martes, 11 de agosto de 2026

RUIDOS MOLESTOS

Fue durante una madrugada de verano, cuando abruptamente desperté muy agitado y de un salto me senté en la cama. Mientras trataba de ordenar mis sentidos, vi cómo las sombras de las cortinas iluminadas por relámpagos de la tormenta proyectaban ondulantes figuras fantasmales.

Al ver que mi esposa disfrutaba plácidamente de su reposo, deduje que se trataba de una pesadilla. O tal vez uno de aquellos sueños “pesados” originados por una mala digestión. No muy convencido, me volví a acostar, pero al instante un ruido estridente volvió a sacudirme. Intenté encender la luz, pero estaba cortada. Aguardé unos segundos y decidí levantarme.

Despacito y tratando de no hacer ruido, me fui hasta la cocina. Allí el único habitante viviente era un molesto grillo que no paraba de emitir su monótona melodía amorosa. Luego me encaminé a la sala de estar, e inmediatamente detrás de mí, apoyando su nariz húmeda y fría en mis piernas, estaba mi viejo perro caniche, cuya agitación delataba que estaba tan asustado como yo.

A todo esto, cada vez que un relámpago iluminaba la sala, mi imaginación multiplicaba los fantasmas al escuchar el misterioso ruido acompañado por un gemido quejumbroso.

Temblando como un títere descontrolado, sentí que mi corazón rebotaba acompasado cual tambor de ópera Wagneriana. Por un instante traté de controlarme, pero el misterioso ruido parecía repetirse con mayor frecuencia y aumentaba mi angustia. ¿Qué estaba pasando? ¿De dónde provenían esos golpes tan particulares, cuya contundencia no era metálica? ¿Quién estaría haciendo semejante alboroto? ¿Acaso una gresca callejera? ¿O tal vez un atraco? ¿Y por qué no una trágica desavenencia amorosa?

Mientras me invadía un sinnúmero de interrogantes, sorpresivamente, y como sincronizando los hechos, se encendieron las luces y los misteriosos ruidos se silenciaron. De inmediato un objeto pesado cayó por la chimenea envuelto en una nube de hollín y salió disparado hacia el ventanal que da al patio, donde rebotó contra el vidrio y volvió nuevamente a rondar en círculos buscando la salida de la trampa mortal.

Por fin abrí el ventanal y el furioso objeto encontró la anhelada libertad.

Se trataba de un enorme gato que había quedado entrampado en el pulmón de la chimenea.

No sé cómo era mi aspecto, pero el pelaje de mi perro blanco estaba negro carbón. Con sus ojos brillando de pánico, temblaba como una hoja mirándome desorientado.

Cada vez que recuerdo aquella noche, me pregunto si el perro se sintió tan ridículo como yo.

TEATRO

Casi siempre tomaba el mismo camino de regreso a casa, pero ese día, atraído por la curiosidad, fui por otra calle recientemente remozada.

Caminar por aquella avenida, con canteros llenos de flores y retoños de las más variadas especies, era muy placentero. Imaginando los colores que vendrían en la próxima primavera, me olvidé del fío de esa noche de julio y avancé algunas cuadras más. Luego giré a la izquierda y emprendí mi regreso por otra vía menos concurrida.

Al pasar frente a los amplios ventanales de una antigua casa de señorío colonial, oí una acalorada discusión entre un hombre y una mujer.

Amparado por las sombras y vencido por mi curiosidad, indiscretamente me puse a escuchar:

- ¿¡Qué hiciste!? – preguntaba el hombre sorprendido.

- ¡Lo maté, mi amor, lo maté! –sollozaba histérica la mujer.

- ¿¡Que lo mataste?!

- ¡Sí! ¡Sí!  ¡Lo maté, te juro que lo maté! –insistía ella

-Está bien, está bien…-respondió él para tranquilizador- La verdad es que el viejo se lo merecía… Ahora tenemos que hacer creer que se suicidó estando borracho…

- ¡No!... ¡A él no!... –reaccionó violentamente la mujer- Hice lo correcto ¿No mi amor?

- ¿! ¡¿Qué querés decir?! –indagó él dudoso- ¡No me dirás que mataste al bebé!

-¡¡Sí!! –gritó ella desaforada.

A esa altura de los acontecimientos el que estaba enteramente loco era yo. Salí de allí corriendo despavorido. Cuando llegué a mi casa llamé desesperadamente a la policía para denunciar lo que acababa de escuchar y sin perder tiempo, volví corriendo al lugar.

El horror, que me había sacado de todo control, me impedía coordinar mis sentidos y asimilar semejante tragedia familiar. A medida que me iba acercando a la casa, veía cómo llegaban al lugar los vehículos policiales y las ambulancias. No me animé a acercarme más; por lo que pude observar todos los movimientos a la distancia. Al cabo de un rato la policía y los médicos se retiraron de la casa y la gente comenzó a dispersarse. Carcomido por la curiosidad morbosa, me acerqué a un hombre que había estado entre los curiosos y le pregunté qué había ocurrido, simulando ignorar lo sucedido.

- ¡No pasó nada!... –me respondió con una franca carcajada. –En esta casa funciona una escuela de teatro y estaban ensayando una obra dramática que algún ignorante confundió con la realidad y llamó a la policía”

Sentí vergüenza y alivio. Volví a mi casa y después de una ducha caliente me fui a dormir… No pude conciliar el sueño en toda la noche.

EL PELUCA

Joaquín era un marido y padre ejemplar. A pesar de ser un destacado profesional médico, su extremada timidez parecía limitarlo en el ámbito social. Tenía cuarenta y cinco abriles cuando Carla, su hija mayor, cumplía los quince y la calvicie ya había hecho estragos en su cabeza prominente.

Fue por aquellos años, cuando se desató la eufórica campaña destinada a desterrar a los pelados, haciéndoles creer que eran la ridiculez humana. Desde la propaganda de productos para detener su caída, y la oferta de postizos -que se asemejaban más a un nido de hurracas que a una cabellera- hasta los mágicos entretejidos, eran considerados la panacea recuperadora de la juventud perdida.

Influenciadas por tanta información mediática, las cuatro damitas de Joaquín -con la complicidad de mamá- insistieron en que se hiciera un entramado. Él, que sabía lo mucho que sufren los hijos cuando sus padres no se asemejan a sus ídolos juveniles, comenzó a pensar seriamente en hacerse un arreglito craneano.

Convencido de su prematuro envejecimiento, aceptó el desafío. Una mañana muy temprano partió rumbo a la ciudad de Rosario para someterse a un tratamiento capilar.

Allí los especialistas comenzaron a zamarrearle la cabeza con champús, cremas y jabones especiales. Luego lo pasearon por varias dependencias analizando sus cabellos ralos, hasta que finalmente lo depositaron en un jardín para examinarlo a la luz natural.

El proceso demandó toda la mañana y gran parte de la tarde, hasta que finalmente las manos suaves de una señorita muy mona ella, fueron las encargadas de cubrir la pelada con la melenuda ficción.

Cuando Joaquín se retiró de la clínica era muy tarde, de manera que rápidamente se fue hasta la estación terminal y abordó el primer ómnibus que lo traería de regreso a casa. Mientras viajaba, sentía la rara sensación de llevar sobre su cabeza un enorme turbante oriental e intuía que toda la gente lo observaba con marcada curiosidad. Veía cómo algunos lo hacían con asombro, otros con una sonrisa irónica y la mayoría sacudiendo la cabeza con guiño burlón. Tanta imaginación lo estaba llevando al borde del pánico, y a pesar del frío reinante, comenzó a sentir mucho calor. Unas gotas gordas de sudor comenzaron a correr detrás de sus orejas y se filtraban por el cuello de la camisa, mientras una fuerte picazón en el cuero cabelludo se estaba poniendo insoportable. Finalmente llegó a destino y presuroso bajó del ómnibus, levantó las solapas para ocultarse de la gente y comenzó a caminar aceleradamente hacia su casa. Pensó que caminar le haría bien para relajarse.

Cuando por fin llegó a su casa e intentó abrir el portillo, “Pascual”, su perro dóbeman, le mostró los dientes y gruñó desconfiado. Joaquín retrocedió y trató de calmarlo llamándolo por su nombre, pero “Pascual” seguía desconfiando y se lanzó enardecido contra las rejas dispuesto a defender la vivienda. Joaquín, instintivamente dio un salto hacia atrás en el preciso momento que pasaba un patrullero. Ante los movimientos sospechosos del hombre y los ladridos del can, los polizontes se bajaron del auto a toda carrera y detuvieron al desconocido.

- ¡Ja! ¡Mirá quién es! –dijo uno de los policías a su compañero de ruta- ¡Nada menos que el mirón de la peluca! ¿¡No te da vergüenza andar espiando por las ventanas, viejo verde?!

Sin más lo cargaron en el patrullero y se lo llevaron a toda velocidad.

UN EXÓTICO GALÁN

Todos los domingos después de misa, los jóvenes hijos de inmigrantes irlandeses hacían breves reuniones sociales frente a la parroquia. Por esos días había llegado al pueblo Willy Kehoe, oriundo de Chascomús y mayoral de una de las diligencias que cumplía su recorrido entre Pergamino y Venado Tuerto.
El casamiento se postergó por un año, como era costumbre entonces, pero Willy no resistiría tanto tiempo sin poseer a Maggie.

Un día como tantos, trepó a la galera con cuatro pasajeros a bordo, azuzó a los caballos y partió rumbo a Pergamino. Desde ese día, Willy con Maggie nunca más regresaron a Venado Tuerto; ella lo hizo después de enviudar, allá por el año 1892 junto a sus cuatro hijos.
Willy era un muchacho de 30 y pico de años, de estampa varonil y costumbres extravagantes; muy divertido y desprejuiciado, virtudes y defectos que los más jóvenes admiraban y los veteranos envidiaban. Algunos vieron en él a un peliagudo competidor y se dedicaron a denigrarlo, diciendo que era un vividor adicto al trago y a la timba. Pero a pesar de ello, a la hora de las reuniones sociales todos querían estar a su lado y compartir sus ocurrencias. “¡Se atropellan como ganado para estar con él!” decían algunos con cierto malestar, considerándose desplazados por este raro galán que tanto atraía a las mujeres. Los más despechados comentaban que el padre lo había echado de la casa por vago, lo que no era extraño, aunque a nadie le importaba, porque Willy había salido adelante por sus propios medios, iniciándose como postillón cuando apenas tenía 12 años, sorteando los embates indígenas con astucia y bizarría en los agrestes desiertos pampeanos. ¡Cuántos envidiaban a este atrevido y desenfadado chinetero! Adicto a los burros, no había paisano a quien no le hubiera pedido dinero para apostar a las cuadreras que se corrían a orillas del pueblo. Siempre seco, pero cuando la suerte lo favorecía, saldaba sus deudas y después gran fiesta en el boliche. El viejo Kearney lo quería muchísimo: hasta perdió amigos por defenderlo. “Es el hijo que no tuve” –decía con una evidencia clara de lo mucho que hubiera deseado ser como él. Pero su cariño fue excesivo, porque cuando Willy le pidió casarse con su hija Maggie, la menor, el corazón del pobre viejo no lo soportó y se entregó a la muerte con resignación.

CENIZAS

“…la urna de cenizas
sobre la barra, es
del mismo tamaño
 de una pinta…”
“Last Orders” tráiler

Aquella tarde, como era habitual, los bochófilos se reunieron en el bar del club; esta vez sin “el Beto” Farías. A dos días de su muerte, y sin siquiera haber podido acompañarlo hasta la tumba, sus amigos intentaban elaborar el duelo y continuar la clásica jornada quemando horas de conversaciones triviales.

Hoy había habido un quiebre en esa rutina amistosa que el tiempo se encargó de afianzar, más allá de algunas discusiones originadas por la diversidad del grupo, que a su manera hoy recordaba al “Beto” con nostalgia, con una compañía de alto voltaje etílico. Entonces se aflojaron las lenguas que dieron rienda suelta a sentimientos subjetivos. “El Beto” se había ido y no pudieron despedirlo como ellos querían; cerraron el jonca y la viuda anunció su cremación.

“El Beto” ocupaba un cargo importante en los espacios políticos locales; tenía a su alcance prerrogativas que, para otros, eran inalcanzables.  Esa ventaja le permitía auxiliar a sus amigos en momentos críticos; pero claro, también había retornos de los que nadie hablaba, pero existían. “El Beto” se daba todos los gustos y su billetera hoy podía estar abultada como mañana escuálida. Así era él, le daba boleo a la guita sin importarle en qué se diluía. Se jactaba de que Matilde, su mujer, sabía guardar su lugar y jamás le cuestionaba sus largas noches de garufa y timba, porque el macho de la casa era él.

En la reunión, cargada de nostalgia, Ramón Carrillo, “el Laucha”, fue el primero en arrojar un dardo largamente guardado. Dijo que iba a extrañar las bromas que “el Beto” le hacía sobre sus hijas, que por cierto no eran muy agraciadas. “El Negro” Pardo, que cazó al vuelo el convite dijo lo suyo. Confesó sentirse aliviado de no tener que cargarlo en su auto y llevarlo a la casa cada vez que se empeludaba; se liberaría así de los reproches de la mujer del finado, y de los rezongos de la propia, cuando por las mañanas tenía que limpiar los asientos del utilitario, producto de alguna descompostura. En tanto “el Gordo” Tolosa mencionó el carácter agrio, y hasta sobrador, del “Beto”, pero “el Petiso” Roldán lo disculpó, y adujo que esa pedantería era propia de un ganador: 

“Las mujeres se ‘redetían’ por él” dijo con cierta envidia. Por su parte “el Mocho” Pintos opinó que tal vez esas ínfulas, vistas como un defecto, no eran más que para mostrarse autosuficiente. “Él era así”, justificó, y apostó a que no le quitaba mérito a su persona, recordando su origen humilde. “Eso me consta” dijo. “Conmigo tuvo un gesto noble cuando se enfermó mi hija”. Ahí algunos cruzaron miradas cómplices, porque sabían qué implicaba “ese gesto de nobleza”. 

Pero, había “algo” que muy pocos conocían y que surgió de la mujer del conserje del bar; todos sabían de su fato con “el Beto”, y despechada, espetó: “Dejen de lamentarse tanto por ese hdp, yo lo biché cuando iba al quiosco del turco Felipe”. 

El quiosco lo atendía la mujer del turco y cuando “el Beto” pispiaba que la revista “Hola” estaba exhibida invertida, exclamaba: “¡Oh! Llegó la ‘Hola’, voy a comprársela a mi mujer” Y salía carpiendo al quiosco, para regresar una hora más tarde con la revista bajo el brazo (cuando se acordaba de traerla). La revista invertida era la clave, ese día el turco estaba de guardia en la sala de primeros auxilios y no podía abandonar el lugar. Por eso la mujer del conserje odiaba a la quiosquera y aumentó su encono en la creencia de que la turca la desbancó; pero la realidad era que "el Beto" dejó de jugar con fuego cuando el conserje le mostró la Glock 9 mm que guardaba en el cajón de la barra, “por si las moscas” le dijo.

De repente, y luego del prolongado silencio que originó la filípica de la conserje, se abrió abruptamente la puerta del bar y, como un huracán, entró la viuda del “Beto” y se dirigió a la barra donde zampó ruidosamente un pequeño cilindro del tamaño de un balón, y a viva voz lanzó: “Aquí lo tienen, hagan con él lo que quieran” y dando media vuelta salió tal como había entrado.

El cilindro tenía un rótulo adherido: “Roberto ‘Beto’ Farías -QEPD- † 20/10/1012”.

 

LA MANSIÓN

 Fin de fiesta

“Cuna de tauras y cantores,
de broncas y entreveros,
 de todos mis amores....
En tus muros, con mi acero,
yo grabé nombres que quiero”


El viejo edificio se erguía cual reliquia intocable del arrabal. De paredes altas y revoques finos, era una de las tantas construcciones diseñadas por arquitectos de exquisitos gustos parisinos. Edificada con finos ladrillos amoldados por manos callosas de hombres y mujeres que, bajo el sol ardiente de la pampa, deprisa consumían la fragilidad de sus vidas.

Para disgusto de muchos que deseaban verla arrasada, la antigua mansión conservaba los rasgos señoriales de los años 30, cuando Madame Bouchard organizaba tertulias, en las que se bailaban tangos bajo la lluvia espumosa de champaña.

Y fue precisamente en una de esas festicholas donde la Baronesa perdió la vida en medio de un fárrago etílico, que desató intrigas lujuriosas y celos exagerados en una noche desenfrenada.

Aquella fatídica noche Epifanio Avellaneda, “el dandy”, perdió los estribos cuando sorprendió a su amigo en pleno fato en la bañera con la anfitriona. Más caliente que pava de lata, se volvió al salón, le arrebató la faca al pibe Salvador Carrillo y se lanzó con furia sobre la pareja. El fierro se hundió hasta el mango en el corazón de la franchuta y en instantes las pompas se tiñeron de rojo. En medio del revoltijo, como dos fantasmas púrpuras, el dandy y su compinche rajaron para perderse en la nebulosa madrugada.

Se dijo que el progenitor del “Dandy” los embarcó a Europa, con el recaudo de unas cuantas hectáreas malvendidas y un buen lote ganadero fletado al frigorífico. El reparto de divisas que hizo el hacendado debió ser muy grande para blanquear el crimen, porque a escasos días de aquel zafarrancho, el estanciero buscó la muerte con un balazo en el pecho que lo transportó a Camposanto.

El frangoyo nunca se aclaró. Entre el ave negra defensor, el Fiscal y el Juez de la causa, se encargaron de acomodar el fato. El pibe, dueño de la faca homicida, cargó con la romana a cambio de una mísera cometa que le permitió zafar de la perper. Sentenciado por forzar el delito, el pobre diablo se chupó dos años en la cafúa por un crimen que no cometió.

Cuando la milicada penetró los muros a las órdenes del sargento Diógenes Guiñazú, alias “El Tordo” -más aficionado al choreo que a investigar- fue el fin de la aristocrática mansión. Esa madrugada no quedó un solo hueco sin revisar, y en pocos días la casona quedó desmantelada. Nadie supo adónde fueron a parar los muebles de estilo, la vajilla de porcelana Meissen y cristalería Baccarat de la Baronesa.

Pero no faltó un alcachofa orejero habitué del piringundín de la Porota Pardo, que vichó las copas de cristal tallado, en remplazo de los habituales vasos bolicheros. Al decir de “la Porota” se trataba de una “gentileza de un habitué distinguido de la casa”. ¡Cómo sería de “distinguido” ese cliente, que hasta le regaló una cadena para el inodoro, igualita a la de la mansión!  Para “el Tordo” todo servía con tal de garronearle un favor a la Pardo.

Dos años más tarde, reducida la condena por buen comportamiento, “el gurí” abandonó la cañota y volvió a garufear por el ambiente, hasta que finalmente terminó en un zanjón envainado por una percanta del boliche “La soledad”.

Desde aquel lejano día todo se volvió silencio y abandono en la mansión. La maleza invadió sus jardines y la humedad ennegreció sus paredes. Los pájaros anidaron en sus tirantes y el chillar de los gorriones la envolvió con sonidos de vida silvestre.

Sus amplios cuartos, distribuidos a lo largo de una espaciosa galería -alguna vez adornada con macetas de arcilla y hojas de salón - tenían un aire aristocrático que el tiempo se encargó de borrar. Ahora, alguna que otra maceta de lata con escuálidos malvones y el aljibe con el brocal ladeado, reflejaban el desdén de usurpadores furtivos. Un nuevo estilo de vida se gestaba en “La mansión”.


EL OCASO DEL GUERRERO

- Pourquoi as-tu retardé. Daniel?

- Le vieil homme du 113 de la Grand-Rue est très grave, je ne crois pas qu’il passera la nuit…

Daniel era empleado de correos en Boulogne Sur Mer, y el 16 de agosto de 1850 había regresado a su casa más tarde que lo habitual, lo que inquietó a su esposa Juliette. La razón era que don José, el anciano del primer piso de la casa 113 de la Grand Rue, estaba exhalando sus últimos suspiros.

Don José, era un extranjero que había fascinado a Daniel desde el mismo día que le entregó la primera carta proveniente de un país exótico. En aquella ocasión lo atendió una niña de aspecto muy delicado que dijo llamarse María Mercedes y que resultó ser su nieta. Ante la curiosidad de Daniel por saber el origen de la carta, la niña ensayó alguna explicación geográfica que distrajo al abuelo, que impaciente, inquiría quién era el visitante.

- C’est le facterur, grand-père - anunció la niña
- Alors, fais-le passer! - reclamó el anciano

Cuando Daniel ingresó, se encontró con un hombre de aspecto gentil, de profusa cabellera blanca y bigote espeso, que lo invitó a tomar asiento, mientras dejaba de lado el libro y la gafas para extender su mano amistosa, disculpándose por no ponerse de pie. El anciano se mostró ansioso por conversar con quien tenía interés en escucharlo.

La plática resultó amena para el visitante, que no perdió detalle de lo que el lúcido anciano le contaba sobre su país de origen. Durante su estada, la niña se ubicó a un costado de la sala, y luego de servirle una taza de té a Daniel, le alcanzó a su abuelo reiteradas veces, un pequeño recipiente con una boquilla diminuta, de donde el anciano sorbía el contenido. Daniel pensó que tendría dificultades para ingerir líquidos, por lo que la escena le resultó normal. Lo que no le resultó normal fue la permanencia en la casa, al comprobar que el tiempo transcurrido pasó tan fugazmente escuchando a este personaje particularmente atrapante, que le propuso volver a encontrarse cuantas veces quisiera. Sin dudas, el anciano disfrutaba contado sus memorias.

Desde aquel día, finalizadas sus tareas, Daniel se iba deprisa para encontrarse con el anciano y escuchar sus relatos que lo arrastraban a un torbellino de épicas andanzas guerreras. Fue así como durante un año y medio continuaron encontrándose, en las que el guerrero memoraba sus incursiones por tierra lejanas del continente sudamericano, ante el oído atento de Daniel que luego en su casa, las transcribía ilusionado por plasmarlas en un libro de aventuras fantásticas.

Habían pasado más de seis meses desde que se conocieron y María Mercedes ya no le servía té, sino que su abuelo y el cartero mateaban juntos, mientras desgranaban historias de héroes y traidores.

A todo esto, a Daniel comenzó a asaltarlo la incertidumbre. Llegó a pensar que el viejo deliraba. ¿Cómo era posible que un ejército pudiera cruzar la cordillera de los Andes a lomo de burro? ¡Imposible! ¡Ni siquiera el Gran Emperador Napoleón había llegado a tanto! Ante este dilema, creyó enloquecer. Pero no quiso darse por vencido y los relatos continuaron alimentando su aspiración de escritor, y a medida que el personaje central iba mutándose en él, su cabeza parecía querer estallar. Entonces comenzó a sentir miedo y turbación. ¿Eran todas estas historias una realidad o la fantasía de una mente senil?

El día que llegó a la casa 113 y no había nadie, Daniel se paralizó. Los vecinos le informaron que habían trasladado al anciano a París por recomendación médica. Abatido volvió a su casa; allí su amada Juliette lo cobijaría entre sus brazos y calmaría sus angustias.

Don José volvió a Boulogne y Daniel pudo compartir con él muchas veladas más. Esta vez tomando mate solo, porque al enfermo la prescripción médica se lo impedía.

Aquel viernes 16 de agosto de 1850 fue la última vez que Daniel se encontró con su amigo. Don José estaba en lecho de enfermo atendido por su hija y nieta. Su espiración agónica anunciaba lo inevitable. Apenas abrió los ojos, el abuelo extendió su mano buscando estrechar la suya, y balbuceó:

- Aujourd’hui, je suis fatigué… Si tu viens demain, je vais te dire qui a été le recrue qui a suavé ma vie… Un grand guerrier argentin…

Daniel la tomó entre las suyas; la sintió fría y muy frágil, en contraste con aquella mano viril y aguerrida que sostuvo la espada en tatas batallas. Desconsolado se hincó ante el lecho y ocultó su rostro. No quiso que lo vieran llorar.

Era de noche cuando salió a caminar por las calles de la ciudad, llegó a orillas del mar, se despojó de sus ropas y corriendo enloquecido con los brazos abiertos, desató su llanto anudado… Su héroe, el intrépido guerrero de las mil hazañas, estaba vencido.


Este relato obtuvo el primer premio del concurso realizado por el área de literatura de la Municipalidad de Venado Tuerto con motivo del Día de la Tradición “Mateando con don José Francisco de San Martín” en noviembre de 2012.-

EL HUECO QUE DEJÓ UN SUEÑO

Los primos Patricio y Santiago habían nacido a escasos días de diferencia. Sus papás, los hermanos Dowling, sostenían que sus hijos eran la continuación de una dinastía de más de dos siglos, según sus cálculos.

Los chicos – compinches como lo fueron sus padres – sentían una atracción muy especial por Manuela, la dama de compañía de la abuela Brígida, porque les contaba cuentos fantásticos que ellos escuchaban con interés.

Un día Manuela les contó que cada vez que alguien se muere, una estrella se apaga y que cuando nace un niño, se enciende otra. Los niños se tomaron tan en serio aquella historia, que, durante muchas noches despejadas, se pasaban largas horas sumando y restando estrellas sin hallar en el universo respuesta a sus fantasías.

El asunto se complicó la noche que velaban a “Granny”, y salieron al parque que rodeaba la casona de la estancia “San Patricio”, para ver cuál era la estrella que se había apagado; pero “¡Oh sorpresa!”, el cielo estaba totalmente cubierto.  Desilusionados ingresaron nuevamente a la casa y se ubicaron frente al “fire place” que irradiaba un calor acogedor. Desde allí observaban los rituales que los mayores practican cuando velan a los muertos.

Desde la habitación de “Granny” provenía permanentemente el ronroneo del rezo del rosario y otras advocaciones interminables, donde los chicos no podían entrar por la prohibición impuesta por tía Kate. En tanto, desde la cocina, se oía el murmullo de los hombres que, consumiendo té, café y abundante whisky, acompañaban a los deudos fumando habanos que repartía Agnes, la nieta mayor de los Dowling, hija de tía Kate. En el cuchicheo, de vez en cuando se oía alguna risa reprimida seguida de una tos descontrolada, producto de algún chiste o anécdota graciosa, tal vez subido de tono y que en estas circunstancias tenían abundante abono entre los hombres. Cuando se abría la puerta de la cocina se expandía una oleada de humo de exquisito aroma habanero.

Para los chicos el tema de las estrellas era inquietante por lo que necesitaban hablar y sacar conclusiones.

¿Cómo será morirse? preguntó Patricio en voz baja a su primo.

-  Como apagar una vela – respondió Santiago con ínfulas cancheras de saber un poco más que Patricio

¿Así nomás, como apagar una vela?

Así nomás... ¿No te acordás lo que nos contó Manuela?

- Sí, me acuerdo, pero mi mamá me dice siempre que no le crea mucho lo que dice Manuela...

¿Por?...

Porque mi mamá dice que ‘la pobre vieja no sabe leer ni escribir, entonces inventa historias...´ respondió Patricio usando las mismas palabras de su mamá.

¡¿Qué inventa historias?! – preguntó el sorprendido Santiago - ¿Eso quiere decir que lo de las estrellas es un invento? – se preguntaba a sí mismo con dejo desencanto.

Puede ser, no sé... ¿Vos qué pensás? – indagó Patricio

No sé... Pero lo que sí sé, es que alguien puso esas nubes para que no pudiésemos ver las estrellas...

- ¿Quién...?

Supongo que Dios... ¿Sino quién?... Solamente Dios puede hacer esas cosas...

Aunque también San Pedro hace su parte... ¿Te acordás cuando “Granny” rezaba en la cama “San Pedro que llueva... San Pedro que pare de llover...San Pedro que salga el sol…” y tantas peticiones más?

Pero San Pedro no se mete con las estrellas... – razonó Santiago bajoneado.

Pero sí con las nubes... – replicó Patricio

En lo mejor del parloteo -que había aumentado de tono – se oyó un fuerte y sonoro “¡Shhhhhhht!” Era tía Kate que, asomada desde la sala mortuoria, los conminaba a cerrar la boca. Obedientes, agacharon la vista y guardaron silencio. Ya de madrugada, vencidos por el sueño, se quedaron profundamente dormidos. Algún día alguien se encargaría de contarles la historia de las estrellas y llenarían el hueco que esa noche les dejó aquel sueño infantil.

La mañana amaneció lluviosa y fría; un manto de neblina cubría todo el parque escarchado que lucía yermo, silencioso y triste. En la galería, los hombres conversaban sigilosos, repitiendo -tal vez una y mil veces- el mismo repertorio de la noche anterior en un intento por amortiguar el frío impiadoso de una brisa que castigaba sus rostros y calaba los huesos fatigados por una noche en vela. En el interior, el cura -que había pasado la noche en la casa- cotorreaba el Kirieleisón, Christeleison, Kirieleisón, Christe áudinos, Christe exaudinos… acompañado por los presentes que respondían a cada invocación del ritual. A las 9 en punto llegó el coche fúnebre tirado por seis percherones negros que lucían penachos al tono y despedían un vaho corporal condensado por el aire frio; detrás los dos cupés. Los conductores en los pescantes lucían sus rigurosas levitas, sombreros de copa y guantes blancos.  El acompañante del conductor del fúnebre se apeó para ultimar los detalles del acompañamiento final con el ataúd a pulso. En cuanto el cura terminó con las oraciones, los dolientes besaron la frente de la difunta y luego taparon el féretro en medio de sollozos. Manuela lanzaba gemidos prolongados, haciendo honor al antiguo legado criollo de las plañideras. Los hombres tomaron las empuñaduras del féretro y lentamente comenzaron la marcha hacia el carruaje que esperaba frente al portal de la casona; los caballos comenzaron a andar a pasos acompasados, hasta recorrer unos 100 metros donde los hombres acomodaron el ataúd en la carroza poniendo fin al acompañamiento mientras cada uno regresaba a sus vehículos para continuar la marcha hasta la iglesia del pueblo. Los hermanos Dowling con sus respectivas esposas e hijos subieron al primer cupé, mientras la tía Kate con su marido, su hija Agnes y Manuela lo hicieron en el segundo. El adjunto del coche fúnebre observaba el desplazamiento de la gente y una vez comprobado que cada cual había ascendido a sus vehículos, trepó y se ubicó en el pescante junto al conductor; entonces se inició la marcha hacia la iglesia del pueblo. 


LA CONCIENCIA

 Despuntaba el día cuando recobré el conocimiento. Alertado por el chillar de un centenar de gaviotas que se disputaban el alimento, me encontré en una playa con horizontes teñidos de rojo y el sol que se asomaba majestuoso, como un enorme globo de fuego.

Traté de ponerme de pie, pero las piernas no me respondieron. Lentamente me fui deslizando hasta una gruta formada por dos rocas inmensas. Recostado a la sombra, comencé a sentir el dolor de mis labios llagados y la aspereza de mi garganta reseca. El sol, con sus rayos en plomada sobre la ardiente arena, reflejaba a la distancia una figura nebulosa, cuya nitidez comenzó a perfilarse a medida que se aproximaba. Se trataba de una persona joven y esbelta, cuyo rostro –todavía impreciso- me resultaba conocido.

Sin mediar palabras, apoyó su mano sobre mi frente y sentí que todo mi cuerpo se estremecía. Luego sobrevino una agradable sensación de alivio y frescura.

- No tengás miedo - me dijo - Pronto estarás en tu casa y podrás ver a tu esposa, a tus hijos y a cuantos te quieren... Ahora debés tranquilizarte porque lo peor ya pasó...

- ¿Y vos quién sos?... - pregunté - ¿Qué es lo que me ha pasado?

-  No te agites... - me respondió con delicadeza - Tenés que reponerte de tus lesiones...

- ¿Mis lesiones?... ¡Pero si estoy sano!... – contesté intentando ponerme de pie sin éxito.

- ¿Ves? No estás en condiciones de arreglártelas solo... Tu embarcación naufragó y vos sos el único que se salvó...

El joven estaba sentado a mi lado compartiendo la sombra de la gruta. Cuanto intentó retirarse lo tomé de un brazo:

- ¡Por favor! – le imploré - ¡No te vayas todavía!... Quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí, pero quiero saber de dónde nos conocemos... Porque yo creo conocerte... ¿O es solamente mi imaginación?...

- Todos los que estamos aquí nos conocemos... – dijo el joven señalando a todos los que ocupaban la inmensa playa - ¿Ves a esa pareja que va hacia el mar?...

- Sí...

- Ellos murieron hace algunos años en tu país... El hombre que está sentado bajo una sombrilla amarilla y roja... ¿Lo ves?

- Sí...

- Ese hombre también es argentino... Se suicidó a causa de una deuda que no pudo pagar...

- ¡Basta por favor! – lo interrumpí - ¡No sigas por favor!... ¡Acabás de aliviar todos mis dolores!  ¿Ahora querés reavivar otros que ya olvidé?

- ¿De verdad los has olvidado? – me preguntó – ¿Acaso crees que realmente que las cosas se olvidan con el paso del tiempo?

El joven hablaba con tanta autoridad que no pude responder. Se puso de pie y se alejó lentamente mientras su elegante figura se perdía en la incandescencia del aire.
Inmediatamente recordé que el joven era el hijo de la pareja que se encaminaba a la playa y que los tres habían muerto en un accidente de ruta, mientras que el suicida era mi deudor. Por cobardía no auxilié a los accidentados y por avaricia no perdoné al entrampado.

Encerrado en mi propia soledad, cerré los ojos mientras oía a la distancia el romper furioso de las olas... Luego el ambiente se tornó apacible, pero yo seguía sin encontrar el sosiego tan deseado. Entonces comprendí que no hay mochila más pesada que una conciencia turbada.

Al atardecer llegó la patrulla de rescate.

El déjà vu de Pablo

(Relato escrito en octubre de 2000 y publicado en el sitio Puerto Libre de Ficticia)

Fue un 2 de junio, durante una recepción que ofreció el Consulado Italiano, cuando sorpresivamente fui partícipe de una escena que, curiosamente, había vivido con anterioridad. Hay quienes dicen que estas imágenes repetidas se deben a fatiga mental y que duran pocos segundos. Sin embargo, en esta circunstancia, el tiempo parecía prolongarse hacia el infinito.

Desde un extremo al otro del salón, me vi conversando animadamente con una dama entrada en años. La mujer, de modales refinados y aspecto aristocrático, no cesaba de hacerme preguntas sobre familiares y amigos y cuanta actividad política y empresarial se desarrollaba en la ciudad. Para mi asombro, las respuestas que le daba fluían con una espontaneidad tan precisa, que comencé a preocuparme por el desenlace de aquella entrevista. Y esta preocupación era fundada, porque hablábamos de hechos pasados que, en rigor a la verdad, jamás podría responder con exactitud. Mientras miraba la escena, espontáneamente me encontré con mi propia vista y, sin que la mujer lo advirtiera, levanté mi copa y brindé con mi doble que me respondió con gesto cómplice. Súbitamente, y a causa de un inesperado movimiento brusco que derramó mi copa de champaña, oí el bullicio del ambiente. Fue como si me hubieran despertado de un sueño. Una mujer joven muy atractiva que observó mis movimientos se acercó y, entre bromas y trivialidades, colaboró con mi intento por “emprolijarme”. Cuando levanté la vista, el ambiente estaba totalmente cambiado. Entonces tuve la rara sensación de que me faltaba algo, como si el golpe me hubiera quitado una parte de mí. Aturdido por lo que me pasaba, comencé a deambular entre la gente y durante toda la noche busqué obsesivamente a la dama antigua y a mi semejante, pero no los pude encontrar. Abrumado por lo que acababa de sucederme, opté por retirarme de la fiesta.

Mucho tiempo después, hojeando un viejo álbum familiar de mi madre, volví a toparme con los personajes de aquella fiesta imaginada en mi mente cavilosa. Entonces recordé que, en mi adolescencia, la mujer entrada en años visitaba nuestra casa y que, en complicidad con mi hermano y compinche Pablo, la habíamos apodado “la preguntona”, por la insaciable manía que tenía de preguntarnos continuamente todo lo que se le ocurriera, y nosotros siempre respondíamos con un “no sé”, lo que la volvía loca. Pero la venganza no tardaría en llegar, porque, con ironía y malicia, la coqueta anciana se apresuraría a cargar las tintas a nuestra madre para decirle lo “desfachatado que eran sus hijos”, entonces nuestra pobre mamá, avergonzada de tener hijos maleducados, nos dirigía una mirada fija y sin contemplaciones, para mandarnos a dormir antes de hora. En la retirada nos encontraríamos con nuestro padre que, encogiendo los hombros y con sonrisa cómplice, como diciendo: “Qué le vamos a hacer muchachos, son las reglas del juego”. Y nosotros nos retiraríamos a dormir tranquilos porque sentíamos su protección para encarar la batalla del día siguiente cuando vendrían las amenazas de suspender “la matiné” o el picado del domingo en el campito.

Por un instante, aquellos recuerdos me alegraron el corazón, mientras miraba la foto de aquella fiesta. Pero además de la nostalgia que me producía mirarla, había una diferencia entre lo que imaginé y la fotografía, porque el que estaba hablando con la mujer no era yo, sino mi hermano. Entonces, di vuelta la postal y con sorpresa leí la fecha: 2 de junio de 1960, el día que un demencial conductor atropelló a Pablo y le quitó la vida a los quince años.

LA NAVIDAD DE LOS NIÑOS

Sentado a la sombre del frondoso ombú de la plaza, parloteaba sobre intrépidas lides guerreras que conjugaba con fragmentos de Shakespeare, Scott, Yeats…, poetas de su lengua vernácula.

Su mente perturbada por un tormentoso sueño guerrero se descontrolaba cuando el absurdo se filtraba por su dañado tejido cerebral. Le decían “el inglés loco”.

Desde que llegó al pueblo, el viejo Tom pasó a ser parte de una comunidad que no dudaba en ayudarlo a subsistir. Aquella noche buena fue Martín, el hijo del panadero, el que se aproximó al escondrijo del inglés, cuya silueta iluminada por la lumbre del brasero, parecía sumida en la más profunda de las meditaciones.

La visita del chico alegró al solitario personaje, que dio signos de recuperarse de su desolado aislamiento. Su acostumbrada parquedad no impidió que le relatara al muchacho la historia de una noche buena que marcó su confusa existencia.

“Fue en 1944, cuando en plena guerra me encontraba en Dinant, a orillas del Mosa en la lejana Europa. Aquel día fuimos sorprendidos por las tropas alemanas y debimos dispersarnos ante una emboscada sembrada de sangre y muerte. Desesperadamente me refugié en una granja abandonada. Cuando me repuse de tanto horror y barbarie, era de noche. Súbitamente oí cánticos navideños entonados por un grupo de niños que chapaleaban en la nieve camino a la iglesia del pueblo. De pronto una antorcha se apartó del sendero y enfiló hacia mí. Cuando la luz iluminó la puerta de mi escondite, escuché con atención un saludo navideño en la vos suave y gentil de una niña: ‘Joyeux Noël, Monsieur’ dijo, y dando media vuelta regresó a la marcha festiva. Al día siguiente, hambriento y con mucho frío, salí de mi refugio. Un silencio apacible pero incierto reinaba en la campiña, y un manto blanco inmaculado cubría la pradera… En el umbral había un trozo de pan y una botella de aguardiente. Gracias a la niña sobreviví de aquel infierno”.

Por un instante callaron las voces.  Sólo se oía el chisporroteo del fuego y el chillar de los insectos de la noche…. Tomando aliento, el anciano continuó con voz entrecortada: “Martín, ahora sos vos quien viene a llenar mi soledad y a ordenar mis sentidos… Una vez leía que, si los viejos no nos hacemos como niños, seremos siempre almas errantes... Los niños, Martín, son como la Navidad: el nacimiento y la alegría de la vida…”

Publicado en 1996 por Editorial Del Aromo, en una selección de cuentos cortos: “Erase una vez una noche buena”. Este relato está inspirado en un personaje que vivió en la localidad de La Chispa.

El velorio

Ahí estaba el Juancito; con su prominente napia asomando el jonca cual si disfrutara de una placentera siesta veraniega.

Desde mi asiento lateral de la sala, observé el desfile de dolientes esnobs de la tilingada pueblerina, a la que, supuestamente, adhería el finado.
Un cura, que se instaló a la cabecera del féretro, no dejaba de cotorrear mientras acomodaba y desacomodaba el jopo gardeliano del muerto hasta dejarlo encrespado como pelo de oveja. Anclado en el chismerío parroquial (de la que nadie se salvó) el cura perdió la iniciativa del rezo del rosario, madrugado por una catequista que comenzó a desgranar las avemarías y salves a viva voz. Terminada la larga y melosa riestra, un imprevisto diácono salió del montón y, biblia en mano, tomó la posta para entregarse a la lectura de la Liturgia de las ‘Horas para difuntos’: “Hermanos, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…” y continuó con el recitado que nadie entendía, salvo una mujer que se levantó como un resorte y le apuntó al lector que incluyera una oración por “las intenciones del Santo Padre”, lo que provocó miradas cruzadas entre los orantes. ¿Qué intenciones podría tener el Papa en un velorio, donde el principal protagonista es el muerto?
Terminadas las letanías, el escenario quedó acéfalo por un breve instante, hasta que entró en escena una adolescente que comenzó a gemir por la muerte “del tío” que, según decía, era el único que se interesó por sus problemas.  Aquí todos se mostraron distraídos; nadie intentó calmar la histeria juvenil, más bien se abrieron, como cuando se escapa un flato y todos se alejan con el naso fruncido. Era la hija de la empleada doméstica del muerto, a quien, según el chismerío del ambiente, le faltaba una vuelta de tuerca. Acá aprovecharon la ocasión para dispersarse los que rodeaban el féretro y el cura muy amablemente saludó a los presentes con una inclinación de cabeza y partió raudamente a cumplir sus obligaciones sagradas.
En ese momento el finado parecía sonreír. Intuí como que estaba escuchando sonidos familiares que lo hacían sentirse en casa. Pero no fue por mucho tiempo, porque al toque irrumpió un gringo grandote de botas camperas con bastante olor a bosta, sosteniendo contra su pecho un sombrero de alas anchas. El gaucho, de cara mofletuda y colorada como culo de mono, estaba agitado; a simple vista se percibía que el hombre estaba cargado. Se arrimó al féretro para hablarle al muerto con aire de milonga, comiéndose las ese. “¡Jacinto querido!” -gimió. “Vengo de la feria. Ayá me enteré de que te había muerto y me vine rajando pa’acompañarte. Pero che, ¿Cómo carajo se te dio por morirte hoy, hermano? Justo hoy que es el cumple del Toto Peralta; ¡t’estábamo esperando pa’festejar! Con el Laucha Tribilín, Farruca, el Loro Miretto, Lito Corzo, Merluza y hasta Pichón Guerrero, que casi se no muere el año pasao… ¿Te acordá? Todo vamo a ir al cementerio a despedirte; lo muchacho no estaban como pa’venirte a saludar ahora, vos sabé cómo es el laburo en la feria; todo brindamo por vo…” y así siguió un rato más el paisano que, compungido, no hablaba boludeces, lo hacía desde el corazón. Estaba sinceramente dolido; despedía a su amigo con gran pesar. Permaneció en silencio un buen rato mientras derramaba lágrimas que corrían por sus mejillas rosadas. Aliviado, se dio vuelta y, apantallándose con el sombrero aludo, vino y se sentó a mi lado, enjugó sus lágrimas y sonó su narizota chata embutida entre sus pómulos prominentes.

Después del sofocón, comenzamos nuestro diálogo que sonaba en toda la sala. Me preguntó si era pariente del extinto a lo que le contesté que éramos vecinos; habíamos crecido en el mismo barrio y estudiado juntos en el colegio de los curas. El destino nos marcó caminos distintos y cada cual emprendió el suyo por lo que dejamos de frecuentarnos, aunque esa distancia no impedía que de tanto en tanto nos encontráramos para recordar de nuestros años mozos. El hombre, que seguía con atención mi relato, asentía a cada uno de mis dichos haciendo sonar su nariz con un rotundo sniff. Luego abordó sus propias vivencias y los pormenores de su amistad con el fiambre, y aunque ya lo había hecho público momentos antes, pacientemente lo escuché, sin dejar de reconocer que, íntimamente, me desvivía por saber cuál era la razón del supuesto suicidio de nuestro común amigo. Además, debo ser sincero, el gringo me resultó simpático y me encantó conversar con él, porque pude así, sobrellevar con alivio esos momentos pesados que son los compromisos fúnebres. Sus modales campechanos y su sinceridad marcaban su nobleza.
La relación que tenía con el muerto no era novedad, porque Juan, a quien todos llamaban “Juancito” y no “Jacinto” como decía el gringo, era el contador de una de las consignatarias de hacienda más importantes de la ciudad, y un personaje popularmente querido por los habitués a cuanta peña o club concurriera. Amigo de todo el mundo y, como dijo el gaucho, se juntaba codo a codo con la peonada para comer brutos asados que se hacían cuando había grandes remates ferias. Para los arrieros, los peones, los estancieros, los chacareros, los directivos de frigoríficos y todo aquél que estuviese ligado a la ganadería, “Juancito” era el organizador, lo que llaman el “hombre orquesta” de estos eventos. Él estaba al tanto de todo y tenía la solución para todos, por eso era apreciado y querido por el mundillo del mercado ganadero.
De pronto y, como por arte de magia, entró a la sala un personaje menesteroso que, cuando hablaba, pronunciaba la “s” como “j”. El hombre se ubicó frente al muerto y lloriqueaba con voz gangosa. Luego, cuando se dio vuelta, comprobé que era leporino. Humildemente se dirigió a los presentes, dando fe de la calidad humana del finado, a quien dijo conocer desde su infancia a través de su padre, el tropero Bernabé Loyola que vivía en el barrio “Santa Rosa”, pegadito al boliche “El Buen Trato”. Entonces hizo una larga historia de su vida, enumerando las cualidades del finado y sus reconocidas cualidades humanas y de lo mucho que había ayudado a su padre y a sus hermanos que, según dijo, eran once y él era el del medio, el número seis y que, tras la muerte de su padre, debió hacerse cargo de los cinco menores, y dado las estrecheces económicas que estaba sufriendo, pedía una ayuda monetaria para llevarle un poco de comida a sus hermanos. Toda una cháchara estudiada para hacerse de algún mango sin gran esfuerzo.  Mientras seguía verseando, el gordo, que no salía de su asombro, lo miraba de reojo, trataba de no encontrarse con la mirada del sujeto que lo había tomado de punto; el manguero había vichado que el gordo estaba muy afectado por la muerte de su amigo, y el tipo seguía con la matraca presionando para que aflojara la billetera. Yo me mantuve con la mirada fija en mis zapatos, mientras le susurraba entre lenguas al gordo que no le diera pelota, que se mantuviera firme. Al ver que el ambiente se estaba volviendo jocoso por la insólita secuencia, dos empleados de la funeraria se acercaron al personaje para calmarlo y pedirle con buenos modales que se retirara al vestíbulo; y así lo hizo, sin resistencia. A la distancia, pude ver que hablaba sigilosamente con cada uno de los allí reunidos y que algunos sacudían la cabeza y otros pelaban la billetera y garpaban algún billete o algunas monedas con tal de sacárselo de encima. Cuando finalizó su colecta, enfiló hacia otro sector del complejo funerario.
Luego, uno de los dependientes de la funeraria se acercó para disculparse por el mal momento pasado y nos comentó que se trataba de “el turco Fayés”, un personaje de origen árabe que vestía harapos y se dedicaba a mendigar en los velorios. Se hacía pasar por amigo del muerto, ardid utilizado para manguear a los que estaban en vela. Según comentarios, el turco supo tener mucha guita acumulada en su juventud como tratante de blancas y nunca se había hecho cargo de sus hermanos menores como pregonaba, sino que había sido rechazado por su familia debido a su actividad delictiva 
Después de este episodio continuó la charla con el gordo e, intrigado por el luctuoso hecho, traté de indagar el porqué del suicidio de Juancito. Entonces le pregunté al gordo si sabía el motivo de tamaña determinación. El gordo, precavido, bajó el volumen y me susurró al oído: “Se comía la mujer del gerente” me dijo, y continuó: “Todo sabíamo que el “Jacinto”-seguía nombrándolo erróneamente- andaba en esa trenza, pero nunca dijimo nada. ¿Qué vamo a decir? Al contrario, nos cagábamo de risa porque el gerente es un cabrón y nos alegrábamo porque el ‘Jacinto’ lo cornetaba”.
Yo me quedé helado, nunca pensé que el finado fuera capaz de andar en esos enredos. Sin embargo, según el gordo, saltaba el tapial cuando el gerente viajaba a Liniers. Por eso, lo único a que atiné fue mostrar mi sorpresa frunciendo mis labios, por lo que el gordo, tratando de afirmar sus dichos, me dijo: “E’ así, aunque usté no lo crea” Entonces le respondí que no era que yo no le creía, sino que nunca hubiera sospechado que Juancito fuera capaz de tanta osadía.  Hombre piadoso, de cumplimientos religiosos, no había domingo que no fuera a misa.
De pronto, como un huracán, se abrió la puerta principal del complejo funerario y entró desfilando un grupo de seis personas con guardapolvos blancos, guantes y barbijos y se dirigieron directamente al jonca, lo taparon y se lo llevaron sin gestos ni palabras, mudos. Al toque nuevamente el dependiente de la funeraria se hizo presente y nos manifestó a los allí reunidos que la sala se iba a cerrar hasta tanto concluyera la autopsia del finado.
Me despedí del gordo y cada cual abandonó el recinto hasta nuevo aviso. 

EL TROMPETISTA

Beatriz Carreño era la podóloga de Fernando desde que eran vecinos del barrio, hasta que ella se mudó tras su divorcio. El día que Fernando fue a hacerse atender, la conversación giró -como siempre-alrededor de los hechos y las personas que ambos conocían en común desde los años 60, cuando creían que los abriles eran eternos. Los temas incluían casamientos, nacimientos, separaciones, enfermedades y por supuesto, fallecimientos. En ese momento Beatriz recordó a Rodolfo Pardal, más popularmente conocido como “el Rolo”, un muchacho con un antojadizo delirio por la música de trompeta, a tal punto que, donde quiera que fuese, llevaba consigo el instrumento a cuestas. 


“El Rolo” ayudaba a su padre, don Vicente Pardal, un electricista de reconocida trayectoria y fiabilidad comunitaria. Pero don Vicente padecía con su hijo porque, según decía, no había manera de hacerlo trabajar; mientras él perforaba paredes, instalaba caños y pasaba cables, "el Rolo” se sentaba donde fuere, y comenzaba a soplar la trompeta. Un día, mientras trabajaban en el departamento “B” de un edificio, la anciana del “C” comenzó a golpear desaforadamente la puerta del “B” implorando por favor que dejaran de sonar la corneta porque el perro ladraba y la estaba volviendo loca. El pobre don Vicente ya no sabía qué hacer con "el Rolo”, porque si lo apuraba un poco se iba con la trompeta y lo dejaba solo sin que alguien le alcanzara las herramientas. Además, según don Vicente, “el Rolo” no sabía hacer otra cosa que no fuera soplar la trompeta.


Compungido por la noticia, Fernando regresó al barrio y se fue hasta la casa de “el Rolo”; lo atendió el hijo, y Fernando sutilmente le preguntó:

“¿Cómo está 'el Rolo'?”

“Bien” respondió el pibe, “escúchelo don Fer” dijo haciendo una mueca hacia atrás, desde donde venía el trinar de la trompeta, “Mientras el viejo sople la trompeta, acá no se muere nadie” bromeó.

Fernando se alegró de oír el estridente instrumento diabólico al que más de una vez deseó aplastar a garrotazos. “Sin dudas”, pensó Fernando, “Beatriz agarró el gato por la cola y se confundió de finado”.

“Decíle a tu papá que Beatriz quiere saber cómo está porque hace mucho que no se hace arreglar los pies”, mintió piadosamente.

“Ok, don Fer, ahora le digo que le pida un turno” respondió el muchacho y se despidieron.

Al día siguiente “el Rolo” le comentaba a Fernando: “Cuando la llamé por teléfono para pedirle un turno, no me respondió, solamente oí un ruido, como que algo se había caído. Seguro que ahí le dio el infarto”.
Fernando guardó silencio y continuó hablando de bueyes perdidos.

“CUANDO NIÑO, TOMÉ MATE CON EL VIEJO VIZCACHA”

-Yo conocí al Viejo Vizcacha… -le dije al profesor cuando recitaba los versos del Martín Fierro.


- ¿En verdad usted lo ha conocido jovencito? – me preguntó irónicamente ante la risa desatada del resto de la clase.

- ¡Sí señor! – respondí con seguridad.

-Pues entonces, niño, cuéntanos cómo fue ese encuentro…-exigió el españolizado profe.

Entonces comencé a contar mi pequeña historia: “Todos los veranos, con mi primo Francisco, pasamos las vacaciones en el campo de nuestros tíos Eduardo e Inés. Como ellos no tienen familia, nosotros pasamos a ser sus hijos adoptivos por quince días. Nuestra principal diversión es cabalgar unos matungos viejos muy mansos, pero no menos mañeros, que están gordos y lentos de haraganería. Los tíos solo se ocupan de darnos de comer y vigilar que nos lavemos antes irnos a la cama, una recomendación de nuestras madres que la tía Inés cumple religiosamente. Del resto se encarga Don Vicente Luna, el peón entrado en años que vive en una casita ubicada detrás del galpón donde se guardan las herramientas, la chatita Ford A y algunas bolsas de cereales. Vicente es el que nos lleva a todas partes, desde arriar las vacas, atender la majada de ovejas y revisar los hilos de los alambrados, hasta levantar los huevos del gallinero. De vez en cuando, con gran habilidad, Vicente caza con sus boleadoras algunas perdices que después cocina a la parrilla; entonces cenamos con él. Cuando esto sucede nos dice: ‘No hagan renegar a doña Inés. Coman conmigo así ella no tiene que cocinar’. Y la verdad es que a nosotros nos gusta más comer con Vicente, porque nos cuenta laaaargas historias de gauchos matreros que andan vagabundeando por la zona. Dos veces a la semana vamos al pueblo a buscar las cartas y los diarios que recibe el tío; a veces la tía nos encarga que compremos el pan. Lo que sí hacemos siempre, es llevarle algún pollo o pavo desplumado con algunos duraznos y peras al cura del pueblo, además de la infaltable bolsa de higos, que según la tía Inés, son la debilidad del padre Pedro.

Y fue a nuestro regreso de una de esas cabalgadas, que nos sorprendió una tormenta de viento y tierra. Para evitar la mojadura, Vicente ordenó que apuráramos el trote para llegar lo antes posible a la tapera que está a medio camino. Cuando estábamos a unos 50 metros se largó el aguacero y llegamos al refugio todos empapados. Grande fue nuestra sorpresa al encontrarnos con tres caballos atados a un árbol y observar que salía humo del interior de la casucha. Vicente se apeó y nos hizo señas de silencio, y que esperáramos en la galería. Al rato salió y nos ordenó que entráramos. Allí había tres
gauchos mateando, uno de ellos era un viejo barbudo y sucio. ‘Estos son los gurises del patrón’ dijo Vicente a modo de presentación. Los jóvenes gauchos levantaron la vista y nos dieron la bienvenida; el viejo, mate en mano, nos miró con cara de malo y soltó: “Donde los vientos me llevan, allí estoy como en mi centro. Cuando una tristeza encuentro, tomo un trago pa’alegrame. A mí me gusta mojarme por ajuera y por adentro”, y lanzó una carcajada endiablada. “Tome un amargo compadre” - le dijo a Vicente extendiéndole el mate. “Al menos mójese las tripas pa’seguir andando”. Vicente tomó el mate y agradeció la gentileza del viejo; luego, nos miró a nosotros, y para tranquilizarnos agregó: “Este es el gaucho Vizcacha, del que tantas historias les conté, y los mozos son los hijos de Martín Fierro, el gaucho errante de nuestras pampas”. Entonces el viejo volvió a tomar la palabra y confirmó lo de Vicente: “Ansí es, me llaman ‘el viejo vizcacha’, por avaro y mandón, pero recuerden siempre que el que gana su comida, bueno es que en silencio coma, ansina ustedes ni por broma, quieran llamar la atención, nunca escapa el cimarrón, si dispara por la loma”.

Cuando paró la lluvia montamos nuestros matungos y partimos en silencio rumbo a casa. Sólo hablaba Don Vicente, que nos contaba sobre las penurias de los chicos Fierro y el aguante que tenían para con el Viejo Vizcacha. Andaban por la zona haciendo un gran arreo de ganado cuando fueron sorprendidos por la tormenta que los obligó a refugiarse en la tapera. Así conocí al Viejo Vizcacha.

Cuando terminé mi relato se oía hasta el zumbido de las moscas. Todos, incluso el profe, estaban en silencio y con la boca abierta. Es que mi historia era real; yo había mateado con el Viejo Vizcacha y los hermanos Fierro, y eso fue a mediados del siglo XX, en medio de estas extensas tierras planas de horizontes infinitos.

NOTA: Mi homenaje a don Vicente Luna a quien recuerdo con especial cariño. Gaucho noble y paciente, gran domador y jinete habilidoso. Sus restos reposan en el Cementerio de San Eduardo, en la Provincia de Santa Fe. 

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