jueves, 4 de agosto de 2016

AMIGOS PARA SIEMPRE

Sucedió en la década del 50, el día que murió el tropero Aquilino Monzón. Durante su ancianidad Aquilino vivió sus últimos años “de regalo” en el puesto Nº 3 de la Estancia “La Británica”, de Alejandro Estrugamou.  Digo “de regalo”, no porque su patrón fuese generoso, sino porque sus amigos, intercedieron ante el mayordomo para que el viejo permaneciera en su querencia en el ocaso de su vida. Cuando cumplió los 70 Aquilino pasó a retiro con una mísera jubilación y un capital compuesto por los enseres del rancho, el matungo “Pajarito” y una montura deshilachada; además del fiel “Cachilo”, un perro ovejero alemán que le regaló el cura del pueblo y que también estaba en el otoño de su existencia.  

Eran las 10 de la mañana del sábado 16 de febrero del 52, cuando en el silencio veraniego de la pampa, Aquilino mateaba a la sombra del chañar frente al rancho. De pronto una brisa norteña sacudió los ramales del árbol; “Cachilo” gruñó y se asustó cuando su amo dejó caer el mate para reclinarse en el respaldo del banco.

Ese mediodía, como lo hacía habitualmente, pasó por el puesto el “Cholo” Cutró y se encontró con la triste escena de Aquilino sin vida y “Cachilo” acurrucado a sus pies. El “Cholo”, acostumbrado a trabajos pesados, alzó al viejo en sus brazos y lo tendió en el catre; luego salió a dar la noticia.

Al atardecer la peonada en pleno estaba velando a su amigo Aquilino. “El Cholo” Cutró, “El Chueco” Saravia, Juan Sandoval, “Pirincho” Contreras, “El Nene” Bursa y algunos más permanecieron hasta entrada la noche con Aquilino cómodamente instalado en su ataúd. Mientras tanto se había encendido el fuego y en la parrilla chillaba un costillar cuyo aroma apetitoso hacía rugir las tripas.


Los presentes se amucharon alrededor de la parrilla para saborear el manjar con una buena dosis de tintillo. Entre bocado y bocado corrían leyendas y recuerdos del finado, de quien todos guardaban el mejor de los recuerdos. De vez en cuando alguno alzaba su copa y brindaba en su honor. 

Era medianoche y solamente quedaron los más íntimos. Cuatro amigos inseparables que comenzaron a aburrirse. “El Cholo” Cutró que lideraba el grupo, comenzó a lamentarse por la muerte de Aquilino y consideró que no era esta la manera de despedirlo. 

-“Esta noche no va a venir más gente…” -dijo con lamento- “Y esto se está poniendo muy pesado”.

- “Y qué vamos a hacer, “Cholo” -acotó Pirincho Contreras- "No podemos dejarlo solo al finado, tenemos que velarlo…” 

-  “Es precisamente eso lo que no vamos a hacer…” -retrucó “el Cholo”- “Lo vamos a llevar con nosotros a tomar una copas al 'Coloso'”. 

Y así lo hicieron. Cargaron el jonca y a "Cachilo" en la chata del “Chueco” y partieron rumbo al boliche “El Coloso”. Allí pasaron la noche entre copas y truco; mientras afuera Aquilino y "Cachilo" esperaban pacientemente en la chata.

Apenas despuntó el día, emprendieron el regreso al rancho y continuó el velorio hasta la hora del sepelio. 

Así son los verdaderos amigos, los que no te abandonan ni el día de tu muerte. 




martes, 8 de marzo de 2016

CASERÓN ANTIGUO

Mientras la luna serena
baña con su luz de plata
como un sollozo de pena
se oye cantar su canción
dulce y sentida
que todo el barrio escuchaba
cuando el silencio reinaba
en el viejo caserón.

“Sueños y dramas  de conventillo”

Entre los nuevos moradores del viejo caserón abandonado, había personajes de los más diversos estratos sociales. Los que más se destacaban eran un policía dócil e introvertido y un sindicalista revoltoso y pendenciero. Ambos tenían mujer e hijos y cada cual atendía su juego.

El policía, que de tira no tenía nada, era conocido en solfa como “Vito Nervio”, y su mujer como “Terencia” porque, además de tener las piernas flacas y largas, era tan quilombera como tero de empolle. Obsesiva al extremo por la limpieza, obligaba a los chicos a permanecer en la galería, sin importarle las inclemencias del tiempo mientras ella limpiaba; su manía por el aseo no impedía que el frío invernal frenara su impetuosa batalla contra la mugre.

Unos metros más al fondo tenía su cuarto Carlos Leiva, conocido popularmente como “El Cacho”, que en su revire alcohólico se consideraba el capo máximo del conventillo. Allí habitaba con su mujer y una tracalada de chicos propios y ajenos, y el aseo no era precisamente una de sus virtudes.

La vida del rufián estaba marcada por estigmas de una juventud plagada de delitos. Durante muchos años fue líder de la patota que custodiaba a un alemán filo-nazi que manejaba el Sindicato de Estibadores. Cuando el germano fue asesinado por una runfla rival, el grupo se disolvió y “el Cacho” con sus secuaces perdió el dominio sindical.  Incapaz de controlar sus emociones, se entregó totalmente al chupe, y cuando el vicio se arraigó, perdió el control de sus actos.

Esto provocó que la precaria convivencia en el conventillo se resintiera. Cada vez que “el Cacho” llegaba empeludado, hinchaba los quinotos con arrojarse al pozo de agua, poniendo en jaque al vecindario, que presurosamente se empeñaba en disuadirlo de tamaño despropósito. La escena, que se repetía hasta el hartazgo, pasó a ser tan habitual, que una noche los vecinos optaron por ignorar al maniático suicida. Entonces "el Cacho" se desinfló; comprendió que sus amenazas ya no infundían el terror habitual y sintió los efectos del abandono y el sabor amargo de la derrota.

En penumbras, y rodeado por una decena de galgos pulgosos, el curda no resistió la indiferencia, y con gritos furiosos se fue hasta el corredor iluminado por una lámpara de 15. Allí se plantó frente al caño del “Mariposa” Cornejo; golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Pero enseguida reaccionó: “¡Perdoname comilón!”, le dijo, recordando que el trolo era amigo del JuezDe inmediato arremetió contra la puerta siguiente; allí tampoco le dieron pelota. Enfurecido, retrocedió unos pasos para tomar impulso y la encaró con todas sus fuerzas; la
cerradura cedió y "el Cacho" pasó de largo. ¡Entonces sí que se armó un batuque descomunal! Se desató un griterío infernal entre la mujer y los niños que allí dormían. Desparramado por el suelo, el infeliz estaba desorientado, y cuando se encendió la luz, se encontró con el gigantesco polizón parado junto a la catrera. Con los puños tensos -señal de bronca reprimida- el botón, hinchado por las bravuconadas del disquero, no estaba dispuesto a comerse otro garrón. Sin vueltas conminó al hinchapelotas a que se esfumara; pero el rebelde "Cacho" ignoró el mandato y pretendió impartir sus propias órdenes desde su incómoda postura. Tremenda insolencia recalentó a "Vito Nervio" que, con destreza profesional, tomó el fierro reglamentario y lo apoyó en la sabiola del intruso. Recién entonces "el Cacho", abatido, comprendió la gravedad de su falta.

El tole-tole fue tan grande que los vecinos, previendo una desgracia, se apresuraron a cargarlo  y arrastrarlo hasta su cuarto. Allí lo tumbaron sobre un cotín mugroso, donde lloró sus penas a moco tendido.

"El Cacho" volvería a mamarse muchas veces más, pero jamás olvidaría el frío que le dejó sobre la frente el fierro de "Vito Nervio". Esa noche volvió a sentir el aliento helado de la descarnada, que merodeando la mansión de Madame Bouchard, esperaba con paciencia llevárselo por la rejilla.

Cuando regresó el silencio, se oyó el canto amoroso de los grillos; también se vieron los cortejos luminosos de las luciérnagas; a lo lejos, una radio emitía música de Francisco Canaro y Charlo cantaba “Duelo Criollo”. Era la señal de que el mundo seguía andando.

A pesar de tantos avatares, el caserón se mantenía erguido y orgulloso de su estirpe.  Otra vez la flaca había penetrado sus muros y se fue sin su presa. ¡Había entrado tantas veces, que ya sus moradores no la tenían en cuenta! Desde aquella primera vez, cuando llegó atraída por la lujuriosa festichola de Madame Bochard, sus visitas fueron rutinarias. La mishiadura, principal generadora de pestes, parecía haberse asociado a la implacable tremebunda empeñada en llevarse más gente a la casa del pueblo.

 Mientras tanto, y como una bataclana descangayada, la antigua mansión sintió el implacable efecto de los años. Con su fachada descascarada y ladrillos a la vista cual heridas abiertas, parecía esperar con disimulada resignación el lento y persistente abandono de sus humildes moradores.

Términos lunfardos de estos relatos:


Frangoyo: Asunto turbio, dudoso.
Gayola: Cárcel
Cafúa: Cárcel
Choreo: Robo
Alcachofa: Alcahuete
Orejero: Obsecuente
Cafaña: Rústico, ordinario
Garronear: Pedir, demandar gratis
Cañota: Cárcel
Garufear: Divertirse
Envainado: Clavado
Trotera: Ramera
Tira: Policía
Rungla: Gentuza
Caño: Vivienda de soltero
Batuque: Desorden, confusión
Polizón: Policía
Botón: Policía
Disquero: Fanfarrón
Cotín: Cama, colchón
Descarnada: la muerte
Rejilla: Morir
Placa: La muerte
Tremebunda: La muerte
Casa del pueblo: Cementerio
Bataclana: Bailarina de bajos fondos
Descangayada: Deteriorada, vieja, maltrecha
Catreta: Cama





LA MANSIÓN


“Cuna de tauras y cantores,
de broncas y entreveros,
 de todos mis amores....
En tus muros, con mi acero,
yo grabé nombres que quiero”


El viejo edificio se erguía cual reliquia intocable del arrabal. De paredes altas y revoques finos, era una de las tantas construcciones diseñadas por arquitectos de exquisitos gustos parisinos. Edificada con finos ladrillos moldeados por manos callosas de hombres y mujeres, que bajo el sol ardiente de la pampa, deprisa consumían sus vidas.

Para disgusto de muchos, que deseaban verla arrasada, la antigua mansión conservaba los rasgos señoriales de los años 30, cuando Madame Bouchard organizaba tertulias en las que se bailaban tangos bajo la lluvia espumosa de champán.

Y fue precisamente en una de esas festicholas que  la Baronesa perdió la vida en medio de un fárrago etílico, que desató intrigas lujuriosas y celos desenfrenados.

Aquella fatídica noche Epifanio Avellaneda, “el Dandy”, perdió los estribos cuando sorprendió a su amigo ensartado en la bañera con la anfitriona. Muy caliente, retornó al salón, le arrebató la faca al “gurí” Salvador Carrillo y se lanzó con furia sobre la pareja. El metal  se hundió hasta el mango en el corazón de la franchuta y las pompas se tiñeron de rojo. En medio del revoltijo, cual dos fantasmas ceñidos en tules púrpura, el trolo y el bufa rajaron para perderse en la nebulosa madrugada.  Se supo que el progenitor del “Dandy” los embarcó rumbo a Europa, con el recaudo
de unas cuantas hectáreas malvendidas y un buen lote de ganado fletado al frigorífico. El reparto de divisas debió ser grande para blanquear el crimen, porque a escasos días de aquellos hechos, el hacendado se metió un plomazo en el pecho que le destrozó el bobo y lo transportó al Campo Santo.

El frangoyo nunca se aclaró. Entre el ave negra defensor y el Juez de la causa, se encargaron de acomodar el fato. “El gurí”, dueño de la faca homicida, cargó con la romana a cambio de una mísera cometa que le permitió zafar de la gayola de por vida. Sentenciado por forzar el delito, el pobre diablo se chupó dos años en cafúa por un crimen que no cometió.

Cuando la milicada penetró los muros residenciales a las órdenes del sargento Diógenes Guiñazú, alias “El Tordo” -más aficionado al choreo que a investigar- fue el fin de la aristocrática mansión. Esa madrugada no quedó un solo hueco sin revisar, y en pocos días la joya arquitectónica quedó desmantelada. Nadie supo adónde fueron a parar los muebles de estilo, la vajilla de porcelana Meissen y la cristalería Baccarat de la Baronesa.

Pero no faltó un alcachofa orejero habitué del piringundín de “la Porota Pardo”, que vichó las copas de cristal tallado, en remplazo de los de cafaña. Al decir de “la Porota” se trataba de una “gentileza de un habitué distinguido de la casa”. ¡Cómo sería de “distinguido” ese cliente, que hasta le regaló una cadena para el inodoro, igualita a la de la mansión!  Para “el Tordo” todo servía con tal de garronearle un favor a la Pardo.

Dos años más tarde, reducida la condena por buen comportamiento, “el gurí” abandonó la cañota y volvió a garufear por el ambiente, hasta que finalmente terminó en un zanjón envainado por una trotera del boliche “La soledad”.

Desde aquel lejano día todo se volvió silencio y abandono en la mansión. La maleza invadió sus jardines y la humedad ennegreció sus paredes. Los pájaros anidaron en sus tirantes y el chillar de los gorriones la envolvió con sonidos de vida silvestre.


Sus amplios cuartos, distribuidos a lo largo de una espaciosa galería -alguna vez adornada con macetas de arcilla y hojas de salón - tenían un aire aristocrático que el tiempo se encargó de borrar. Ahora, alguna que otra maceta de lata con escuálidos malvones y el aljibe con el brocal ladeado, reflejaban el desdén de usurpadores furtivos. Un nuevo estilo de vida se gestaba en “La mansión”.


Términos lunfardos de estos relatos:


Frangoyo: Asunto turbio, dudoso.
Gayola: Cárcel
Cafúa: Cárcel
Choreo: Robo
Alcachofa: Alcahuete
Orejero: Obsecuente
Cafaña: Rústico, ordinario
Garronear: Pedir, demandar gratis
Cañota: Cárcel
Garufear: Divertirse
Envainado: Clavado
Trotera: Ramera
Tira: Policía
Rungla: Gentuza
Caño: Vivienda de soltero
Batuque: Desorden, confusión
Polizón: Policía
Botón: Policía
Disquero: Fanfarrón
Cotín: Cama, colchón
Descarnada: la muerte
Rejilla: Morir
Placa: La muerte
Tremebunda: La muerte
Casa del pueblo: Cementerio
Bataclana: Bailarina de bajos fondos
Descangayada: Deteriorada, vieja, maltrecha
Catrera: Cama



lunes, 14 de diciembre de 2015

CARTA DE MARIANO MORENO A SU AMIGO JUAN JOSÉ CASTELLI

Buenos Ayres, 23 de enero de 1811.-
Apreciado amigo:
Su ausencia me ha deprimido mucho más de lo imaginable. Sin embargo, en vísperas de mi partida, encuentro en la redacción de esta carta, el aliento suficiente para emprender este forzoso viaje, cuyo resultado espero me ayude a superar tantas desilusiones y desencuentros.
Hace un tiempo recibí noticias de Feliciano Chiclana y me ha contado sobre su delicado estado de salud. Debe usted cuidarse; no son éstos los mejores tiempos para enfermarse. Ha sido 1810 un año cargado de emociones, y si algo ha quedado grabado en mi memoria han sido su oratoria y el coraje que supo usted infundirle a todos aquellos jóvenes que, junto a nuestro no menos querido Bernardo, hicieron la verdadera revolución.
Mariano Moreno
Una ardua tarea nos espera. Sé perfectamente que la victoria del 25 de mayo está muy lejos de consolidarse. Debemos actuar con mucha cautela, la burocracia colonial no vacilará un instante en trabar nuestras acciones. Los hechos están a la vista. Siempre se empieza por lo más insignificante. Esta vez me tocó a mí.
Cuando el 18 de diciembre se reunió la Junta, estuvieron todos, excepto Belgrano y usted que estaban en misión militar y los nueve deputados de Buenos Aires, cuyos justificativos no tuvieron sustento. Como teníamos que tratar la incorporación de los diputados del interior, sobraron las excusas, hasta que finalmente obtuvieron la mayoría. Votaron igual que la Junta, a favor. Juan José Paso fue el único que votó en contra. Los demás: Saavedra, Azcuénaga, Alberti y Matheu sostenían que no se ajustaba a derecho, pero… Ese “pero” siempre presente cuando las papas queman… Larrea votó en igual sentido, pero sin consideraciones. Me acusaron de ser responsable de la política seguida por la Junta, de querer exportar la revolución no solamente al Brasil, sino a toda la América Hispana. Rehuyeron toda discusión renovadora, temerosos –tal vez- de enredarse en cuestiones que podrían perjudicar sus bienes, olvidándose del interés del pueblo. Será por eso que siempre me consideraron un individuo peligroso y sin control.
Juan José Castelli
Recordando los sucesos acaecidos en la asamblea del 22 de mayo, donde todo era anormal hasta el absurdo, hierve la sangre en mis venas y mi corazón parece querer estallar de rabia. Escuchar a los empresarios alzar sus voces proclamando las bondades de las leyes coloniales, erigiéndose en exégetas de normas herrumbradas que ellos jamás cumplieron, ni les interesará cumplir jamás. Fue otro ardid para amedrentar cualquier reclamo criollo. Por eso amigo mío, cuando Vicente López me dijo convencido de que “todo había salido bien”, no pude menos que reaccionar terminantemente y decirle sobre mis sospechas de haber sido traicionado. Teníamos entre nosotros muchos más enemigos de los que imaginábamos, y le previne que esos serían los primeros en echarnos el guante. Desgraciadamente el tiempo no tardó en darme la razón…
Además, apreciado amigo, no pudieron digerir la firma del decreto del 6 de diciembre. El presidente, a pesar de haberlo avalado, no estaba muy convencido. Para festejar la victoria de Suipacha, sus seguidores adornaron los salones del cuartel de Patricios con sendas coronas detrás de los asientos destinados al presidente y su esposa. Luego (según me han contado, porque a mi me prohibieron entrar) se produjo un episodio grotesco cuando un oficial alcoholizado presentó a Saavedra los símbolos monárquicos. ¡Un verdadero bochorno!
¿Recuerda usted cuando redactamos la circular para los Cabildos? Era el 26 de mayo. Recuerdo que ese día conversamos largo y tendido sobre el futuro de la revolución. No sé por qué razón me fastidio tanto si todo era previsible. Tantas ideologías dispares, la ausencia de un plan de gobierno. Cada vez que me viene a la memoria la jornada del 25 se me anuda la garganta. Esa plaza llena de platenses exaltados y el ir y venir de French, Beruti, Planes, Chiclana y el Padre Grela, que no lograba tranquilizar a la muchedumbre y de vez en cuando le pedía a Martín Rodríguez que se asomara a los balcones para intentar apaciguarlos.
Querido y apreciado amigo: Quisiera tener en este momento poderes sobrenaturales para detener el paso del tiempo. Son exactamente las cuatro de la tarde y el calor agobiante de esta querida Buenos Ayres me está ahogando y me llena de nostalgia. Sé que he de extrañar todo lo que aborrezco de ella, especialmente cuando el frío de la lejana Europa me haga añorar el calor de la lealtad de mis amigos verdaderos.
Esta noche me embarcaré en la clandestinidad. Al decir de domingo French, quieren eliminarme. Seguramente han canjeado mi vida por una embajada… Algún día disfrutaré la gratitud de estos ciudadanos que hoy me cuestionan y a quienes perdono de corazón. Antes prefiero que el pueblo empiece a creer en el gobierno que en mi propia conducta, porque tengo la certeza de haber defendido con pureza intencional, cada uno de sus derechos.
Reciba usted un fuerte abrazo,
Mariano
jbw-1996- Concurso sobre próceres argentinos.
Final del formulario


miércoles, 25 de noviembre de 2015

CENIZAS



CENIZAS
“…la urna de cenizas
sobre la barra, es
del mismo tamaño
 de una pinta…”
“Last Orders” tráiler


Aquella tarde, como era habitual, los bochófileos se reunieron en el bar del club; esta vez sin “el Beto” Farías. A dos días de su muerte, y sin siquiera haber podido acompañarlo hasta la tumba, sus amigos intentaban elaborar el duelo y continuar con la clásica jornada diaria de quemar horas de conversas anodinas, desde cuando el club supo mantenerse en la cima de los campeonatos.

Todo era pasado; un pasado que sirvió para afianzar una amistad sin mella, más allá de algunas discusiones originadas por la diversidad del grupo.

Ahora, cada cual a su manera, lo recordaba “al Beto” con nostalgia. Cuando la carga etílica rebalsó, se aflojaron las lenguas y dieron rienda suelta a sentimientos subjetivos. “El Beto” se había ido y no pudieron despedirlo como ellos hubieran deseado. Cerraron el jonca y la viuda anunció sin rodeos su cremación.

“El Beto” ocupaba un cargo importante en los espacios oficiales politiqueros; tenía a su  alcance más prerrogativas que otros, lo que le permitía auxiliar a sus amigos en momentos críticos; pero claro, también había retornos de los que nadie hablaba, pero existían. Se daba todos los gustos y su billetera hoy podría estar abultada como mañana escuálida. Así era él, le daba boleo a la guita sin importarle en qué se diluía. Se jactaba de que Matilde, su mujer, sabía guardar su lugar y jamás le cuestionaba sus largas noches de garufa y timba, porque el macho de la casa era él.

Ramón Carrillo, “el Laucha”, fue el primero en arrojar un dardo largamente guardado. Dijo que iba a extrañar las cargadas que le hacía sobre sus hijas, que por cierto no eran muy agraciadas. “El Negro” Pardo, cazó al vuelo el convite y largó lo suyo. Confesó sentirse aliviado de no tener que cargarlo cada vez que se empeludaba; se libraría de  los reproches de la mujer, y de los rezongos de la propia, cuando por la mañana tenía que limpiar los asientos del utilitario, producto de alguna descompostura. En tanto “el Gordo” Tolosa hizo mención al carácter agrio, y hasta sobrador, “del Beto”, pero “el Petiso” Roldán lo justificó, y adujo que esa pedantería era propia de un ganador: “Las mujeres se ‘redetían’ por él” dijo con cierta envidia. Por su parte “el Mocho” Pintos opinó que  tal vez esas ínfulas, vistas como un defecto, no eran otra cosa que mostrarse en primer plano. “Él era así”, justificó, y apostó a que no le quitaba mérito a su persona, recordando su origen humilde. “Eso me consta” dijo. “Conmigo tuvo un buen gesto cuando se enfermó mi hija”. Ahí algunos cruzaron miradas cómplices, porque sabían cuál era “ese gesto”. Había “algo” que muy pocos conocían y que surgió de la mujer del conserje, de quien todos sabían del fato con “el Beto”. La despechada espetó: “Dejen de lamentarse tanto por ese hdp, yo lo biché cuando iba al quiosco del turco Felipe”. El quiosco lo atendía la mujer del turco y cuando “el Beto” pispeaba que la revista “Hola” la exhibía invertida, exclamaba: “¡Oh! Llegó la ‘Hola’, voy a comprársela a mi mujer” Y salía escarpiendo al quiosco, para regresar una hora y media más tarde con la revista bajo el brazo, cuando se acordaba de traerla. Era la clave, ese día el turco estaba de turno en la sala de primeros auxilios y no podía abandonar la guardia. Por eso la mujer  odiaba a la quiosquera y aumentó su encono contra ella y “el Beto”, cuando éste dejó de jugar con fuego después que el conserje le mostrara la 9 mm que guardaba en un cajón de la barra.

En un segundo, y como por arte de magia, todo fue silencio. Hasta las miradas se ocultaron. No podían creer lo que acababan de escuchar. Nadie se atrevía a hablar ni a levantar la vista. Estaban todos fichados por esta mujer. No le conocían esa cara; era peligroso ser su enemigo. El silencio era la mejor manera de cubrir la olla que ella amenazaba destapar.

A todo esto se hizo un silencio fatídico, cuando de sopetón entró la viuda como un huracán. Sin mediar palabras se fue hasta la barra y allí depositó con vehemencia un pequeño cilindro del tamaño de un balón: “Acá lo tienen. Se los dejo -les dijo rabiosa-  Hagan con él lo que quieran”. Dio media vuelta y se fue.

El cilindro tenía un rótulo adherido: “Roberto ‘Beto’ Farías - † 20/10/1012”.



sábado, 22 de agosto de 2015

EL TANATOPRACTOR (Relato de 50 palabras)



Surcado por delgadas estrías, el rostro de María -más que los años transcurridos- delataba las huellas de su agonía interminable. El tanatopractor la recibió, y en silencio, se entregó con paciencia a su labor profesional. Una hora después, terminada su obra de arte, la expuso en un féretro de cedro. 

lunes, 17 de agosto de 2015

TOMANDO MATE CON EL VIEJO VIZCACHA (2 relatos)

CUANDO NIÑO, TOMÉ MATE CON EL VIEJO VIZCACHA

-Yo conocí al Viejo Vizcacha… -le dije al profesor cuando recitaba los versos del Martín Fierro.
-¿De verdad que usted lo ha conocido jovencito? – me preguntó irónicamente ante la risa desatada del resto de la clase.

-¡Sí señor! – respondí con seguridad.

-Pues entonces, niño, cuéntanos cómo fue ese encuentro…-exigió el españolizado profe.

Entonces comencé a contar mi pequeña historia: “Todos los veranos, con mi primo Francisco, pasamos las vacaciones en el campo de nuestros tíos Eduardo e Inés. Como ellos no tienen familia, nosotros pasamos a ser sus hijos adoptivos por quince días. Nuestra principal diversión es cabalgar unos matungos viejos muy mansos, pero no menos mañeros, que están gordos y lentos de haraganería. Los  tíos solo se ocupan de darnos de comer y vigilar que nos lavemos antes irnos a la cama, una recomendación de nuestras madres que la tía Inés cumple religiosamente. Del resto se encarga Vicente Luna, el peón entrado en años que vive en una casita ubicada detrás del galpón donde se guardan las herramientas, la chatita Ford A y algunas bolsas de cereales. Vicente es el que nos lleva a todas partes, desde arriar las vacas, atender la majada de ovejas y revisar los hilos de los alambrados, hasta levantar los huevos del gallinero. De vez en cuando, con gran habilidad, Vicente caza con sus boleadoras algunas perdices que después cocina a la parrilla; entonces cenamos con él. Cuando esto sucede nos
dice:No hagan renegar a doña Inés. Coman conmigo así ella no tiene que cocinar’. Y la verdad es que a nosotros nos gusta más comer con Vicente, porque nos cuenta laaaargas historias de gauchos matreros que andan vagabundeando por la zona. Dos veces a la semana vamos al pueblo a buscar las cartas y los diarios que recibe el tío; a veces la tía nos encarga que compremos el pan. Lo que sí hacemos siempre, es llevarle algún pollo o pavo desplumado con algunos duraznos y peras al cura del pueblo, además de la infaltable bolsa de higos, que según la tía Inés, son la debilidad del padre Pedro.

Y fue a nuestro regreso de una de esas cabalgadas, que nos sorprendió una tormenta de viento y tierra. Para evitar la mojadura, Vicente ordenó que apuráramos el trote para llegar lo antes posible a la tapera que está a medio camino. Cuando estábamos a unos 50 metros se largó el aguacero y llegamos al refugio todos empapados. Grande fue nuestra sorpresa al encontrarnos con tres caballos atados a un árbol y observar que salía humo del interior de la casucha. Vicente se apeó y nos hizo señas de silencio, y que esperáramos en la galería. Al rato salió y nos ordenó que entráramos. Allí había tres gauchos mateando, uno de ellos era un viejo barbudo y sucio. ‘Estos son los gurises del patrón’ dijo Vicente a modo de presentación. Los jóvenes gauchos levantaron la vista y nos dieron la bienvenida; el viejo, mate en mano, nos miró con cara de malo y soltó: “Donde los vientos me llevan, allí estoy como en mi centro. Cuando una tristeza encuentro, tomo un trago pa’alegrame. A mi me gusta mojarme por ajuera y por adentro”, y lanzó una carcajada endiablada. “Tome un amargo compadre” - le dijo a Vicente extendiéndole el mate. “Al menos mójese las tripas pa’seguir andando”. Vicente tomó el mate y agradeció la gentileza del viejo; luego, nos miró a nosotros, y para tranquilizarnos agregó: “Este es el gaucho Vizcacha, del que tantas historias les conté, y los mozos son los hijos de Martín Fierro, el gaucho errante de nuestras pampas”. Entonces el viejo volvió a tomar la palabra y confirmó lo de Jacinto: “Ansí es, me llaman ‘el viejo vizcacha’, por avaro y mandón, pero recuerden siempre que el que gana su comida, bueno es que en silencio coma, ansina ustedes ni por broma, quieran llamar la atención, nunca escapa el cimarrón, si dispara por la loma”.

Cuando paró la lluvia montamos nuestros matungos y partimos en silencio rumbo a casa. Sólo hablaba Vicente, que nos contaba sobre las penurias de los chicos Fierro y el aguante que tenían para con el Viejo Vizcacha. Andaban por la zona haciendo un gran arreo de ganado cuando fueron sorprendidos por la tormenta que los obligó a refugiarse en la tapera. Así conocí al Viejo Vizcacha”.

Cuando terminé mi relato se oía hasta el zumbido de las moscas. Todos, incluso el profe, estaban en silencio y con la boca abierta. Es que mi historia era real; yo había mateado con el Viejo Vizcacha y los hermanos Fierro, y eso fue a mediados del siglo XX, en medio de estas extensas tierras planas de  horizontes infinitos.

NOTA: Mi homenaje a don Vicente Luna a quien recuerdo con especial cariño. Gaucho noble y paciente, gran domador y jinete habilidoso. 
Cementerio de San Eduardo. Don Vicente Luna es recordado
por sus sobrinos en una placa sin fecha de fallecimiento















 CAMINO DE LA RASTRILLADA

El tren llegó a Pergamino al atardecer y los viajeros se dirigieron al hospedaje del pueblo. En el establo estaban los carruajes y los caballos listos para la travesía del día siguiente. El clima  caluroso demandaba que la partida debía iniciarse muy temprano, hacia los campos del Venado Tuerto. Frente a la posada, y desde muy temprano, mucha  gente se juntó para ver los carruajes nuevos y los caballos de pedigrí con lustrosos arneses dorados, prontos para la travesía. El espectáculo era inusual para el pueblo, que no estaba acostumbrado a ver a tata gente arribar por ferrocarril.  “¿Qué andarán buscando  por acá tantos ingleses?” se preguntaban, sin saber que era un grupo de intrépidos adelantados dispuestos a ensanchar las fronteras de la pampa y poblar las desiertas tierras santafesinas.

A medio camino, el sol estaba en plomada y el calor agobiante obligó a los viajeros a tomarse un descanso a orillas de una laguna, donde los animales pudieran abrevar. En el otro extremo del pantano, se divisaba una columna de humo que llamó la atención a Don Eduardo Casey -guía de la expedición, hombre intrépido y observador- quien de inmediato tomó sus catalejos y pudo escrutar un reducto. Ante el temor de una embestida maleva que pusiera en riesgo a los viajeros, montó a caballo y partió hacia el lugar acompañado por el postillón.

Cuando llegaron al asentamiento, tres hombres salieron a su encuentro con cara de pocos amigos. Casey, avezado en estas huestes, les ganó de mano y saludó efusivamente con un “¡Buenas tardes paisanos!” y se apeó del caballo. “Ando buscando ayuda” dijo con autoridad aplomada. “Se nos ha quebrado una pierna el postillón y necesitamos unos maderos para entablarlo”-arguyó con astucia. Los tres  hombres seguían inmutables mirándose unos a otros, como si no entendieran el lenguaje del forastero. Entonces Casey
continuó: “Tengo a cambio aguardiente y tabaco para compensar”. En ese instante se miraron entre ellos dando señales de aprobación a lo que el más veterano respondió: “Aura sí hay trato”. De inmediato Casey le ordenó al postillón que fuera a buscar lo prometido mientras él continuaba conversando con sus anfitriones, que lo invitaron a matear con un anciano que, cobijado bajo un toldo precario, estaba sermoneando a un chico que escuchaba con atención sus palabras.

 -“Vos sos pollo, y te convienen toditas estas razones, mis consejos y lecciones, no echés nunca en el olvido, en las riñas he aprendido a no pelear sin puyones”, decía el viejo apuntándole su índice derecho, y con la izquierda sostenía el mate humeante. En eso estaba cuando giró la vista a los recién llegados; y como queriendo legitimar sus regaños, espetó: “Con estos consejos y otros que yo en mi memoria encierro, y que aquí no desentierro, educándome seguía, hasta que al fin se dormía, mesturao entre los perros”,  y tomó la pava enhollinada y vertió agua en el mate que alcanzó al forastero: “Me yaman el Viejo Vizcacha” dijo “Porque me achacan roñoso y agarrau, pero mi cumpa Martín, ánima en pena que anda rondando el pago, me dejó a este gurí guacho pa’ que no juera pillao por la milicada”.

¿Quién era Martín? - preguntó Casey devolviendo el mate acabado.

El gaucho Fierro -respondió el cacique anfitrión.

-¿Y anda por estos pagos? -indagó nuevamente Casey.

-No se sabe, porque se ha cortado entre los infieles cuerpiándole a los milicos, el viejo, que siempre anda echando panes, lo da por muerto fantaseando con su ánima  penando querencia… 

-Es ansina aparcero, -soltó el viejo Vizcacha- ¡La pucha si era guapo el Martín! ¡Se retoba conmigo cuando el gurí se mete en nido ajeno!¡Pero el muy ladino es astilla del mismo palo y no lo puedo enderezar! -Deliraba malignamente el viejo como queriendo probar la dureza con la que trataba al chico.

Y así siguió la conversa,  entre los delirios del Viejo Vizcacha y la preocupación de don Eduardo por ganarse la confianza de este revoltijo de criollos y aborígenes; matreros y forajidos; temibles y mansos nómades lanzados a su suerte en medio del desierto pampeano, mientras esperaba el regreso del postillón con los elementos de canje. Sin dudas -casi con certeza- se podría afirmar que don Eduardo Casey fue el primer gringo con alma gaucha, que campeó estos confines inciertos donde mateó con el Viejo Vizcacha a orillas de la laguna, camino de la rastrillada.

Este relato obtuvo Mención de Honor en el certamen "Mateando con el Viejo Vizcacha" que organizó el área Literatura de la Municipalidad de Venado Tuerto por el día de la tradición. 10 de noviembre de 2014