lunes, 17 de agosto de 2015

EL MIRÓN


Joaquín era un marido y padre ejemplar. A pesar de ser un destacado profesional médico, su extremada timidez parecía limitarlo en el ámbito social. Tenía cuarenta y cinco abriles cuando Carla, su hija mayor, cumplía los quince y la calvicie ya había hecho estragos en su cabeza prominente.

Fue por aquellos años, cuando se desató la eufórica campaña destinada a desterrar a los pelados, haciéndoles creer que eran la ridiculez humana. Desde la propaganda de productos para detener su caída, y la oferta de postizos -que se asemejaban  más a un nido de hurracas que a una cabellera- hasta los mágicos entretejidos, eran considerados la panacea recuperadora de la juventud perdida.

Influenciadas por tanta información mediática, las cuatro damitas de Joaquín -con la complicidad de mamá- insistieron en que se hiciera un entramado. Él, que sabía lo mucho que sufren los hijos cuando sus padres no se asemejan a sus ídolos juveniles, comenzó a pensar seriamente en hacerse un arreglito craneano.

Convencido de su prematuro envejecimiento, aceptó el desafío. Una mañana muy temprano partió rumbo a la ciudad de Rosario para someterse a un tratamiento capilar.

Allí los especialistas comenzaron a zamarrearle la cabeza con champús, cremas y jabones especiales. Luego lo pasearon por varias dependencias analizando sus cabellos ralos, hasta que finalmente lo depositaron en un jardín para examinarlo a la luz natural.

El proceso demandó toda la mañana y gran parte de la tarde, hasta que finalmente las manos suaves de una señorita muy mona ella, fueron las encargadas de cubrir la pelada con la melenuda ficción.

Cuando Joaquín se retiró de la clínica era muy tarde, de manera que rápidamente se fue hasta la estación terminal y abordó el primer ómnibus que lo traería de regreso a casa. Mientras viajaba, sentía la rara sensación de llevar sobre su cabeza un enorme turbante oriental e intuía que toda la gente lo observaba con marcada curiosidad. Veía cómo algunos lo hacían con asombro, otros con una sonrisa irónica y la mayoría sacudiendo la cabeza con guiño burlón. Tanta imaginación lo estaba llevando al borde del pánico, y a pesar del frío reinante, comenzó a sentir mucho calor. Unas gotas gordas de sudor comenzaron a correr detrás de sus orejas y se filtraban por el cuello de la camisa, mientras una fuerte picazón en el cuero cabelludo se estaba poniendo insoportable. Finalmente llegó a destino y presuroso bajó del ómnibus, levantó las solapas para ocultarse de la gente y comenzó a caminar aceleradamente hacia su casa. Pensó que caminar le haría bien para relajarse.

Cuando por fin llegó a su casa e intentó abrir el portillo, “Pascual”, su perro dóbeman, le mostró los dientes y gruñó desconfiado. Joaquín retrocedió y trató de calmarlo llamándolo por su nombre, pero “Pascual” seguía desconfiando y se lanzó enardecido contra las rejas dispuesto a defender la vivienda. Joaquín, instintivamente dio un salto hacia atrás en el preciso momento que pasaba un patrullero. Ante los movimientos sospechosos del hombre y los ladridos del can, los polizontes se bajaron del auto a toda carrera y detuvieron al desconocido.

-¡Ja! ¡Mirá quién es! –dijo uno de los policías a su compañero de ruta- ¡Nada menos que el mirón de la peluca! ¿¡No te da vergüenza andar espiando por las ventanas, viejo verde?!



Sin más lo cargaron en el patrullero y se lo llevaron a toda velocidad.

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