lunes, 17 de agosto de 2015

LA NAVIDAD DE LOS NIÑOS


Sentado a la sombre del frondoso ombú de la plaza, parloteaba sobre intrépidas lides guerreras que conjugaba con fragmentos de Shakespeare, Scott, Yeats…, poetas de su lengua vernácula.

Su mente perturbada por un tormentoso sueño guerrero, se descontrolaba cuando el absurdo se filtraba por su dañado tejido cerebral. Le decían “el inglés loco”.

Desde que llegó al pueblo, el viejo Tom pasó a ser parte de una comunidad que no dudaba en ayudarlo a subsistir. Aquella noche buena fue Martín, el hijo del panadero, el que se aproximó al escondrijo del inglés, cuya silueta iluminada por la lumbre del brasero, parecía sumida en la más profunda de las meditaciones.

La visita del chico alegró al solitario personaje, que dio signos de recuperarse de su desolado aislamiento. Su acostumbrada parquedad no impidió que le relatara al muchacho la historia de una noche buena que marcó su confusa existencia.

“Fue en 1944, cuando en plena guerra me encontraba en Dinant, a orillas del Mosa en la lejana Europa. Aquel día fuimos sorprendidos por las tropas alemanas y debimos dispersarnos ante una emboscada sembrada de sangre y muerte. Desesperadamente me refugié en una granja abandonada. Cuando me repuse de tanto horror y barbarie, era de noche. Súbitamente oí cánticos navideños entonados por un grupo de niños que chapaleaban en la nieve camino a la iglesia del pueblo. De pronto una antorcha se apartó del sendero y enfiló hacia mí. Cuando la luz iluminó la puerta de mi escondite, escuché con atención un saludo navideño en la vos suave y gentil de una niña: ‘Joyeux Noël, Monsieur’ dijo, y dando media vuelta regresó a la marcha festiva. Al día siguiente, hambriento y con mucho frío, salí de mi refugio. Un silencio apacible pero incierto reinaba en la campiña, y un manto blanco inmaculado cubría la pradera… En el umbral había un trozo de pan y una botella de aguardiente. Gracias a la niña sobreviví de aquél infierno”.

Por un instante callaron las voces.  Sólo se oía el chisporroteo del fuego y el chillar de los insectos de la noche…. Tomando aliento, el anciano continuó con voz entrecortada: “Martín, ahora sos vos quien viene a llenar mi soledad y a ordenar mis sentidos… Una vez leía que si los viejos no nos hacemos como niños, seremos siempre almas errantes... Los niños, Martín, son como la Navidad: el nacimiento y la alegría de la vida…”

Publicado en 1996 por Editorial Del Aromo, en una selección de cuentos cortos: “Erase una vez una noche buena”. Este relato está inspirado en un personaje que vivió en la localidad de La Chispa.

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