martes, 8 de marzo de 2016

CASERÓN ANTIGUO

Mientras la luna serena
baña con su luz de plata
como un sollozo de pena
se oye cantar su canción
dulce y sentida
que todo el barrio escuchaba
cuando el silencio reinaba
en el viejo caserón.

“Sueños y dramas  de conventillo”

Entre los nuevos moradores del viejo caserón abandonado, había personajes de los más diversos estratos sociales. Los que más se destacaban eran un policía dócil e introvertido y un sindicalista revoltoso y pendenciero. Ambos tenían mujer e hijos y cada cual atendía su juego.

El policía, que de tira no tenía nada, era conocido en solfa como “Vito Nervio”, y su mujer como “Terencia” porque, además de tener las piernas flacas y largas, era tan quilombera como tero de empolle. Obsesiva al extremo por la limpieza, obligaba a los chicos a permanecer en la galería, sin importarle las inclemencias del tiempo mientras ella limpiaba; su manía por el aseo no impedía que el frío invernal frenara su impetuosa batalla contra la mugre.

Unos metros más al fondo tenía su cuarto Carlos Leiva, conocido popularmente como “El Cacho”, que en su revire alcohólico se consideraba el capo máximo del conventillo. Allí habitaba con su mujer y una tracalada de chicos propios y ajenos, y el aseo no era precisamente una de sus virtudes.

La vida del rufián estaba marcada por estigmas de una juventud plagada de delitos. Durante muchos años fue líder de la patota que custodiaba a un alemán filo-nazi que manejaba el Sindicato de Estibadores. Cuando el germano fue asesinado por una runfla rival, el grupo se disolvió y “el Cacho” con sus secuaces perdió el dominio sindical.  Incapaz de controlar sus emociones, se entregó totalmente al chupe, y cuando el vicio se arraigó, perdió el control de sus actos.

Esto provocó que la precaria convivencia en el conventillo se resintiera. Cada vez que “el Cacho” llegaba empeludado, hinchaba los quinotos con arrojarse al pozo de agua, poniendo en jaque al vecindario, que presurosamente se empeñaba en disuadirlo de tamaño despropósito. La escena, que se repetía hasta el hartazgo, pasó a ser tan habitual, que una noche los vecinos optaron por ignorar al maniático suicida. Entonces "el Cacho" se desinfló; comprendió que sus amenazas ya no infundían el terror habitual y sintió los efectos del abandono y el sabor amargo de la derrota.

En penumbras, y rodeado por una decena de galgos pulgosos, el curda no resistió la indiferencia, y con gritos furiosos se fue hasta el corredor iluminado por una lámpara de 15. Allí se plantó frente al caño del “Mariposa” Cornejo; golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Pero enseguida reaccionó: “¡Perdoname comilón!”, le dijo, recordando que el trolo era amigo del JuezDe inmediato arremetió contra la puerta siguiente; allí tampoco le dieron pelota. Enfurecido, retrocedió unos pasos para tomar impulso y la encaró con todas sus fuerzas; la
cerradura cedió y "el Cacho" pasó de largo. ¡Entonces sí que se armó un batuque descomunal! Se desató un griterío infernal entre la mujer y los niños que allí dormían. Desparramado por el suelo, el infeliz estaba desorientado, y cuando se encendió la luz, se encontró con el gigantesco polizón parado junto a la catrera. Con los puños tensos -señal de bronca reprimida- el botón, hinchado por las bravuconadas del disquero, no estaba dispuesto a comerse otro garrón. Sin vueltas conminó al hinchapelotas a que se esfumara; pero el rebelde "Cacho" ignoró el mandato y pretendió impartir sus propias órdenes desde su incómoda postura. Tremenda insolencia recalentó a "Vito Nervio" que, con destreza profesional, tomó el fierro reglamentario y lo apoyó en la sabiola del intruso. Recién entonces "el Cacho", abatido, comprendió la gravedad de su falta.

El tole-tole fue tan grande que los vecinos, previendo una desgracia, se apresuraron a cargarlo  y arrastrarlo hasta su cuarto. Allí lo tumbaron sobre un cotín mugroso, donde lloró sus penas a moco tendido.

"El Cacho" volvería a mamarse muchas veces más, pero jamás olvidaría el frío que le dejó sobre la frente el fierro de "Vito Nervio". Esa noche volvió a sentir el aliento helado de la descarnada, que merodeando la mansión de Madame Bouchard, esperaba con paciencia llevárselo por la rejilla.

Cuando regresó el silencio, se oyó el canto amoroso de los grillos; también se vieron los cortejos luminosos de las luciérnagas; a lo lejos, una radio emitía música de Francisco Canaro y Charlo cantaba “Duelo Criollo”. Era la señal de que el mundo seguía andando.

A pesar de tantos avatares, el caserón se mantenía erguido y orgulloso de su estirpe.  Otra vez la flaca había penetrado sus muros y se fue sin su presa. ¡Había entrado tantas veces, que ya sus moradores no la tenían en cuenta! Desde aquella primera vez, cuando llegó atraída por la lujuriosa festichola de Madame Bochard, sus visitas fueron rutinarias. La mishiadura, principal generadora de pestes, parecía haberse asociado a la implacable tremebunda empeñada en llevarse más gente a la casa del pueblo.

 Mientras tanto, y como una bataclana descangayada, la antigua mansión sintió el implacable efecto de los años. Con su fachada descascarada y ladrillos a la vista cual heridas abiertas, parecía esperar con disimulada resignación el lento y persistente abandono de sus humildes moradores.

Términos lunfardos de estos relatos:


Frangoyo: Asunto turbio, dudoso.
Gayola: Cárcel
Cafúa: Cárcel
Choreo: Robo
Alcachofa: Alcahuete
Orejero: Obsecuente
Cafaña: Rústico, ordinario
Garronear: Pedir, demandar gratis
Cañota: Cárcel
Garufear: Divertirse
Envainado: Clavado
Trotera: Ramera
Tira: Policía
Rungla: Gentuza
Caño: Vivienda de soltero
Batuque: Desorden, confusión
Polizón: Policía
Botón: Policía
Disquero: Fanfarrón
Cotín: Cama, colchón
Descarnada: la muerte
Rejilla: Morir
Placa: La muerte
Tremebunda: La muerte
Casa del pueblo: Cementerio
Bataclana: Bailarina de bajos fondos
Descangayada: Deteriorada, vieja, maltrecha
Catreta: Cama





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