miércoles, 25 de noviembre de 2015

CENIZAS

Cenizas


“…la urna de cenizas
sobre la barra, es
del mismo tamaño
 de una pinta…”
“Last Orders” tráiler

Aquella tarde, como era habitual, los bochófilos se reunieron en el bar del club; esta vez sin “el Beto” Farías. A dos días de su muerte, y sin siquiera haber podido acompañarlo hasta la tumba, sus amigos intentaban elaborar el duelo y continuar con la clásica jornada diaria de quemar horas de conversas anodinas.

Todo era pasado; un pasado que sirvió para afianzar una amistad sin mella, más allá de algunas discusiones originadas por la diversidad del grupo.

Ahora, cada cual, a su manera, lo recordaba al “Beto” con nostalgia. Cuando la carga etílica rebalsó, se aflojaron las lenguas y dieron rienda suelta a sentimientos subjetivos. “El Beto” se había ido y no pudieron despedirlo como ellos hubieran deseado. Cerraron el jonca y la viuda anunció sin rodeos su cremación.

“El Beto” ocupaba un cargo importante en los espacios políticos; tenía a su alcance más prerrogativas que otros, lo que le permitía auxiliar a sus amigos en momentos críticos; pero claro, también había retornos de los que nadie hablaba, pero existían. Se daba todos los gustos y su billetera hoy podía estar abultada como mañana escuálida. Así era él, le daba boleo a la guita sin importarle en qué se diluía. Se jactaba de que Matilde, su mujer, sabía guardar su lugar y jamás le cuestionaba sus largas noches de garufa y timba, porque el macho de la casa era él.

En la reunión cargada de nostalgia, Ramón Carrillo, “el Laucha”, fue el primero en arrojar un dardo largamente guardado. Dijo que iba a extrañar las bromas que “el Beto” le hacía sobre sus hijas, que por cierto no eran muy agraciadas. “El Negro” Pardo, cazó al vuelo el convite y dijo lo suyo. Confesó sentirse aliviado de no tener que cargarlo en su auto y llevarlo a la casa cada vez que se empeludaba. Ahora se libraría de los reproches de la mujer del finado, y de los rezongos de la propia, cuando por las mañanas tenía que limpiar los asientos del coche, producto de alguna descompostura. En tanto “el Gordo” Tolosa hizo mención del carácter agrio, y hasta sobrador, del “Beto”, pero “el Petiso” Roldán lo disculpó, y adujo que esa pedantería era propia de un ganador: “Las mujeres se ‘redetían’ por él” dijo con cierta envidia. Por su parte “el Mocho” Pintos opinó que tal vez esas ínfulas, vistas como un defecto, no eran más que para mostrarse en primer plano. “Él era así”, justificó, y apostó a que no le quitaba mérito a su persona, recordando su origen humilde. “Eso me consta” dijo. “Conmigo tuvo un gesto noble cuando se enfermó mi hija”. Ahí algunos cruzaron miradas cómplices, porque sabían cuál era “ese gesto de nobleza”. Había “algo” que muy pocos conocían y que surgió de la mujer del conserje, de quien todos conocían su fato con “el Beto”, cuando la despechada espetó: “Dejen de lamentarse tanto por ese hdp, yo lo biché cuando iba al quiosco del turco Felipe”. El quiosco lo atendía la mujer del turco y cuando “el Beto” pispiaba que la revista “Hola” estaba exhibida invertida, exclamaba: “¡Oh! Llegó la ‘Hola’, voy a comprársela a mi mujer” Y salía carpiendo al quiosco, para regresar una hora y media más tarde con la revista bajo el brazo (cuando se acordaba de traerla). La revista invertida era la clave, ese día el turco estaba de turno de chofer en la sala de primeros auxilios y no podía abandonar la guardia. Por eso la mujer del conserje odiaba a la quiosquera y aumentó su encono contra ella porque la desbancó, cuando "el Beto" dejó de jugar con fuego después que el marido le mostrara el 9 mm que guardaba en un cajón de la barra, “por si las moscas”.
De repente y como por arte de magia, cundió el silencio; los muchachos no podían creer lo que acababan de oír. Nadie se atrevía a hablar ni a levantar la vista ante semejante confesión. Se sintieron entrampados por esta mujer cuya actitud inquisidora desconocían, lo que tornaba peligroso ser su enemigo. El silencio se prolongó largos minutos, era la mejor manera de tapar la olla que por encono, ella amenazaba destapar.

El largo silencio se volvió fatídico, hasta que de sopetón se abrió la puerta de calle y como un huracán entró la viuda del “Beto”. Sin mediar palabras, se dirigió a la barra donde zampó un pequeño cilindro del tamaño de un balón: “Acá lo tienen. -les dijo arrebatada-  Se los dejo. Hagan con él lo que quieran”, dio media vuelta y salió como entró.

El cilindro tenía un rótulo adherido: “Roberto ‘Beto’ Farías -QEPD- † 20/10/1012”.