lunes, 17 de agosto de 2015

LA CONCIENCIA


Despuntaba el día cuando recobré el conocimiento. Alertado por el chillar de un centenar de gaviotas que se disputaban el alimento, me encontré en una playa con horizontes teñidos de rojo y el sol que se asomaba majestuoso, como un enorme globo de fuego.
Traté de ponerme de pie, pero las piernas no me respondieron. Lentamente me fui deslizando hasta una gruta formada por dos rocas inmensas. Recostado a la sombra, comencé a sentir el dolor de mis labios llagados y la aspereza de mi garganta reseca. El sol, con sus rayos en plomada sobre la ardiente arena, reflejaba a la distancia una figura nebulosa, cuya nitidez comenzó a perfilarse a medida que se aproximaba. Se trataba de una persona joven y esbelta, cuyo rostro –todavía impreciso- me resultaba conocido.

Sin mediar palabras, apoyó su mano sobre mi frente y sentí que todo mi cuerpo se estremecía. Luego sobrevino una agradable sensación de alivio y frescura.

- No tengas miedo - me dijo - Pronto estarás en tu casa y podrás ver a tu esposa, a tus hijos y a cuantos te quieren... Ahora debés tranquilizarte porque lo peor ya pasó...

- ¿Y vos quién sos?... - pregunté - ¿Qué es lo que me ha pasado?

-  No te agites... - me respondió con delicadeza -  Tenés que reponerte de tus lesiones...

- ¿Mis lesiones?... ¡Pero si estoy sano!... – contesté intentando ponerme de pie sin éxito.

¿Ves? No estás en condiciones de arreglártelas solo... Tu embarcación naufragó y vos sos el único que se salvó...

El joven estaba sentado a mi lado compartiendo la sombra de la gruta. Cuanto intentó retirarse lo tomé de un brazo:

- ¡Por favor! – le imploré - ¡No te vayas todavía!... Quiero agradecerte todo lo que has hecho por mí, pero quiero saber de dónde nos conocemos... Porque yo creo conocerte... ¿O es solamente mi imaginación?...

Todos los que estamos aquí nos conocemos... – dijo el joven señalando a todos los que ocupaban la inmensa playa - ¿Ves a esa pareja que va hacia el mar?...

- Sí...

Ellos murieron hace algunos años en tu país... El hombre que está sentado bajo una sombrilla amarilla y roja... ¿Lo ves?

- Sí...

Ese hombre también es argentino... Se suicidó a causa de una deuda que no pudo pagar...

¡Basta por favor! – lo interrumpí - ¡No sigas por favor!... ¡Acabás de aliviar todos mis dolores!  ¿Ahora querés reavivar otros que ya olvidé?

¿De verdad los has olvidado? – me preguntó – ¿Acaso crees que realmente que las cosas se olvidan con el paso del tiempo?

El joven hablaba con tanta autoridad que no pude responder. Se puso de pie y se alejó lentamente mientras  su elegante figura se perdía en la incandescencia del aire.

Inmediatamente recordé que el joven era el hijo de la pareja que se encaminaba a la playa y que los tres habían muerto en un accidente de ruta, mientras que el suicida era mi deudor. Por cobardía no auxilié a los accidentados y por avaricia no perdoné al entrampado.

Encerrado en mi propia soledad, cerré los ojos mientras oía a la distancia el romper furioso de las olas... Luego el ambiente se tornó apacible, pero yo seguía sin encontrar el sosiego tan deseado. Entonces comprendí que no hay mochila más pesada que una conciencia turbada.

Al atardecer llegó la patrulla de rescate.

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