domingo, 6 de agosto de 2017

Versión inglesa de "Margaritas"

Daisies

“Poor little handful of flowers that one day
we both silently exchanged.
Today I only have two daisies.
The two daises of the last goodbye…”

That’s how my neighbor Luis sang. He was nicknamed “Vargas”, as the 1950’s popular tango singer whom he intended to emulate with a melodious voice.

Every night Luis played “Loves me, Loves me not”, wishing the daisies would foretell someone coming for him the next day.  

He had been a widower for two years. He tried to rebuild his love life, but Daisy’s loss had found no substitute.

One of my elder brothers made fun of him, by imitating his chocked voice behind a privet fence that separated our houses, but the joke went wrong. The next day, Luis talked to our father and complained.
Interestingly, he did not reproach the prank but my teenage brother’s lack of emotion. “Tell Pedrito to put more feeling in those verses and to modulate his voice if he cares for tuning-in”. Needless to say Pedrito never sang Daisies again.

Luis was a railway locomotive driver. I remember seeing his distinctive silhouette, moving slowly with his coffer-shape briefcase and me running to meet him, because I knew he had brought “something” for me. With parsimony he would open that chest, and magically extract some candy for “his little neighbor”. Holding hands we would continue, slowly, our way home. I would enter mine with the candies; he would continue, slowly, his own way.   

As years passed, Luis health weakened, and one day his spirit surrendered. Two daisies faded in his hands. They knew that their passionate admirer would no longer sing to keep them immaculate.

“With a mysterious voice, that I only understand,
my noble heart, beating, spoke to me
it told me that a soul weeping in absence
pulled-off the petals of its two daisies.”



jueves, 4 de agosto de 2016

AMIGOS PARA SIEMPRE

Sucedió en la década del 50, el día que murió el tropero Aquilino Monzón. Durante su ancianidad Aquilino vivió sus últimos años “de regalo” en el puesto Nº 3 de la Estancia “La Británica”, de Alejandro Estrugamou.  Digo “de regalo”, no porque su patrón fuese generoso, sino porque sus amigos, intercedieron ante el mayordomo para que el viejo permaneciera en su querencia en el ocaso de su vida. Cuando cumplió los 70 Aquilino pasó a retiro con una mísera jubilación y un capital compuesto por los enseres del rancho, el matungo “Pajarito” y una montura deshilachada; además del fiel “Cachilo”, un perro ovejero alemán que le regaló el cura del pueblo y que también estaba en el otoño de su existencia.  

Eran las 10 de la mañana del sábado 16 de febrero del 52, cuando en el silencio veraniego de la pampa, Aquilino mateaba a la sombra del chañar frente al rancho. De pronto una brisa norteña sacudió los ramales del árbol; “Cachilo” gruñó y se asustó cuando su amo dejó caer el mate para reclinarse en el respaldo del banco.

Ese mediodía, como lo hacía habitualmente, pasó por el puesto el “Cholo” Cutró y se encontró con la triste escena de Aquilino sin vida y “Cachilo” acurrucado a sus pies. El “Cholo”, acostumbrado a trabajos pesados, alzó al viejo en sus brazos y lo tendió en el catre; luego salió a dar la noticia.

Al atardecer la peonada en pleno estaba velando a su amigo Aquilino. “El Cholo” Cutró, “El Chueco” Saravia, Juan Sandoval, “Pirincho” Contreras, “El Nene” Bursa y algunos más permanecieron hasta entrada la noche con Aquilino cómodamente instalado en su ataúd. Mientras tanto se había encendido el fuego y en la parrilla chillaba un costillar cuyo aroma apetitoso hacía rugir las tripas.


Los presentes se amucharon alrededor de la parrilla para saborear el manjar con una buena dosis de tintillo. Entre bocado y bocado corrían leyendas y recuerdos del finado, de quien todos guardaban el mejor de los recuerdos. De vez en cuando alguno alzaba su copa y brindaba en su honor. 

Era medianoche y solamente quedaron los más íntimos. Cuatro amigos inseparables que comenzaron a aburrirse. “El Cholo” Cutró que lideraba el grupo, comenzó a lamentarse por la muerte de Aquilino y consideró que no era esta la manera de despedirlo. 

-“Esta noche no va a venir más gente…” -dijo con lamento- “Y esto se está poniendo muy pesado”.

- “Y qué vamos a hacer, “Cholo” -acotó Pirincho Contreras- "No podemos dejarlo solo al finado, tenemos que velarlo…” 

-  “Es precisamente eso lo que no vamos a hacer…” -retrucó “el Cholo”- “Lo vamos a llevar con nosotros a tomar una copas al 'Coloso'”. 

Y así lo hicieron. Cargaron el jonca y a "Cachilo" en la chata del “Chueco” y partieron rumbo al boliche “El Coloso”. Allí pasaron la noche entre copas y truco; mientras afuera Aquilino y "Cachilo" esperaban pacientemente en la chata.

Apenas despuntó el día, emprendieron el regreso al rancho y continuó el velorio hasta la hora del sepelio. 

Así son los verdaderos amigos, los que no te abandonan ni el día de tu muerte. 




martes, 8 de marzo de 2016

CASERÓN ANTIGUO


Mientras la luna serena
baña con su luz de plata
como un sollozo de pena
se oye cantar su canción
dulce y sentida
que todo el barrio escuchaba
cuando el silencio reinaba
en el viejo caserón.



La visita”

Entre los nuevos moradores del viejo caserón abandonado, había personajes disímiles y comportamientos y costumbres múltiples. Los que más se destacaban eran un policía y un  sindicalista; el primero manso y retraído y el otro, revoltoso y pendenciero. Ambos tenían mujer e hijos y cada cual atendía su juego.

El policía, que de tira no tenía nada, era conocido en solfa como “Vito Nervio”, y a su mujer la bautizaron “Terencia” porque, además de piernas flacas y largas, era tan quilombera como tero cuidando el nido. Obsesiva al extremo por la limpieza, obligaba a los chicos a permanecer en la galería, mientras ella aseaba el cuarto, sin importarle las inclemencias del tiempo; su manía por el aseo no impedía que el frío invernal frenara su batalla impetuosa contra la mugre.

Unos cuartos más al fondo vivía Carlos Leiva, conocido popularmente como “El Cacho”, que en su revire alcohólico se consideraba el capo máximo del conventillo. Allí habitaba con su mujer y una tracalada de chicos propios y ajenos, y el aseo no era precisamente una de sus virtudes.

La vida del rufián estaba marcada por estigmas de una juventud plagada de delitos. Durante muchos años fue líder de la patota que custodiaba a un alemán neo-nazi que manejaba el Sindicato de Estibadores. Cuando el germano fue asesinado por una runfla rival, el grupo se disolvió y “el Cacho” con sus secuaces perdió el dominio sindical.  Incapaz de controlar sus emociones, “el Cacho” se entregó totalmente al chupe, y cuando el vicio se arraigó, perdió el control de sus actos.

Esto provocó que la precaria convivencia en el conventillo también se resintiera. Cada vez que “el Cacho” llegaba empeludado, hinchaba los quinotos con arrojarse al pozo de agua, poniendo en jaque a todo el consorcio, que presurosamente se empeñaba en disuadirlo de tamaño despropósito. La escena, que se repetía hasta el hartazgo, pasó a ser tan habitual, que una noche los vecinos optaron por ignorar al maniático suicida. Entonces "el Cacho" se desinfló; comprendió que sus amenazas ya no infundían el terror habitual y sintió los efectos del abandono y el sabor amargo de la derrota.

En penumbras, y rodeado por una decena de galgos pulgosos, el curda no resistió la indiferencia, y con gritos furiosos se fue hasta el corredor iluminado por una lámpara de 15. Allí se plantó frente al caño del “Mariposa” Cornejo; golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Pero enseguida reaccionó: “¡Perdoname comilón!”, le dijo, recordando que el trolo era amigo del Juez. De inmediato se fue hasta la próxima habitación; allí tampoco le dieron pelota. Enfurecido, retrocedió unos pasos para tomar impulso y encaró la puerta con toda furia; la cerradura cedió y "el Cacho" pasó de largo. ¡Entonces sí que se armó un batuque descomunal! Se desató un griterío infernal entre la mujer y los niños que allí dormían. Desparramado por el suelo, el infeliz estaba desorientado, y cuando se encendió la luz, se encontró con el gigantesco polizonte parado en calzoncillos junto a la catrera. Con los puños tensos -señal de bronca reprimida- el botón, hinchado por las bravuconadas del disquero, no estaba dispuesto a comerse otro garrón. Sin vueltas conminó al hinchapelotas a que se fuera; pero el rebelde "Cacho" ignoró el mandato y pretendió impartir órdenes desde su incómoda postura. Tremenda insolencia recalentó a "Vito Nervio" que, con destreza profesional, tomó el fierro reglamentario y lo apoyó en la sabiola del intruso. Recién entonces "el Cacho", abatido, comprendió la gravedad de su falta.

El tole-tole fue tan grande que los vecinos, previendo una desgracia, se apresuraron a llevarlo arrastrado hasta su cuarto. Allí lo tumbaron sobre un cotín mugroso, donde “el Cacho” lloró sus penas a moco tendido.

"El Cacho" volvió a mamarse muchas veces más, pero jamás olvidó el frío que le dejó en la frente, el fierro de "Vito Nervio". Es que esa noche volvió a sentir el aliento helado de la descarnada, que merodeando la mansión de Madame Bouchard, esperaba con paciencia llevárselo por la rejilla.

Cuando regresó el silencio, se oyó el canto amoroso de los grillos; también se vieron los cortejos luminosos de las luciérnagas, mientras a lo lejos, una radio trasmitía música de Francisco Canaro y la voz de Charlo cantando “Duelo Criollo”. Era una clara señal de que el mundo seguía andando.

A pesar de tantos avatares, el caserón se mantenía erguido y orgulloso de su estirpe.  Otra vez la flaca había penetrado sus muros y se fue sin su presa. ¡Había entrado tantas veces, que ya no la tenían en cuenta! Desde aquella primera vez, cuando llegó atraída por la lujuriosa festichola de Madame Bochard, sus visitas fueron rutinarias. La mishiadura, principal generadora de pestes, parecía haberse asociado a la implacable tremebunda empeñada en llevarse más gente a la casa del pueblo.

 Mientras tanto, y como una bataclana descangayada, la antigua mansión sintió el implacable efecto de los años. Con su fachada descascarada y los ladrillos al descubierto cual heridas abiertas, parecía esperar con resignación, el abandono de sus humildes moradores. 




LA MANSIÓN



“Cuna de tauras y cantores,
de broncas y entreveros,
 de todos mis amores....
En tus muros, con mi acero,
yo grabé nombres que quiero”


Fin de fiesta


El viejo edificio se erguía cual reliquia intocable del arrabal. De paredes altas y revoques finos, era una de las tantas construcciones diseñadas por arquitectos de exquisitos gustos parisinos. Edificada con finos ladrillos amoldados por manos callosas de hombres y mujeres, que bajo el sol ardiente de la pampa, deprisa consumían la fragilidad de sus vidas.

Para disgusto de muchos que deseaban verla arrasada, la antigua mansión conservaba los rasgos señoriales de los años 30, cuando Madame Bouchard organizaba tertulias, en las que se bailaban tangos bajo la lluvia espumosa de champaña.

Y fue precisamente en una de esas festicholas donde la Baronesa perdió la vida en medio de un fárrago etílico, que desató intrigas lujuriosas y celos exagerados en una noche desenfrenada.

Aquella fatídica noche Epifanio Avellaneda, “el dandy”, perdió los estribos cuando sorprendió a su amigo ensartado en la bañera con la anfitriona. Más caliente que africano con fiebre, se volvió al salón, le arrebató la faca al “gurí” Salvador Carrillo y se lanzó con furia sobre la pareja. El fierro se hundió hasta el mango en el corazón de la franchuta y en instantes las pompas se tiñeron de rojo. En medio del revoltijo, como dos fantasmas púrpuras, el maricón y el bufa rajaron para perderse en la nebulosa madrugada.

Se dijo que el progenitor del “Dandy” los embarcó a Europa, con el recaudo de unas cuantas hectáreas malvendidas y un buen lote ganadero fletado al frigorífico. El reparto de divisas que hizo el hacendado debió ser muy grande para blanquear el crimen, porque a escasos días de aquél zafarrancho, el estanciero buscó la muerte con un balazo en el pecho que lo transportó a Campo Santo.

El frangoyo nunca se aclaró. Entre el ave negra defensor, el Fiscal y el Juez de la causa, se encargaron de acomodar el fato. “El gurí”, dueño de la faca homicida, cargó con la romana a cambio de una mísera cometa que le permitió zafar de la gayola de por vida. Sentenciado por forzar el delito, el pobre diablo se chupó dos años en cafúa por un crimen que no cometió.

Cuando la milicada penetró los muros a las órdenes del sargento Diógenes Guiñazú, alias “El Tordo” -más aficionado al choreo que a investigar- fue el fin de la aristocrática mansión. Esa madrugada no quedó un solo hueco sin revisar, y en pocos días la casona quedó desmantelada. Nadie supo adónde fueron a parar los muebles de estilo, la vajilla de porcelana Meissen y cristalería Baccarat de la Baronesa.

Pero no faltó un alcachofa orejero habitué del piringundín de la Porota Pardo, que vichó las copas de cristal tallado, en remplazo de los habituales cafaña. Al decir de “la Porota” se trataba de una “gentileza de un habitué distinguido de la casa”. ¡Cómo sería de “distinguido” ese cliente, que hasta le regaló una cadena para el inodoro, igualita a la de la mansión!  Para “el Tordo” todo servía con tal de garronearle un favor a la Pardo.

Dos años más tarde, reducida la condena por buen comportamiento, “el gurí” abandonó la cañota y volvió a garufear por el ambiente, hasta que finalmente terminó en un zanjón envainado por una trotera del boliche “La soledad”.

Desde aquel lejano día todo se volvió silencio y abandono en la mansión. La maleza invadió sus jardines y la humedad ennegreció sus paredes. Los pájaros anidaron en sus tirantes y el chillar de los gorriones la envolvió con sonidos de vida silvestre.

Sus amplios cuartos, distribuidos a lo largo de una espaciosa galería -alguna vez adornada con macetas de arcilla y hojas de salón - tenían un aire aristocrático que el tiempo se encargó de borrar. Ahora, alguna que otra maceta de lata con escuálidos malvones y el aljibe con el brocal ladeado, reflejaban el desdén de usurpadores furtivos. Un nuevo estilo de vida se gestaba en “La mansión”.

lunes, 14 de diciembre de 2015

CARTA DE MARIANO MORENO A SU AMIGO JUAN JOSÉ CASTELLI

Buenos Ayres, 23 de enero de 1811.-
Apreciado amigo:
Su ausencia me ha deprimido mucho más de lo imaginable. Sin embargo, en vísperas de mi partida, encuentro en la redacción de esta carta, el aliento suficiente para emprender este forzoso viaje, cuyo resultado espero me ayude a superar tantas desilusiones y desencuentros.
Hace un tiempo recibí noticias de Feliciano Chiclana y me ha contado sobre su delicado estado de salud. Debe usted cuidarse; no son éstos los mejores tiempos para enfermarse. Ha sido 1810 un año cargado de emociones, y si algo ha quedado grabado en mi memoria han sido su oratoria y el coraje que supo usted infundirle a todos aquellos jóvenes que, junto a nuestro no menos querido Bernardo, hicieron la verdadera revolución.
Mariano Moreno
Una ardua tarea nos espera. Sé perfectamente que la victoria del 25 de mayo está muy lejos de consolidarse. Debemos actuar con mucha cautela, la burocracia colonial no vacilará un instante en trabar nuestras acciones. Los hechos están a la vista. Siempre se empieza por lo más insignificante. Esta vez me tocó a mí.
Cuando el 18 de diciembre se reunió la Junta, estuvieron todos, excepto Belgrano y usted que estaban en misión militar y los nueve deputados de Buenos Aires, cuyos justificativos no tuvieron sustento. Como teníamos que tratar la incorporación de los diputados del interior, sobraron las excusas, hasta que finalmente obtuvieron la mayoría. Votaron igual que la Junta, a favor. Juan José Paso fue el único que votó en contra. Los demás: Saavedra, Azcuénaga, Alberti y Matheu sostenían que no se ajustaba a derecho, pero… Ese “pero” siempre presente cuando las papas queman… Larrea votó en igual sentido, pero sin consideraciones. Me acusaron de ser responsable de la política seguida por la Junta, de querer exportar la revolución no solamente al Brasil, sino a toda la América Hispana. Rehuyeron toda discusión renovadora, temerosos –tal vez- de enredarse en cuestiones que podrían perjudicar sus bienes, olvidándose del interés del pueblo. Será por eso que siempre me consideraron un individuo peligroso y sin control.
Juan José Castelli
Recordando los sucesos acaecidos en la asamblea del 22 de mayo, donde todo era anormal hasta el absurdo, hierve la sangre en mis venas y mi corazón parece querer estallar de rabia. Escuchar a los empresarios alzar sus voces proclamando las bondades de las leyes coloniales, erigiéndose en exégetas de normas herrumbradas que ellos jamás cumplieron, ni les interesará cumplir jamás. Fue otro ardid para amedrentar cualquier reclamo criollo. Por eso amigo mío, cuando Vicente López me dijo convencido de que “todo había salido bien”, no pude menos que reaccionar terminantemente y decirle sobre mis sospechas de haber sido traicionado. Teníamos entre nosotros muchos más enemigos de los que imaginábamos, y le previne que esos serían los primeros en echarnos el guante. Desgraciadamente el tiempo no tardó en darme la razón…
Además, apreciado amigo, no pudieron digerir la firma del decreto del 6 de diciembre. El presidente, a pesar de haberlo avalado, no estaba muy convencido. Para festejar la victoria de Suipacha, sus seguidores adornaron los salones del cuartel de Patricios con sendas coronas detrás de los asientos destinados al presidente y su esposa. Luego (según me han contado, porque a mi me prohibieron entrar) se produjo un episodio grotesco cuando un oficial alcoholizado presentó a Saavedra los símbolos monárquicos. ¡Un verdadero bochorno!
¿Recuerda usted cuando redactamos la circular para los Cabildos? Era el 26 de mayo. Recuerdo que ese día conversamos largo y tendido sobre el futuro de la revolución. No sé por qué razón me fastidio tanto si todo era previsible. Tantas ideologías dispares, la ausencia de un plan de gobierno. Cada vez que me viene a la memoria la jornada del 25 se me anuda la garganta. Esa plaza llena de platenses exaltados y el ir y venir de French, Beruti, Planes, Chiclana y el Padre Grela, que no lograba tranquilizar a la muchedumbre y de vez en cuando le pedía a Martín Rodríguez que se asomara a los balcones para intentar apaciguarlos.
Querido y apreciado amigo: Quisiera tener en este momento poderes sobrenaturales para detener el paso del tiempo. Son exactamente las cuatro de la tarde y el calor agobiante de esta querida Buenos Ayres me está ahogando y me llena de nostalgia. Sé que he de extrañar todo lo que aborrezco de ella, especialmente cuando el frío de la lejana Europa me haga añorar el calor de la lealtad de mis amigos verdaderos.
Esta noche me embarcaré en la clandestinidad. Al decir de domingo French, quieren eliminarme. Seguramente han canjeado mi vida por una embajada… Algún día disfrutaré la gratitud de estos ciudadanos que hoy me cuestionan y a quienes perdono de corazón. Antes prefiero que el pueblo empiece a creer en el gobierno que en mi propia conducta, porque tengo la certeza de haber defendido con pureza intencional, cada uno de sus derechos.
Reciba usted un fuerte abrazo,
Mariano
jbw-1996- Concurso sobre próceres argentinos.
Final del formulario


miércoles, 25 de noviembre de 2015

CENIZAS



CENIZAS
“…la urna de cenizas
sobre la barra, es
del mismo tamaño
 de una pinta…”
“Last Orders” tráiler



Aquella tarde, como era habitual, los bochófilos se reunieron en el bar del club; esta vez sin “el Beto” Farías. A dos días de su muerte, y sin siquiera haber podido acompañarlo hasta la tumba, sus amigos intentaban elaborar el duelo y continuar con la clásica jornada diaria de quemar horas de conversas anodinas, desde cuando mantuvieron al club en la cima de los campeonatos.

Todo era pasado; un pasado que sirvió para afianzar una amistad sin mella, más allá de algunas discusiones originadas por la diversidad del grupo.

Ahora, cada cual a su manera, lo recordaba al “Beto” con nostalgia. Cuando la carga etílica rebalsó, se aflojaron las lenguas y dieron rienda suelta a sentimientos subjetivos. “El Beto” se había ido y no pudieron despedirlo como ellos hubieran deseado. Cerraron el jonca y la viuda anunció sin rodeos su cremación.

“El Beto” ocupaba un cargo importante en los espacios políticos oficiales; tenía a su  alcance más prerrogativas que otros, lo que le permitía auxiliar a sus amigos en momentos críticos; pero claro, también había retornos de los que nadie hablaba, pero existían. Se daba todos los gustos y su billetera hoy podía estar abultada como mañana escuálida. Así era él, le daba boleo a la guita sin importarle en qué se diluía. Se jactaba de que Matilde, su mujer, sabía guardar su lugar y jamás le cuestionaba sus largas noches de garufa y timba, porque el macho de la casa era él.

En la reunión cargada de nostalgia, Ramón Carrillo, “el Laucha”, fue el primero en arrojar un dardo largamente guardado. Dijo que iba a extrañar las cargadas que “el Beto” le hacía sobre sus hijas, que por cierto no eran muy agraciadas. “El Negro” Pardo, cazó al vuelo el convite y dijo lo suyo. Confesó sentirse aliviado de no tener que cargarlo cada vez que se empeludaba; se libraría de  los reproches de la mujer, y de los rezongos de la suya, cuando por la mañana tenía que limpiar los asientos del utilitario, producto de alguna descompostura. En tanto “el Gordo” Tolosa hizo mención al carácter agrio, y hasta sobrador, del “Beto”, pero “el Petiso” Roldán lo justificó, y adujo que esa pedantería era propia de un ganador: “Las mujeres se ‘redetían’ por él” dijo con cierta envidia. Por su parte “el Mocho” Pintos opinó que  tal vez esas ínfulas, vistas como un defecto, no eran más que para mostrarse en primer plano. “Él era así”, justificó, y apostó a que no le quitaba mérito a su persona, recordando su origen humilde. “Eso me consta” dijo. “Conmigo tuvo un buen gesto cuando se enfermó mi hija”. Ahí algunos cruzaron miradas cómplices, porque sabían cuál era “ese gesto”. Había “algo” que muy pocos conocían y que surgió de la mujer del conserje, de quien todos sabían del fato con “el Beto”. La despechada espetó: “Dejen de lamentarse tanto por ese hdp, yo lo biché cuando iba al quiosco del turco Felipe”. El quiosco lo atendía la mujer del turco y cuando “el Beto” pispiaba que la revista “Hola” estaba exhibida invertida, exclamaba: “¡Oh! Llegó la ‘Hola’, voy a comprársela a mi mujer” Y salía carpiendo al quiosco, para regresar una hora y media más tarde con la revista bajo el brazo (cuando se acordaba de traerla). Era la clave, ese día el turco estaba de turno en la sala de primeros auxilios y no podía abandonar la guardia. Por eso la mujer del conserje odiaba a la quiosquera y aumentó su encono contra ella y “el Beto”, cuando éste dejó de jugar con fuego después que el marido le mostrara la 9 mm que guardaba en un cajón de la barra, “por si las moscas”.

De repente y como por arte de magia, todo fue silencio; los muchachos no podían creer lo que acababan de oír. Nadie se atrevía a hablar ni a levantar la vista. Se sintieron entrampados por esta mujer cuya aptitud inquisidora desconocían, lo que tornaba peligroso ser su enemigo. El silencio se prolongó largos minutos, era la mejor manera de tapar la olla que por encono, ella amenazaba destapar.

El largo silencio se volvió fatídico, hasta que de sopetón se abrió la puerta de calle y como un huracán entró la viuda del “Beto”. Sin mediar palabras, se dirigió a la barra donde zampó un pequeño cilindro del tamaño de un balón: “Acá lo tienen. -les dijo arrebatada-  Se los dejo. Hagan con él lo que quieran”, y se fue.


El cilindro tenía un rótulo adherido: “Roberto ‘Beto’ Farías -QEPD- † 20/10/1012”.

sábado, 22 de agosto de 2015

EL TANATOPRACTOR (Relato de 50 palabras)



Surcado por delgadas estrías, el rostro de María -más que los años transcurridos- delataba las huellas de su agonía interminable. El tanatopractor la recibió, y en silencio, se entregó con paciencia a su labor profesional. Una hora después, terminada su obra de arte, la expuso en un féretro de cedro.