volvía loca. Pero la venganza no tardaría en llegar, porque, con ironía y malicia, la coqueta anciana se apresuraría a cargar las tintas a nuestra madre para decirle lo “desfachatado que eran sus hijos”, entonces nuestra pobre mamá, avergonzada de tener hijos maleducados, nos dirigía una mirada fija y sin contemplaciones, para mandarnos a dormir antes de hora. En la retirada nos encontraríamos con nuestro padre que, encogiendo los hombros y con sonrisa cómplice, como diciendo: “Qué le vamos a hacer muchachos, son las reglas del juego”. Y nosotros nos retiraríamos a dormir tranquilos porque sentíamos su protección para encarar la batalla del día siguiente cuando vendrían las amenazas de suspender “la matiné” o el picado del domingo en el campito.
Por un instante, aquellos recuerdos me alegraron el corazón, mientras miraba la foto de aquella fiesta. Pero además de la nostalgia que me producía mirarla, había una diferencia entre lo que imaginé y la fotografía, porque el que estaba hablando con la mujer no era yo, sino mi hermano. Entonces, di vuelta la postal y con sorpresa leí la fecha: †2 de junio de 1960, el día que un demencial conductor atropelló a Pablo y le quitó la vida a los quince años.
LA NAVIDAD DE LOS NIÑOS
Sentado a la sombre del frondoso ombú de la plaza, parloteaba sobre intrépidas lides guerreras que conjugaba con fragmentos de Shakespeare, Scott, Yeats…, poetas de su lengua vernácula.
El velorio
Ahí estaba el Juancito; con su prominente napia asomando el jonca cual si disfrutara de una placentera siesta veraniega.
Un cura, que se instaló a la cabecera del féretro, no dejaba de cotorrear mientras acomodaba y desacomodaba el jopo gardeliano del muerto hasta dejarlo encrespado como pelo de oveja. Anclado en el chismerío parroquial (de la que nadie se salvó) el cura perdió la iniciativa del rezo del rosario, madrugado por una catequista que comenzó a desgranar las avemarías y salves a viva voz. Terminada la larga y melosa riestra, un imprevisto diácono salió del montón y, biblia en mano, tomó la posta para entregarse a la lectura de la Liturgia de las ‘Horas para difuntos’: “Hermanos, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…” y continuó con el recitado que nadie entendía, salvo una mujer que se levantó como un resorte y le apuntó al lector que incluyera una oración por “las intenciones del Santo Padre”, lo que provocó miradas cruzadas entre los orantes. ¿Qué intenciones podría tener el Papa en un velorio, donde el principal protagonista es el muerto?
Terminadas las letanías, el escenario quedó acéfalo por un breve instante, hasta que entró en escena una adolescente que comenzó a gemir por la muerte “del tío” que, según decía, era el único que se interesó por sus problemas. Aquí todos se mostraron distraídos; nadie intentó calmar la histeria juvenil, más bien se abrieron, como cuando se escapa un flato y todos se alejan con el naso fruncido. Era la hija de la empleada doméstica del muerto, a quien, según el chismerío del ambiente, le faltaba una vuelta de tuerca. Acá aprovecharon la ocasión para dispersarse los que rodeaban el féretro y el cura muy amablemente saludó a los presentes con una inclinación de cabeza y partió raudamente a cumplir sus obligaciones sagradas.
En ese momento el finado parecía sonreír. Intuí como que estaba escuchando sonidos familiares que lo hacían sentirse en casa. Pero no fue por mucho tiempo, porque al toque irrumpió un gringo grandote de botas camperas con bastante olor a bosta, sosteniendo contra su pecho un sombrero de alas anchas. El gaucho, de cara mofletuda y colorada como culo de mono, estaba agitado; a simple vista se percibía que el hombre estaba cargado. Se arrimó al féretro para hablarle al muerto con aire de milonga, comiéndose las ese. “¡Jacinto querido!” -gimió. “Vengo de la feria. Ayá me enteré de que te había muerto y me vine rajando pa’acompañarte. Pero che, ¿Cómo carajo se te dio por morirte hoy, hermano? Justo hoy que es el cumple del Toto Peralta; ¡t’estábamo esperando pa’festejar! Con el Laucha Tribilín, Farruca, el Loro Miretto, Lito Corzo, Merluza y hasta Pichón Guerrero, que casi se no muere el año pasao… ¿Te acordá? Todo vamo a ir al cementerio a despedirte; lo muchacho no estaban como pa’venirte a saludar ahora, vos sabé cómo es el laburo en la feria; todo brindamo por vo…” y así siguió un rato más el paisano que, compungido, no hablaba boludeces, lo hacía desde el corazón. Estaba sinceramente dolido; despedía a su amigo con gran pesar. Permaneció en silencio un buen rato mientras derramaba lágrimas que corrían por sus mejillas rosadas. Aliviado, se dio vuelta y, apantallándose con el sombrero aludo, vino y se sentó a mi lado, enjugó sus lágrimas y sonó su narizota chata embutida entre sus pómulos prominentes.
Después del sofocón, comenzamos nuestro diálogo que sonaba en toda la sala. Me preguntó si era pariente del extinto a lo que le contesté que éramos vecinos; habíamos crecido en el mismo barrio y estudiado juntos en el colegio de los curas. El destino nos marcó caminos distintos y cada cual emprendió el suyo por lo que dejamos de frecuentarnos, aunque esa distancia no impedía que de tanto en tanto nos encontráramos para recordar de nuestros años mozos. El hombre, que seguía con atención mi relato, asentía a cada uno de mis dichos haciendo sonar su nariz con un rotundo sniff. Luego abordó sus propias vivencias y los pormenores de su amistad con el fiambre, y aunque ya lo había hecho público momentos antes, pacientemente lo escuché, sin dejar de reconocer que, íntimamente, me desvivía por saber cuál era la razón del supuesto suicidio de nuestro común amigo. Además, debo ser sincero, el gringo me resultó simpático y me encantó conversar con él, porque pude así, sobrellevar con alivio esos momentos pesados que son los compromisos fúnebres. Sus modales campechanos y su sinceridad marcaban su nobleza.
La relación que tenía con el muerto no era novedad, porque Juan, a quien todos llamaban “Juancito” y no “Jacinto” como decía el gringo, era el contador de una de las consignatarias de hacienda más importantes de la ciudad, y un personaje popularmente querido por los habitués a cuanta peña o club concurriera. Amigo de todo el mundo y, como dijo el gaucho, se juntaba codo a codo con la peonada para comer brutos asados que se hacían cuando había grandes remates ferias. Para los arrieros, los peones, los estancieros, los chacareros, los directivos de frigoríficos y todo aquél que estuviese ligado a la ganadería, “Juancito” era el organizador, lo que llaman el “hombre orquesta” de estos eventos. Él estaba al tanto de todo y tenía la solución para todos, por eso era apreciado y querido por el mundillo del mercado ganadero.
De pronto y, como por arte de magia, entró a la sala un personaje menesteroso que, cuando hablaba, pronunciaba la “s” como “j”. El hombre se ubicó frente al muerto y lloriqueaba con voz gangosa. Luego, cuando se dio vuelta, comprobé que era leporino. Humildemente se dirigió a los presentes, dando fe de la calidad humana del finado, a quien dijo conocer desde su infancia a través de su padre, el tropero Bernabé Loyola que vivía en el barrio “Santa Rosa”, pegadito al boliche “El Buen Trato”. Entonces hizo una larga historia de su vida, enumerando las cualidades del finado y sus reconocidas cualidades humanas y de lo mucho que había ayudado a su padre y a sus hermanos que, según dijo, eran once y él era el del medio, el número seis y que, tras la muerte de su padre, debió hacerse cargo de los cinco menores, y dado las estrecheces económicas que estaba sufriendo, pedía una ayuda monetaria para llevarle un poco de comida a sus hermanos. Toda una cháchara estudiada para hacerse de algún mango sin gran esfuerzo. Mientras seguía verseando, el gordo, que no salía de su asombro, lo miraba de reojo, trataba de no encontrarse con la mirada del sujeto que lo había tomado de punto; el manguero había vichado que el gordo estaba muy afectado por la muerte de su amigo, y el tipo seguía con la matraca presionando para que aflojara la billetera. Yo me mantuve con la mirada fija en mis zapatos, mientras le susurraba entre lenguas al gordo que no le diera pelota, que se mantuviera firme. Al ver que el ambiente se estaba volviendo jocoso por la insólita secuencia, dos empleados de la funeraria se acercaron al personaje para calmarlo y pedirle con buenos modales que se retirara al vestíbulo; y así lo hizo, sin resistencia. A la distancia, pude ver que hablaba sigilosamente con cada uno de los allí reunidos y que algunos sacudían la cabeza y otros pelaban la billetera y garpaban algún billete o algunas monedas con tal de sacárselo de encima. Cuando finalizó su colecta, enfiló hacia otro sector del complejo funerario.
Luego, uno de los dependientes de la funeraria se acercó para disculparse por el mal momento pasado y nos comentó que se trataba de “el turco Fayés”, un personaje de origen árabe que vestía harapos y se dedicaba a mendigar en los velorios. Se hacía pasar por amigo del muerto, ardid utilizado para manguear a los que estaban en vela. Según comentarios, el turco supo tener mucha guita acumulada en su juventud como tratante de blancas y nunca se había hecho cargo de sus hermanos menores como pregonaba, sino que había sido rechazado por su familia debido a su actividad delictiva
Después de este episodio continuó la charla con el gordo e, intrigado por el luctuoso hecho, traté de indagar el porqué del suicidio de Juancito. Entonces le pregunté al gordo si sabía el motivo de tamaña determinación. El gordo, precavido, bajó el volumen y me susurró al oído: “Se comía la mujer del gerente” me dijo, y continuó: “Todo sabíamo que el “Jacinto”-seguía nombrándolo erróneamente- andaba en esa trenza, pero nunca dijimo nada. ¿Qué vamo a decir? Al contrario, nos cagábamo de risa porque el gerente es un cabrón y nos alegrábamo porque el ‘Jacinto’ lo cornetaba”.
Yo me quedé helado, nunca pensé que el finado fuera capaz de andar en esos enredos. Sin embargo, según el gordo, saltaba el tapial cuando el gerente viajaba a Liniers. Por eso, lo único a que atiné fue mostrar mi sorpresa frunciendo mis labios, por lo que el gordo, tratando de afirmar sus dichos, me dijo: “E’ así, aunque usté no lo crea” Entonces le respondí que no era que yo no le creía, sino que nunca hubiera sospechado que Juancito fuera capaz de tanta osadía. Hombre piadoso, de cumplimientos religiosos, no había domingo que no fuera a misa.
De pronto, como un huracán, se abrió la puerta principal del complejo funerario y entró desfilando un grupo de seis personas con guardapolvos blancos, guantes y barbijos y se dirigieron directamente al jonca, lo taparon y se lo llevaron sin gestos ni palabras, mudos. Al toque nuevamente el dependiente de la funeraria se hizo presente y nos manifestó a los allí reunidos que la sala se iba a cerrar hasta tanto concluyera la autopsia del finado.
Me despedí del gordo y cada cual abandonó el recinto hasta nuevo aviso.
EL TROMPETISTA
Beatriz Carreño era la podóloga de Fernando desde que eran vecinos del barrio, hasta que ella se mudó tras su divorcio. El día que Fernando fue a hacerse atender, la conversación giró -como siempre-alrededor de los hechos y las personas que ambos conocían en común desde los años 60, cuando creían que los abriles eran eternos. Los temas incluían casamientos, nacimientos, separaciones, enfermedades y por supuesto, fallecimientos. En ese momento Beatriz recordó a Rodolfo Pardal, más popularmente conocido como “el Rolo”, un muchacho con un antojadizo delirio por la música de trompeta, a tal punto que, donde quiera que fuese, llevaba consigo el instrumento a cuestas.
“El Rolo” ayudaba a su padre, don Vicente
Pardal, un electricista de reconocida trayectoria y fiabilidad comunitaria.
Pero don Vicente padecía con su hijo porque, según decía, no había manera de
hacerlo trabajar; mientras él perforaba paredes, instalaba caños y pasaba
cables, "el Rolo” se sentaba donde fuere, y comenzaba a soplar la
trompeta. Un día, mientras trabajaban en el departamento “B” de un edificio, la
anciana del “C” comenzó a golpear desaforadamente la puerta del “B” implorando
por favor que dejaran de sonar la corneta porque el perro ladraba y la estaba
volviendo loca. El pobre don Vicente ya no sabía qué hacer con "el Rolo”,
porque si lo apuraba un poco se iba con la trompeta y lo dejaba solo sin que
alguien le alcanzara las herramientas. Además, según don Vicente, “el Rolo” no
sabía hacer otra cosa que no fuera soplar la trompeta.
“CUANDO NIÑO, TOMÉ MATE CON EL VIEJO VIZCACHA”
-Yo conocí al Viejo Vizcacha… -le dije al profesor cuando recitaba los versos del Martín Fierro.
gauchos mateando, uno de ellos era un viejo barbudo y sucio. ‘Estos son los gurises del patrón’ dijo Vicente a modo de presentación. Los jóvenes gauchos levantaron la vista y nos dieron la bienvenida; el viejo, mate en mano, nos miró con cara de malo y soltó: “Donde los vientos me llevan, allí estoy como en mi centro. Cuando una tristeza encuentro, tomo un trago pa’alegrame. A mí me gusta mojarme por ajuera y por adentro”, y lanzó una carcajada endiablada. “Tome un amargo compadre” - le dijo a Vicente extendiéndole el mate. “Al menos mójese las tripas pa’seguir andando”. Vicente tomó el mate y agradeció la gentileza del viejo; luego, nos miró a nosotros, y para tranquilizarnos agregó: “Este es el gaucho Vizcacha, del que tantas historias les conté, y los mozos son los hijos de Martín Fierro, el gaucho errante de nuestras pampas”. Entonces el viejo volvió a tomar la palabra y confirmó lo de Vicente: “Ansí es, me llaman ‘el viejo vizcacha’, por avaro y mandón, pero recuerden siempre que el que gana su comida, bueno es que en silencio coma, ansina ustedes ni por broma, quieran llamar la atención, nunca escapa el cimarrón, si dispara por la loma”.

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