martes, 8 de marzo de 2016

LA MANSIÓN


“Cuna de tauras y cantores,
de broncas y entreveros,
 de todos mis amores....
En tus muros, con mi acero,
yo grabé nombres que quiero”


El viejo edificio se erguía cual reliquia intocable del arrabal. De paredes altas y revoques finos, era una de las tantas construcciones diseñadas por arquitectos de exquisitos gustos parisinos. Edificada con finos ladrillos moldeados por manos callosas de hombres y mujeres, que bajo el sol ardiente de la pampa, deprisa consumían sus vidas.

Para disgusto de muchos, que deseaban verla arrasada, la antigua mansión conservaba los rasgos señoriales de los años 30, cuando Madame Bouchard organizaba tertulias en las que se bailaban tangos bajo la lluvia espumosa de champán.

Y fue precisamente en una de esas festicholas que  la Baronesa perdió la vida en medio de un fárrago etílico, que desató intrigas lujuriosas y celos desenfrenados.

Aquella fatídica noche Epifanio Avellaneda, “el Dandy”, perdió los estribos cuando sorprendió a su amigo ensartado en la bañera con la anfitriona. Muy caliente, retornó al salón, le arrebató la faca al “gurí” Salvador Carrillo y se lanzó con furia sobre la pareja. El metal  se hundió hasta el mango en el corazón de la franchuta y las pompas se tiñeron de rojo. En medio del revoltijo, cual dos fantasmas ceñidos en tules púrpura, el trolo y el bufa rajaron para perderse en la nebulosa madrugada.  Se supo que el progenitor del “Dandy” los embarcó rumbo a Europa, con el recaudo
de unas cuantas hectáreas malvendidas y un buen lote de ganado fletado al frigorífico. El reparto de divisas debió ser grande para blanquear el crimen, porque a escasos días de aquellos hechos, el hacendado se metió un plomazo en el pecho que le destrozó el bobo y lo transportó al Campo Santo.

El frangoyo nunca se aclaró. Entre el ave negra defensor y el Juez de la causa, se encargaron de acomodar el fato. “El gurí”, dueño de la faca homicida, cargó con la romana a cambio de una mísera cometa que le permitió zafar de la gayola de por vida. Sentenciado por forzar el delito, el pobre diablo se chupó dos años en cafúa por un crimen que no cometió.

Cuando la milicada penetró los muros residenciales a las órdenes del sargento Diógenes Guiñazú, alias “El Tordo” -más aficionado al choreo que a investigar- fue el fin de la aristocrática mansión. Esa madrugada no quedó un solo hueco sin revisar, y en pocos días la joya arquitectónica quedó desmantelada. Nadie supo adónde fueron a parar los muebles de estilo, la vajilla de porcelana Meissen y la cristalería Baccarat de la Baronesa.

Pero no faltó un alcachofa orejero habitué del piringundín de “la Porota Pardo”, que vichó las copas de cristal tallado, en remplazo de los de cafaña. Al decir de “la Porota” se trataba de una “gentileza de un habitué distinguido de la casa”. ¡Cómo sería de “distinguido” ese cliente, que hasta le regaló una cadena para el inodoro, igualita a la de la mansión!  Para “el Tordo” todo servía con tal de garronearle un favor a la Pardo.

Dos años más tarde, reducida la condena por buen comportamiento, “el gurí” abandonó la cañota y volvió a garufear por el ambiente, hasta que finalmente terminó en un zanjón envainado por una trotera del boliche “La soledad”.

Desde aquel lejano día todo se volvió silencio y abandono en la mansión. La maleza invadió sus jardines y la humedad ennegreció sus paredes. Los pájaros anidaron en sus tirantes y el chillar de los gorriones la envolvió con sonidos de vida silvestre.


Sus amplios cuartos, distribuidos a lo largo de una espaciosa galería -alguna vez adornada con macetas de arcilla y hojas de salón - tenían un aire aristocrático que el tiempo se encargó de borrar. Ahora, alguna que otra maceta de lata con escuálidos malvones y el aljibe con el brocal ladeado, reflejaban el desdén de usurpadores furtivos. Un nuevo estilo de vida se gestaba en “La mansión”.


Términos lunfardos de estos relatos:


Frangoyo: Asunto turbio, dudoso.
Gayola: Cárcel
Cafúa: Cárcel
Choreo: Robo
Alcachofa: Alcahuete
Orejero: Obsecuente
Cafaña: Rústico, ordinario
Garronear: Pedir, demandar gratis
Cañota: Cárcel
Garufear: Divertirse
Envainado: Clavado
Trotera: Ramera
Tira: Policía
Rungla: Gentuza
Caño: Vivienda de soltero
Batuque: Desorden, confusión
Polizón: Policía
Botón: Policía
Disquero: Fanfarrón
Cotín: Cama, colchón
Descarnada: la muerte
Rejilla: Morir
Placa: La muerte
Tremebunda: La muerte
Casa del pueblo: Cementerio
Bataclana: Bailarina de bajos fondos
Descangayada: Deteriorada, vieja, maltrecha
Catrera: Cama



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