miércoles, 27 de mayo de 2026

“CUANDO NIÑO, TOMÉ MATE CON EL VIEJO VIZCACHA”

-Yo conocí al Viejo Vizcacha… -le dije al profesor cuando recitaba los versos del Martín Fierro.


- ¿En verdad usted lo ha conocido jovencito? – me preguntó irónicamente ante la risa desatada del resto de la clase.

- ¡Sí señor! – respondí con seguridad.

-Pues entonces, niño, cuéntanos cómo fue ese encuentro…-exigió el españolizado profe.

Entonces comencé a contar mi pequeña historia: “Todos los veranos, con mi primo Francisco, pasamos las vacaciones en el campo de nuestros tíos Eduardo e Inés. Como ellos no tienen familia, nosotros pasamos a ser sus hijos adoptivos por quince días. Nuestra principal diversión es cabalgar unos matungos viejos muy mansos, pero no menos mañeros, que están gordos y lentos de haraganería. Los tíos solo se ocupan de darnos de comer y vigilar que nos lavemos antes irnos a la cama, una recomendación de nuestras madres que la tía Inés cumple religiosamente. Del resto se encarga Don Vicente Luna, el peón entrado en años que vive en una casita ubicada detrás del galpón donde se guardan las herramientas, la chatita Ford A y algunas bolsas de cereales. Vicente es el que nos lleva a todas partes, desde arriar las vacas, atender la majada de ovejas y revisar los hilos de los alambrados, hasta levantar los huevos del gallinero. De vez en cuando, con gran habilidad, Vicente caza con sus boleadoras algunas perdices que después cocina a la parrilla; entonces cenamos con él. Cuando esto sucede nos dice: ‘No hagan renegar a doña Inés. Coman conmigo así ella no tiene que cocinar’. Y la verdad es que a nosotros nos gusta más comer con Vicente, porque nos cuenta laaaargas historias de gauchos matreros que andan vagabundeando por la zona. Dos veces a la semana vamos al pueblo a buscar las cartas y los diarios que recibe el tío; a veces la tía nos encarga que compremos el pan. Lo que sí hacemos siempre, es llevarle algún pollo o pavo desplumado con algunos duraznos y peras al cura del pueblo, además de la infaltable bolsa de higos, que según la tía Inés, son la debilidad del padre Pedro.

Y fue a nuestro regreso de una de esas cabalgadas, que nos sorprendió una tormenta de viento y tierra. Para evitar la mojadura, Vicente ordenó que apuráramos el trote para llegar lo antes posible a la tapera que está a medio camino. Cuando estábamos a unos 50 metros se largó el aguacero y llegamos al refugio todos empapados. Grande fue nuestra sorpresa al encontrarnos con tres caballos atados a un árbol y observar que salía humo del interior de la casucha. Vicente se apeó y nos hizo señas de silencio, y que esperáramos en la galería. Al rato salió y nos ordenó que entráramos. Allí había tres
gauchos mateando, uno de ellos era un viejo barbudo y sucio. ‘Estos son los gurises del patrón’ dijo Vicente a modo de presentación. Los jóvenes gauchos levantaron la vista y nos dieron la bienvenida; el viejo, mate en mano, nos miró con cara de malo y soltó: “Donde los vientos me llevan, allí estoy como en mi centro. Cuando una tristeza encuentro, tomo un trago pa’alegrame. A mí me gusta mojarme por ajuera y por adentro”, y lanzó una carcajada endiablada. “Tome un amargo compadre” - le dijo a Vicente extendiéndole el mate. “Al menos mójese las tripas pa’seguir andando”. Vicente tomó el mate y agradeció la gentileza del viejo; luego, nos miró a nosotros, y para tranquilizarnos agregó: “Este es el gaucho Vizcacha, del que tantas historias les conté, y los mozos son los hijos de Martín Fierro, el gaucho errante de nuestras pampas”. Entonces el viejo volvió a tomar la palabra y confirmó lo de Vicente: “Ansí es, me llaman ‘el viejo vizcacha’, por avaro y mandón, pero recuerden siempre que el que gana su comida, bueno es que en silencio coma, ansina ustedes ni por broma, quieran llamar la atención, nunca escapa el cimarrón, si dispara por la loma”.

Cuando paró la lluvia montamos nuestros matungos y partimos en silencio rumbo a casa. Sólo hablaba Don Vicente, que nos contaba sobre las penurias de los chicos Fierro y el aguante que tenían para con el Viejo Vizcacha. Andaban por la zona haciendo un gran arreo de ganado cuando fueron sorprendidos por la tormenta que los obligó a refugiarse en la tapera. Así conocí al Viejo Vizcacha.

Cuando terminé mi relato se oía hasta el zumbido de las moscas. Todos, incluso el profe, estaban en silencio y con la boca abierta. Es que mi historia era real; yo había mateado con el Viejo Vizcacha y los hermanos Fierro, y eso fue a mediados del siglo XX, en medio de estas extensas tierras planas de horizontes infinitos.

NOTA: Mi homenaje a don Vicente Luna a quien recuerdo con especial cariño. Gaucho noble y paciente, gran domador y jinete habilidoso. Sus restos reposan en el Cementerio de San Eduardo, en la Provincia de Santa Fe. 

martes, 26 de mayo de 2026

El velorio de “Juancito”

Ahí estaba el Juancito; con su prominente napia asomando el jonca cual si disfrutara de una placentera siesta veraniega.

Desde mi asiento lateral de la sala, observé el desfile de dolientes esnobs de la tilingada pueblerina, a la que, supuestamente, adhería el finado.
Un cura, que se instaló a la cabecera del féretro, no dejaba de cotorrear mientras acomodaba y desacomodaba el jopo gardeliano del muerto hasta dejarlo encrespado como pelo de oveja. Anclado en el chismerío parroquial (de la que nadie se salvó) el cura perdió la iniciativa del rezo del rosario, madrugado por una catequista que comenzó a desgranar las avemarías y salves a viva voz. Terminada la larga y melosa riestra, un imprevisto diácono salió del montón y, biblia en mano, tomó la posta para entregarse a la lectura de la Liturgia de las ‘Horas para difuntos’: “Hermanos, así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva…” y continuó con el recitado que nadie entendía, salvo una mujer que se levantó como un resorte y le apuntó al lector que incluyera una oración por “las intenciones del Santo Padre”, lo que provocó miradas cruzadas entre los orantes. ¿Qué intenciones podría tener el Papa en un velorio, donde el principal protagonista es el muerto?
Terminadas las letanías, el escenario quedó acéfalo por un breve instante, hasta que entró en escena una adolescente que comenzó a gemir por la muerte “del tío” que, según decía, era el único que se interesó por sus problemas.  Aquí todos se mostraron distraídos; nadie intentó calmar la histeria juvenil, más bien se abrieron, como cuando se escapa un flato y todos se alejan con el naso fruncido. Era la hija de la empleada doméstica del muerto, a quien, según el chismerío del ambiente, le faltaba una vuelta de tuerca. Acá aprovecharon la ocasión para dispersarse los que rodeaban el féretro y el cura muy amablemente saludó a los presentes con una inclinación de cabeza y partió raudamente a cumplir sus obligaciones sagradas.
En ese momento el finado parecía sonreír. Intuí como que estaba escuchando sonidos familiares que lo hacían sentirse en casa. Pero no fue por mucho tiempo, porque al toque irrumpió un gringo grandote de botas camperas con bastante olor a bosta, sosteniendo contra su pecho un sombrero de alas anchas. El gaucho, de cara mofletuda y colorada como culo de mono, estaba agitado; a simple vista se percibía que el hombre estaba cargado. Se arrimó al féretro para hablarle al muerto con aire de milonga, comiéndose las ese. “¡Jacinto querido!” -gimió. “Vengo de la feria. Ayá me enteré de que te había muerto y me vine rajando pa’acompañarte. Pero che, ¿Cómo carajo se te dio por morirte hoy, hermano? Justo hoy que es el cumple del Toto Peralta; ¡t’estábamo esperando pa’festejar! Con el Laucha Tribilín, Farruca, el Loro Miretto, Lito Corzo, Merluza y hasta Pichón Guerrero, que casi se no muere el año pasao… ¿Te acordá? Todo vamo a ir al cementerio a despedirte; lo muchacho no estaban como pa’venirte a saludar ahora, vos sabé cómo es el laburo en la feria; todo brindamo por vo…” y así siguió un rato más el paisano que, compungido, no hablaba boludeces, lo hacía desde el corazón. Estaba sinceramente dolido; despedía a su amigo con gran pesar. Permaneció en silencio un buen rato mientras derramaba lágrimas que corrían por sus mejillas rosadas. Aliviado, se dio vuelta y, apantallándose con el sombrero aludo, vino y se sentó a mi lado, enjugó sus lágrimas y sonó su narizota chata embutida entre sus pómulos prominentes.

Después del sofocón, comenzamos nuestro diálogo que sonaba en toda la sala. Me preguntó si era pariente del extinto a lo que le contesté que éramos vecinos; habíamos crecido en el mismo barrio y estudiado juntos en el colegio de los curas. El destino nos marcó caminos distintos y cada cual emprendió el suyo por lo que dejamos de frecuentarnos, aunque esa distancia no impedía que de tanto en tanto nos encontráramos para recordar de nuestros años mozos. El hombre, que seguía con atención mi relato, asentía a cada uno de mis dichos haciendo sonar su nariz con un rotundo sniff. Luego abordó sus propias vivencias y los pormenores de su amistad con el fiambre, y aunque ya lo había hecho público momentos antes, pacientemente lo escuché, sin dejar de reconocer que, íntimamente, me desvivía por saber cuál era la razón del supuesto suicidio de nuestro común amigo. Además, debo ser sincero, el gringo me resultó simpático y me encantó conversar con él, porque pude así, sobrellevar con alivio esos momentos pesados que son los compromisos fúnebres. Sus modales campechanos y su sinceridad marcaban su nobleza.
La relación que tenía con el muerto no era novedad, porque Juan, a quien todos llamaban “Juancito” y no “Jacinto” como decía el gringo, era el contador de una de las consignatarias de hacienda más importantes de la ciudad, y un personaje popularmente querido por los habitués a cuanta peña o club concurriera. Amigo de todo el mundo y, como dijo el gaucho, se juntaba codo a codo con la peonada para comer brutos asados que se hacían cuando había grandes remates ferias. Para los arrieros, los peones, los estancieros, los chacareros, los directivos de frigoríficos y todo aquél que estuviese ligado a la ganadería, “Juancito” era el organizador, lo que llaman el “hombre orquesta” de estos eventos. Él estaba al tanto de todo y tenía la solución para todos, por eso era apreciado y querido por el mundillo del mercado ganadero.
De pronto y, como por arte de magia, entró a la sala un personaje menesteroso que, cuando hablaba, pronunciaba la “s” como “j”. El hombre se ubicó frente al muerto y lloriqueaba con voz gangosa. Luego, cuando se dio vuelta, comprobé que era leporino. Humildemente se dirigió a los presentes, dando fe de la calidad humana del finado, a quien dijo conocer desde su infancia a través de su padre, el tropero Bernabé Loyola que vivía en el barrio “Santa Rosa”, pegadito al boliche “El Buen Trato”. Entonces hizo una larga historia de su vida, enumerando las cualidades del finado y sus reconocidas cualidades humanas y de lo mucho que había ayudado a su padre y a sus hermanos que, según dijo, eran once y él era el del medio, el número seis y que, tras la muerte de su padre, debió hacerse cargo de los cinco menores, y dado las estrecheces económicas que estaba sufriendo, pedía una ayuda monetaria para llevarle un poco de comida a sus hermanos. Toda una cháchara estudiada para hacerse de algún mango sin gran esfuerzo.  Mientras seguía verseando, el gordo, que no salía de su asombro, lo miraba de reojo, trataba de no encontrarse con la mirada del sujeto que lo había tomado de punto; el manguero había vichado que el gordo estaba muy afectado por la muerte de su amigo, y el tipo seguía con la matraca presionando para que aflojara la billetera. Yo me mantuve con la mirada fija en mis zapatos, mientras le susurraba entre lenguas al gordo que no le diera pelota, que se mantuviera firme. Al ver que el ambiente se estaba volviendo jocoso por la insólita secuencia, dos empleados de la funeraria se acercaron al personaje para calmarlo y pedirle con buenos modales que se retirara al vestíbulo; y así lo hizo, sin resistencia. A la distancia, pude ver que hablaba sigilosamente con cada uno de los allí reunidos y que algunos sacudían la cabeza y otros pelaban la billetera y garpaban algún billete o algunas monedas con tal de sacárselo de encima. Cuando finalizó su colecta, enfiló hacia otro sector del complejo funerario.
Luego, uno de los dependientes de la funeraria se acercó para disculparse por el mal momento pasado y nos comentó que se trataba de “el turco Fayés”, un personaje de origen árabe que vestía harapos y se dedicaba a mendigar en los velorios. Se hacía pasar por amigo del muerto, ardid utilizado para manguear a los que estaban en vela. Según comentarios, el turco supo tener mucha guita acumulada en su juventud como tratante de blancas y nunca se había hecho cargo de sus hermanos menores como pregonaba, sino que había sido rechazado por su familia debido a su actividad delictiva 
Después de este episodio continuó la charla con el gordo e, intrigado por el luctuoso hecho, traté de indagar el porqué del suicidio de Juancito. Entonces le pregunté al gordo si sabía el motivo de tamaña determinación. El gordo, precavido, bajó el volumen y me susurró al oído: “Se comía la mujer del gerente” me dijo, y continuó: “Todo sabíamo que el “Jacinto”-seguía nombrándolo erróneamente- andaba en esa trenza, pero nunca dijimo nada. ¿Qué vamo a decir? Al contrario, nos cagábamo de risa porque el gerente es un cabrón y nos alegrábamo porque el ‘Jacinto’ lo cornetaba”.
Yo me quedé helado, nunca pensé que el finado fuera capaz de andar en esos enredos. Sin embargo, según el gordo, saltaba el tapial cuando el gerente viajaba a Liniers. Por eso, lo único a que atiné fue mostrar mi sorpresa frunciendo mis labios, por lo que el gordo, tratando de afirmar sus dichos, me dijo: “E’ así, aunque usté no lo crea” Entonces le respondí que no era que yo no le creía, sino que nunca hubiera sospechado que Juancito fuera capaz de tanta osadía.  Hombre piadoso, de cumplimientos religiosos, no había domingo que no fuera a misa.
De pronto, como un huracán, se abrió la puerta principal del complejo funerario y entró desfilando un grupo de seis personas con guardapolvos blancos, guantes y barbijos y se dirigieron directamente al jonca, lo taparon y se lo llevaron sin gestos ni palabras, mudos. Al toque nuevamente el dependiente de la funeraria se hizo presente y nos manifestó a los allí reunidos que la sala se iba a cerrar hasta tanto concluyera la autopsia del finado.
Me despedí del gordo y cada cual abandonó el recinto hasta nuevo aviso. 

LA NAVIDAD DE LOS NIÑOS

Sentado a la sombre del frondoso ombú de la plaza, parloteaba sobre intrépidas lides guerreras que conjugaba con fragmentos de Shakespeare, Scott, Yeats…, poetas de su lengua vernácula.

Su mente perturbada por un tormentoso sueño guerrero se descontrolaba cuando el absurdo se filtraba por su dañado tejido cerebral. Le decían “el inglés loco”.

Desde que llegó al pueblo, el viejo Tom pasó a ser parte de una comunidad que no dudaba en ayudarlo a subsistir. Aquella noche buena fue Martín, el hijo del panadero, el que se aproximó al escondrijo del inglés, cuya silueta iluminada por la lumbre del brasero, parecía sumida en la más profunda de las meditaciones.

La visita del chico alegró al solitario personaje, que dio signos de recuperarse de su desolado aislamiento. Su acostumbrada parquedad no impidió que le relatara al muchacho la historia de una noche buena que marcó su confusa existencia.

“Fue en 1944, cuando en plena guerra me encontraba en Dinant, a orillas del Mosa en la lejana Europa. Aquel día fuimos sorprendidos por las tropas alemanas y debimos dispersarnos ante una emboscada sembrada de sangre y muerte. Desesperadamente me refugié en una granja abandonada. Cuando me repuse de tanto horror y barbarie, era de noche. Súbitamente oí cánticos navideños entonados por un grupo de niños que chapaleaban en la nieve camino a la iglesia del pueblo. De pronto una antorcha se apartó del sendero y enfiló hacia mí. Cuando la luz iluminó la puerta de mi escondite, escuché con atención un saludo navideño en la vos suave y gentil de una niña: ‘Joyeux Noël, Monsieur’ dijo, y dando media vuelta regresó a la marcha festiva. Al día siguiente, hambriento y con mucho frío, salí de mi refugio. Un silencio apacible pero incierto reinaba en la campiña, y un manto blanco inmaculado cubría la pradera… En el umbral había un trozo de pan y una botella de aguardiente. Gracias a la niña sobreviví de aquel infierno”.

Por un instante callaron las voces.  Sólo se oía el chisporroteo del fuego y el chillar de los insectos de la noche…. Tomando aliento, el anciano continuó con voz entrecortada: “Martín, ahora sos vos quien viene a llenar mi soledad y a ordenar mis sentidos… Una vez leía que, si los viejos no nos hacemos como niños, seremos siempre almas errantes... Los niños, Martín, son como la Navidad: el nacimiento y la alegría de la vida…”

Publicado en 1996 por Editorial Del Aromo, en una selección de cuentos cortos: “Erase una vez una noche buena”. Este relato está inspirado en un personaje que vivió en la localidad de La Chispa.

Rolo y su trompeta

Beatriz Carreño era la podóloga de Fernando desde que eran vecinos del barrio, hasta que ella se mudó tras su divorcio. El día que Fernando fue a hacerse atender, la conversación giró -como siempre-alrededor de los hechos y las personas que ambos conocían en común desde los años 60, cuando creían que los abriles eran eternos. Los temas incluían casamientos, nacimientos, separaciones, enfermedades y por supuesto, fallecimientos. En ese momento Beatriz recordó a Rodolfo Pardal, más popularmente conocido como “el Rolo”, un muchacho con un antojadizo delirio por la música de trompeta, a tal punto que, donde quiera que fuese, llevaba consigo el instrumento a cuestas.  “El Rolo” ayudaba a su padre, don Vicente Pardal, un electricista de reconocida trayectoria y fiabilidad comunitaria. Pero don Vicente padecía con su hijo porque, según decía, no había manera de hacerlo trabajar; mientras él perforaba paredes, instalaba caños y pasaba cables, "el Rolo” se sentaba donde fuere, y comenzaba a soplar la trompeta.

Un día, mientras trabajaban en el departamento “B” de un edificio, la anciana del “C” comenzó a golpear desaforadamente la puerta del “B” implorando por favor que dejaran de sonar la corneta porque el perro ladraba y la estaba volviendo loca. 

El pobre don Vicente ya no sabía qué hacer con "el Rolo”, porque si lo apuraba un poco se iba con la trompeta y lo dejaba solo sin que alguien le alcanzara las herramientas. Además, según don Vicente, “el Rolo” no sabía hacer otra cosa que no fuera soplar la trompeta.

Continuando la plática, Beatriz se lamentaba del fallecimiento de “el Rolo”, noticia que sobresaltó a Fernando, porque no sabía de su muerte; ella le dijo que se había enterado por unos amigos de la peña del Centro de Jubilados, al que “el Rolo” concurría para hacer sonar su trompeta en la orquesta del negro Fermín Lepes, un jubilado que supo integrar la afamada banda cumbiera de Eleuterio Pigliapoco.
Compungido por la noticia, Fernando regresó al barrio y se fue hasta la casa de “el Rolo”; lo atendió el hijo, y Fernando sutilmente le preguntó:

“¿Cómo está 'el Rolo'?”

“Bien” respondió el pibe, “escúchelo don Fer” dijo haciendo una mueca hacia atrás, desde donde venía el trinar de la trompeta, “Mientras el viejo sople la trompeta, acá no se muere nadie” bromeó.

Fernando se alegró de oír el estridente instrumento diabólico al que más de una vez deseó aplastar a garrotazos. “Sin dudas”, pensó Fernando, “Beatriz agarró el gato por la cola y se confundió de finado”.

“Decíle a tu papá que Beatriz quiere saber cómo está porque hace mucho que no se hace arreglar los pies”, mintió piadosamente.

“Ok, don Fer, ahora le digo que le pida un turno” respondió el muchacho y se despidieron.

Al día siguiente “el Rolo” le comentaba a Fernando: “Cuando la llamé por teléfono para pedirle un turno, no me respondió, solamente oí un ruido, como que algo se había caído. Seguro que ahí le dio el infarto”.
Fernando guardó silencio y continuó hablando de bueyes perdidos.