jueves, 4 de agosto de 2016

AMIGOS PARA SIEMPRE

Sucedió en la década del 50, el día que murió el tropero Aquilino Monzón. Durante su ancianidad Aquilino vivió sus últimos años “de regalo” en el puesto Nº 3 de la Estancia “La Británica”, de Alejandro Estrugamou.  Digo “de regalo”, no porque su patrón fuese generoso, sino porque sus amigos, intercedieron ante el mayordomo para que el viejo permaneciera en su querencia en el ocaso de su vida. Cuando cumplió los 70 Aquilino pasó a retiro con una mísera jubilación y un capital compuesto por los enseres del rancho, el matungo “Pajarito” y una montura deshilachada; además del fiel “Cachilo”, un perro ovejero alemán que le regaló el cura del pueblo y que también estaba en el otoño de su existencia.  

Eran las 10 de la mañana del sábado 16 de febrero del 52, cuando en el silencio veraniego de la pampa, Aquilino mateaba a la sombra del chañar frente al rancho. De pronto una brisa norteña sacudió los ramales del árbol; “Cachilo” gruñó y se asustó cuando su amo dejó caer el mate para reclinarse en el respaldo del banco.

Ese mediodía, como lo hacía habitualmente, pasó por el puesto el “Cholo” Cutró y se encontró con la triste escena de Aquilino sin vida y “Cachilo” acurrucado a sus pies. El “Cholo”, acostumbrado a trabajos pesados, alzó al viejo en sus brazos y lo tendió en el catre; luego salió a dar la noticia.

Al atardecer la peonada en pleno estaba velando a su amigo Aquilino. “El Cholo” Cutró, “El Chueco” Saravia, Juan Sandoval, “Pirincho” Contreras, “El Nene” Bursa y algunos más permanecieron hasta entrada la noche con Aquilino cómodamente instalado en su ataúd. Mientras tanto se había encendido el fuego y en la parrilla chillaba un costillar cuyo aroma apetitoso hacía rugir las tripas.


Los presentes se amucharon alrededor de la parrilla para saborear el manjar con una buena dosis de tintillo. Entre bocado y bocado corrían leyendas y recuerdos del finado, de quien todos guardaban el mejor de los recuerdos. De vez en cuando alguno alzaba su copa y brindaba en su honor. 

Era medianoche y solamente quedaron los más íntimos. Cuatro amigos inseparables que comenzaron a aburrirse. “El Cholo” Cutró que lideraba el grupo, comenzó a lamentarse por la muerte de Aquilino y consideró que no era esta la manera de despedirlo. 

-“Esta noche no va a venir más gente…” -dijo con lamento- “Y esto se está poniendo muy pesado”.

- “Y qué vamos a hacer, “Cholo” -acotó Pirincho Contreras- "No podemos dejarlo solo al finado, tenemos que velarlo…” 

-  “Es precisamente eso lo que no vamos a hacer…” -retrucó “el Cholo”- “Lo vamos a llevar con nosotros a tomar una copas al 'Coloso'”. 

Y así lo hicieron. Cargaron el jonca y a "Cachilo" en la chata del “Chueco” y partieron rumbo al boliche “El Coloso”. Allí pasaron la noche entre copas y truco; mientras afuera Aquilino y "Cachilo" esperaban pacientemente en la chata.

Apenas despuntó el día, emprendieron el regreso al rancho y continuó el velorio hasta la hora del sepelio. 

Así son los verdaderos amigos, los que no te abandonan ni el día de tu muerte. 




martes, 8 de marzo de 2016

CASERÓN ANTIGUO


Mientras la luna serena
baña con su luz de plata
como un sollozo de pena
se oye cantar su canción
dulce y sentida
que todo el barrio escuchaba
cuando el silencio reinaba
en el viejo caserón.



La visita”

Entre los nuevos moradores del viejo caserón abandonado, había personajes disímiles y comportamientos y costumbres múltiples. Los que más se destacaban eran un policía y un  sindicalista; el primero manso y retraído y el otro, revoltoso y pendenciero. Ambos tenían mujer e hijos y cada cual atendía su juego.

El policía, que de tira no tenía nada, era conocido en solfa como “Vito Nervio”, y a su mujer la bautizaron “Terencia” porque, además de piernas flacas y largas, era tan quilombera como tero cuidando el nido. Obsesiva al extremo por la limpieza, obligaba a los chicos a permanecer en la galería, mientras ella aseaba el cuarto, sin importarle las inclemencias del tiempo; su manía por el aseo no impedía que el frío invernal frenara su batalla impetuosa contra la mugre.

Unos cuartos más al fondo vivía Carlos Leiva, conocido popularmente como “El Cacho”, que en su revire alcohólico se consideraba el capo máximo del conventillo. Allí habitaba con su mujer y una tracalada de chicos propios y ajenos, y el aseo no era precisamente una de sus virtudes.

La vida del rufián estaba marcada por estigmas de una juventud plagada de delitos. Durante muchos años fue líder de la patota que custodiaba a un alemán neo-nazi que manejaba el Sindicato de Estibadores. Cuando el germano fue asesinado por una runfla rival, el grupo se disolvió y “el Cacho” con sus secuaces perdió el dominio sindical.  Incapaz de controlar sus emociones, “el Cacho” se entregó totalmente al chupe, y cuando el vicio se arraigó, perdió el control de sus actos.

Esto provocó que la precaria convivencia en el conventillo también se resintiera. Cada vez que “el Cacho” llegaba empeludado, hinchaba los quinotos con arrojarse al pozo de agua, poniendo en jaque a todo el consorcio, que presurosamente se empeñaba en disuadirlo de tamaño despropósito. La escena, que se repetía hasta el hartazgo, pasó a ser tan habitual, que una noche los vecinos optaron por ignorar al maniático suicida. Entonces "el Cacho" se desinfló; comprendió que sus amenazas ya no infundían el terror habitual y sintió los efectos del abandono y el sabor amargo de la derrota.

En penumbras, y rodeado por una decena de galgos pulgosos, el curda no resistió la indiferencia, y con gritos furiosos se fue hasta el corredor iluminado por una lámpara de 15. Allí se plantó frente al caño del “Mariposa” Cornejo; golpeó la puerta y no obtuvo respuesta. Pero enseguida reaccionó: “¡Perdoname comilón!”, le dijo, recordando que el trolo era amigo del Juez. De inmediato se fue hasta la próxima habitación; allí tampoco le dieron pelota. Enfurecido, retrocedió unos pasos para tomar impulso y encaró la puerta con toda furia; la cerradura cedió y "el Cacho" pasó de largo. ¡Entonces sí que se armó un batuque descomunal! Se desató un griterío infernal entre la mujer y los niños que allí dormían. Desparramado por el suelo, el infeliz estaba desorientado, y cuando se encendió la luz, se encontró con el gigantesco polizonte parado en calzoncillos junto a la catrera. Con los puños tensos -señal de bronca reprimida- el botón, hinchado por las bravuconadas del disquero, no estaba dispuesto a comerse otro garrón. Sin vueltas conminó al hinchapelotas a que se fuera; pero el rebelde "Cacho" ignoró el mandato y pretendió impartir órdenes desde su incómoda postura. Tremenda insolencia recalentó a "Vito Nervio" que, con destreza profesional, tomó el fierro reglamentario y lo apoyó en la sabiola del intruso. Recién entonces "el Cacho", abatido, comprendió la gravedad de su falta.

El tole-tole fue tan grande que los vecinos, previendo una desgracia, se apresuraron a llevarlo arrastrado hasta su cuarto. Allí lo tumbaron sobre un cotín mugroso, donde “el Cacho” lloró sus penas a moco tendido.

"El Cacho" volvió a mamarse muchas veces más, pero jamás olvidó el frío que le dejó en la frente, el fierro de "Vito Nervio". Es que esa noche volvió a sentir el aliento helado de la descarnada, que merodeando la mansión de Madame Bouchard, esperaba con paciencia llevárselo por la rejilla.

Cuando regresó el silencio, se oyó el canto amoroso de los grillos; también se vieron los cortejos luminosos de las luciérnagas, mientras a lo lejos, una radio trasmitía música de Francisco Canaro y la voz de Charlo cantando “Duelo Criollo”. Era una clara señal de que el mundo seguía andando.

A pesar de tantos avatares, el caserón se mantenía erguido y orgulloso de su estirpe.  Otra vez la flaca había penetrado sus muros y se fue sin su presa. ¡Había entrado tantas veces, que ya no la tenían en cuenta! Desde aquella primera vez, cuando llegó atraída por la lujuriosa festichola de Madame Bochard, sus visitas fueron rutinarias. La mishiadura, principal generadora de pestes, parecía haberse asociado a la implacable tremebunda empeñada en llevarse más gente a la casa del pueblo.

 Mientras tanto, y como una bataclana descangayada, la antigua mansión sintió el implacable efecto de los años. Con su fachada descascarada y los ladrillos al descubierto cual heridas abiertas, parecía esperar con resignación, el abandono de sus humildes moradores. 




LA MANSIÓN



“Cuna de tauras y cantores,
de broncas y entreveros,
 de todos mis amores....
En tus muros, con mi acero,
yo grabé nombres que quiero”


Fin de fiesta


El viejo edificio se erguía cual reliquia intocable del arrabal. De paredes altas y revoques finos, era una de las tantas construcciones diseñadas por arquitectos de exquisitos gustos parisinos. Edificada con finos ladrillos amoldados por manos callosas de hombres y mujeres, que bajo el sol ardiente de la pampa, deprisa consumían la fragilidad de sus vidas.

Para disgusto de muchos que deseaban verla arrasada, la antigua mansión conservaba los rasgos señoriales de los años 30, cuando Madame Bouchard organizaba tertulias, en las que se bailaban tangos bajo la lluvia espumosa de champaña.

Y fue precisamente en una de esas festicholas donde la Baronesa perdió la vida en medio de un fárrago etílico, que desató intrigas lujuriosas y celos exagerados en una noche desenfrenada.

Aquella fatídica noche Epifanio Avellaneda, “el dandy”, perdió los estribos cuando sorprendió a su amigo ensartado en la bañera con la anfitriona. Más caliente que africano con fiebre, se volvió al salón, le arrebató la faca al “gurí” Salvador Carrillo y se lanzó con furia sobre la pareja. El fierro se hundió hasta el mango en el corazón de la franchuta y en instantes las pompas se tiñeron de rojo. En medio del revoltijo, como dos fantasmas púrpuras, el maricón y el bufa rajaron para perderse en la nebulosa madrugada.

Se dijo que el progenitor del “Dandy” los embarcó a Europa, con el recaudo de unas cuantas hectáreas malvendidas y un buen lote ganadero fletado al frigorífico. El reparto de divisas que hizo el hacendado debió ser muy grande para blanquear el crimen, porque a escasos días de aquél zafarrancho, el estanciero buscó la muerte con un balazo en el pecho que lo transportó a Campo Santo.

El frangoyo nunca se aclaró. Entre el ave negra defensor, el Fiscal y el Juez de la causa, se encargaron de acomodar el fato. “El gurí”, dueño de la faca homicida, cargó con la romana a cambio de una mísera cometa que le permitió zafar de la gayola de por vida. Sentenciado por forzar el delito, el pobre diablo se chupó dos años en cafúa por un crimen que no cometió.

Cuando la milicada penetró los muros a las órdenes del sargento Diógenes Guiñazú, alias “El Tordo” -más aficionado al choreo que a investigar- fue el fin de la aristocrática mansión. Esa madrugada no quedó un solo hueco sin revisar, y en pocos días la casona quedó desmantelada. Nadie supo adónde fueron a parar los muebles de estilo, la vajilla de porcelana Meissen y cristalería Baccarat de la Baronesa.

Pero no faltó un alcachofa orejero habitué del piringundín de la Porota Pardo, que vichó las copas de cristal tallado, en remplazo de los habituales cafaña. Al decir de “la Porota” se trataba de una “gentileza de un habitué distinguido de la casa”. ¡Cómo sería de “distinguido” ese cliente, que hasta le regaló una cadena para el inodoro, igualita a la de la mansión!  Para “el Tordo” todo servía con tal de garronearle un favor a la Pardo.

Dos años más tarde, reducida la condena por buen comportamiento, “el gurí” abandonó la cañota y volvió a garufear por el ambiente, hasta que finalmente terminó en un zanjón envainado por una trotera del boliche “La soledad”.

Desde aquel lejano día todo se volvió silencio y abandono en la mansión. La maleza invadió sus jardines y la humedad ennegreció sus paredes. Los pájaros anidaron en sus tirantes y el chillar de los gorriones la envolvió con sonidos de vida silvestre.

Sus amplios cuartos, distribuidos a lo largo de una espaciosa galería -alguna vez adornada con macetas de arcilla y hojas de salón - tenían un aire aristocrático que el tiempo se encargó de borrar. Ahora, alguna que otra maceta de lata con escuálidos malvones y el aljibe con el brocal ladeado, reflejaban el desdén de usurpadores furtivos. Un nuevo estilo de vida se gestaba en “La mansión”.