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martes, 11 de agosto de 2026

EL REPOSO DE UN DON JUAN

Domingo a la mañana sonó el timbre de calle, mientras Juan, acostumbrado a madrugar, disfrutaba escuchando la radio mientras degustaba unos mates amargos. Sin apurar el paso fue hasta la entrada y precavido, observó por la mirilla para ver de quién se trataba. Como era una mujer joven y apuesta, Juan abrió la puerta sin titubear y se encontró con una bella señorita que vestía una rigurosa minifalda roja con zapatos al tono y una larga cabellera rubia que apenas le cubría los hombros desnudos. Juan, prudentemente y para no alterar el sueño de Manuela, cerró la puerta suavemente tras sus espaldas.

- ¡Buen día señor! –saludó la muchacha con graciosa soltura
-Buen día niña... –respondió Juan muy meloso.
-No tan niña…-corrigió ella con picardía
- ¡Bué! es una manera de decir –respondió él muy cortés
-Es usted muy amable, señor… -agregó ella con sonrisa cómplice.
-Ante tanta belleza ¿quién no? –retrucó Juan, acostumbrado a galantear.

La florida conversación duró el tiempo que la joven creyó necesario. Juan estaba extremadamente excitado y ya no escuchaba nada a su alrededor, solamente se deleitaba con la frescura de aquella jovencita cautivante.

- ¿No se compraría un lugar de reposo para usted y su esposa? –le ofreció ella abriendo un catálogo de coloridas fotografías.
- ¿De qué se trata? –preguntó Juan con la vista perdida en el pronunciado escote en “v” que la promotora parecía henchir.
-Son reposeras… -intentó explicar, pero Juan la interrumpió:
- ¿No sería mejor que me regalara a mí un momento de reposo?
- ¡Por qué no señor! –exclamó ella muy resuelta, mientras le extendía una tarjeta- Aquí tiene mi teléfono, llámeme cuando quiera y también usted tendrá un lugar para el descanso…

Rebosante, Juan tomó el cartoncito y no dejó de mirarla mientas se alejaba graciosamente. De pronto se abrió la puerta, era Manuela, cuyo instinto femenino olfateó gato encerrado.

- ¿¡Qué vende esa mujer?! –preguntó con tono sospechoso.
-Reposaras… -respondió Juan distraído, mientras le extendía la tarjeta a Manuela y continuaba con la mirada extraviada observando a la joven alejarse en busca del próximo cliente- Reposeras, vende reposeras…-repitió.
-Pero acá no dice reposeras… -bramó Manuela- ¡Dios mío, a quién se le ocurre venir a vender terrenos en un domingo!
- ¿Terrenos? –preguntó Juan aturdido
-Sí Juan, terrenos… -insistió Manuela aireando la tarjeta ante los ojos de Juan- ¡Pero en el cementerio!
- ¿En el cementerio? -repitió Juan desconcertado.
- ¡Sí señor!!!! Acá está bien clarito: Graciela Fernández, promotora de ventas “Cementerio Parque Otoñal” …

El pícaro don Juan no resistió y dando un profundo suspiro se desplomó.