lunes, 17 de agosto de 2015

EL OCASO DEL GUERRERO


      - Pourquoi as-tu retardé. Daniel?
     - Le vieil homme du 113 de la Grand-Rue est très grave, je ne crois pas qu’il passera la nuit…

Daniel era empleado de correos en Boulogne Sur Mer, y el 16 de agosto de 1850 había regresado a su casa más tarde que lo habitual, lo que inquietó a su esposa Juliette. La razón era que don José, el anciano del primer piso de la casa 113 de la Grand Rue, estaba exhalando sus últimos suspiros.

Don José, era un extranjero que había fascinado a Daniel desde el mismo día que le entregó la primera carta proveniente de un país exótico. En aquella ocasión lo atendió una niña de aspecto muy delicado que dijo llamarse María Mercedes y que resulto ser su nieta. Ante la curiosidad de Daniel por saber el origen de la carta, la niña ensayó alguna explicación geográfica que distrajo al abuelo, que impaciente, inquiría quién era el visitante.

      - C’est le facterur, grand-père - anunció la niña
      - Alors, fais-le passer!.. - reclamó el anciano

Cuando Daniel ingresó, se encontró con un hombre de aspecto gentil, de profusa cabellera blanca y bigote espeso, que lo invitó a tomar asiento, mientras dejaba de lado el libro y la gafas para extender su mano amistosa, disculpándose por no ponerse de pie. El anciano se mostró ansioso por conversar con quien tenía interés en escucharlo.

La plática resultó amena para el visitante, que no perdió detalle de lo que el lúcido anciano le contaba sobre su país de origen. Durante su estada, la niña se ubicó a un costado de la sala, y luego de servirle una taza de té a Daniel, le alcanzó a su abuelo reiteradas veces, un pequeño recipiente con una boquilla diminuta, de donde el anciano sorbía el contenido. Daniel pensó que tendría dificultades para ingerir líquidos, por lo que la escena le resultó normal. Lo que no le resultó normal fue la permanencia en la casa, al comprobar que el tiempo transcurrido pasó tan fugazmente escuchando a este personaje particularmente atrapante, que le propuso volver a encontrarse cuantas veces quisiera. Sin dudas, el anciano disfrutaba contado sus memorias.

Desde aquél día, finalizadas sus tereas, Daniel se iba deprisa para encontrarse con el anciano y escuchar sus relatos que lo arrastraban a un torbellino de épicas andanzas guerreras. Fue así que durante un año y medio continuaron encontrándose, en las que el guerrero memoraba sus incursiones por tierra lejanas del continente sudamericano, ante el oído atento de Daniel que luego en su casa, las transcribía ilusionado por plasmarlas en un libro de aventuras fantásticas.

Habían pasado más de seis meses desde que se conocieron y María Mercedes ya no le servía té, sino que su abuelo y el cartero mateaban juntos, mientras desgranaban historias de héroes y traidores.

A todo esto, a Daniel comenzó a asaltarlo la incertidumbre. Llegó a pensar que el viejo deliraba. ¿Cómo era posible que un ejército pudiera cruzar la cordillera de los Andes a lomo de burro? ¡Imposible! ¡Ni siquiera el Gran Emperador Napoleón había llegado a tanto! Ante este dilema, creyó enloquecer. Pero no quiso darse por vencido y los relatos continuaron alimentando su aspiración de escritor, y a medida que el personaje central iba mutándose en él, su cabeza parecía querer estallar. Entonces comenzó a sentir miedo y turbación. ¿Eran todas estas historias una realidad o la fantasía de una mente senil?

El día que llegó a la casa 113 y no había nadie, Daniel se paralizó. Los vecinos le informaron que habían trasladado al anciano a París por recomendación médica. Abatido volvió a su casa; allí su amada Juliette lo cobijaría entre sus brazos y calmaría sus angustias.

Don José volvió a Boulogne y Daniel pudo compartir con él muchas veladas más. Esta vez tomando mate solo, porque al enfermo la prescripción médica se lo impedía.
Aquél viernes 16 de agosto e 1850 fue la última vez que Daniel se encontró con su amigo. Don José estaba en lecho de enfermo atendido por su hija y nieta. Sur espiración agónica anunciaba lo inevitable. Apenas abrió los ojos, el abuelo extendió su mano buscando estrechar la suya, y balbuceó:

     - Aujourd’hui, je suis fatigué… Si tu viens demain, je vais te dire qui a été le recrue qui a suavé ma vie… Un grand guerrier argentin…

Daniel la tomó entre las suyas; la sintió fría y muy frágil, en contraste con aquella mano viril y aguerrida que sostuvo la espada en tatas batallas. Desconsolado se hincó ante el lecho y ocultó su rostro. No quiso que lo vieran llorar.

Era de noche cuando salió a caminar por las calles de la ciudad, llegó a orillas del mar, se despojó de sus ropas y corriendo enloquecido con los brazos abiertos, desató su llanto anudado… Su héroe, el intrépido guerrero de las mil hazañas, estaba vencido.



Este relato obtuvo el primer premio del concurso realizado por el área de literatura de la Municipalidad de Venado Tuerto con motivo del Día de la Tradición “Mateando con don José Francisco de San Martín” en noviembre de 2012.-

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