domingo, 16 de agosto de 2015

MARTA, LA MENSAJERA


La lechuza Marta era la moradora más antigua del Cementerio Municipal. Todas las noches cuando salía a buscar alimentos para su prole, se ubicaba en lo alto de una cruz celta y desde allí, clavando su vista en los rincones más oscuros, atrapaba insectos y roedores de toda especie.

Aquella noche calurosa y de luna llena, todo el bicherío saldría de recorrida y su comida estaría asegurada.

Apenas se había instalado en el mangrullo, descubrió a un ratón escurridizo merodeando entre dos tumbas abandonadas. Instintivamente embistió a su presa, pero la fortuna le jugó en contra. Un gato salvaje, que también tenía al roedor en su mira, se lanzó velozmente al ataque y distrajo a Marta que fue a dar contra un angelito de piedra. Allí quedó tendida e inconsciente patas para arriba. Sin embargo, el felino no tuvo mejor suerte; cuando dio el salto decisivo, un objeto brillante surcó el aire y con un golpe certero le cortó la cabeza que rodó ensangrentada junto a Marta. Cuando la accidentada lechuza volvió en sí, se encontró prisionera entre las manos descarnadas de una silueta macabra.

-  Querida mía –le dijo irónicamente la tremebunda- sos muy vieja para andar sola a estas horas; deberías estar durmiendo con tus pichones....

-  Es que son muchos los buches que tengo que llenar... –respondió Marta temblorosa.

 Está bien, está bien...–le dijo la captora mientras la depositaba sobre la lápida- Ese gato desalmado ya no  podrá hacerte daño, de manera que ya no tengas miedo.

Pero yo no tengo miedo –dijo Marta intentando mostrarse segura mientras acomodaba sus desaliñadas plumas.

¡No seas mentirosa! Estás tan asustada como todos los hombres, que cuando me ven merodeando sus casas hacen cualquier cosa por alejarme, entonces me paso todo el tiempo andando de un lado para el otro sin que me atiendan, en tanto otros me llaman de urgencia... Marta, estoy muy cansada y necesito que me ayudes en mi trabajo... –confesó la anciana que, apoyándose en el cabo de su guadaña, se sentó sobre la tumba junto a la sorprendida lechuza.

- ¡¿Ayudarte yo?! –preguntó intrigada Marta.

Sí. ¡Vos me vas a ayudar porque yo te prolongué la vida y te salvé de las garras de este gato malvado!...-respondió enérgica.

¿Y cómo será mi ayuda? –volvió a preguntar Marta con unas ganas locas de salir volando.

Muy sencillo... Tu trabajo será muy provechoso para las dos. Cuando los hombres se enteren de nuestra sociedad, te van a tener miedo y estarán siempre atentos a tus vuelos y a tus cantos; y para mí será un alivio, porque cuando los visite, me recibirán resignados...

- ¿Y qué debo hacer? –preguntó Marta ansiosa.

Te posarás sobre cada una de las casas que yo te indique, chillarás tres veces y seguirás tu vuelo lento... Desde ahora serás mi fiel mensajera...



Y poniéndose de pie, se marchó perdiéndose en la oscuridad.

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