lunes, 17 de agosto de 2015

EL HUECO QUE DEJÓ UN SUEÑO



Los primos Patricio y Santiago habían nacido a escasos días de diferencia. Sus papás, los hermanos
Dowling, sostenían que sus hijos eran la prórroga de sus vidas. Eran la continuación de una dinastía de más de dos siglos, según sus cálculos.

Los chicos – compinches como lo fueron sus padres – sentían una atracción muy especial por Manuela, la dama de compañía de su abuela Brígida, porque les contaba cuentos fantásticos que ellos escuchaban con sobrado interés.

Un día Manuela les contó que cada vez que alguien moría, se apagaba una estrella y que cuando nacía un niño, se encendía otra. Los niños se tomaron tan en serio aquella historia, que durante muchas noches despejadas, se pasaban horas sumando y restando estrellas sin hallar en el universo respuesta a sus fantasías cósmicas.

El asunto se complicó la noche que velaban a la “Granny”, y salieron al parque que rodeaba la casona de la estancia “San Patricio”, para ver cuál era la estrella que se había apagado; pero “¡Oh sorpresa!”, el cielo estaba totalmente cubierto.  Desilusionados ingresaron nuevamente y se ubicaron frente al “fire place” que irradiaba un calor acogedor. Desde allí observaban los rituales que cumplían los mayores cuando velan a los muertos.

Desde la habitación de la “Granny” provenía el ronroneo del rezo del rosario, al que los chicos no pudieron asistir debido a la prohibición de entrar a la capilla ardiente que les había impuesto tía Kate. En tanto, desde la cocina, provenían las voces de los hombres que, consumiendo café y abundante whisky, acompañaban a los deudos fumando habanos que repartía Agnes, la nieta mayor de los Dowling. Entre el murmullo, de vez en cuando se oía el escape de una risa reprimida producto tal vez de algún chiste, o de alguna anécdota graciosa, que en estas circunstancias tenían abundante abono entre los presentes. Cuando se abría la puerta de la cocina se expandía una oleada de humo de exquisito aroma habanero que invadía el resto de la casa. Entre la mezcla de humo, licores y conversación, más que velorio parecía una reunión festiva.

Pero a los chicos el tema de las estrellas los inquietaba y necesitaban hablar del asunto.

-  ¿Cómo será morirse? preguntó Patricio en voz baja a su primo.
-  Como apagar una vela – respondió Santiago con ínfulas cancheras de saber un poco más que Patricio
¿Así nomás, como apagar una vela?
Así nomás... ¿No te acordás lo que nos contó Manuela?
Sí, me acuerdo, pero mi mamá me dice siempre que no le crea mucho lo que dice Manuela...
¿Por?...
Porque “la pobre vieja no sabe leer ni escribir, entonces inventa historias...” respondió Patricio usando las mismas palabras de su mamá.
¡¿Qué inventa historias?! – preguntó asombrado Santiago - ¿Eso quiere decir que lo de las estrellas es un invento? – se preguntaba a sí mismo con un dejo desencantado.
Puede ser, no sé... ¿Vos qué pensás? – indagó Patricio
No sé... Pero lo que sí sé, es que alguien puso esas nubes para que no pudiésemos ver las estrellas...
      - ¿Quién...?
      - Supongo que Dios... ¿Sino quién?... Solamente Dios puede hacer esas cosas...
      - Aunque también San Pedro hace su parte... ¿Te acordás cuando “Granny” rezaba en la cama “San Pedro que llueva... San Pedro que pare de llover...San Pedro que salga el sol…” y  tantas peticiones más?
      - Pero San Pedro no se mete con las estrellas... – razonó Santiago muy cajoneado.
      - Pero sí con las nubes... – replicó Patricio

En lo mejor del parloteo -que había aumentado de tono – se oyó un fuerte y sonoro “¡Shhhhhhht!” Era la tía Kate que, asomada desde la sala mortuoria, los conminaba a cerrar la boca. Obedientes, agacharon la vista y guardaron silencio. Ya de madrugada, vencidos por el sueño, se quedaron profundamente dormidos. Algún día alguien se encargaría de contarles la historia de las estrellas y llenarían el hueco que esa noche les dejó aquél sueño infantil.

Adiós a Granny

El día amaneció lluvioso y frío; un manto de neblina cubría todo el parque que lucía yermo. Afuera, bajo la galería, los hombres conversaban sigilosos, repitiendo -tal vez una y mil veces- el mismo repertorio de la noche anterior intentando amortiguar el frío impiadoso de una brisa helada que castigaba sus rostros y calaba hasta los huesos. En el interior, el cura -que había pasado la noche en la casa- cotorreaba el Kirieleisón, Christeleison, Kirieleisón, Christe áudinos, Christe exaudinos… acompañado por los


presentes que respondían a cada invocación del ritual. A las 9 en punto llegó el coche fúnebre tirado por seis briosos caballos negros que lucían penachos al tono y despedían un vaho corporal condensado por el aire frio; detrás, tres carruajes, cada uno conducido por dos distinguidos funebreros, cada cual con su frac, sombrero de copa y guantes blancos. Cuatro de ellos se descendieron para ultimar detalles. Apenas el cura terminó con las oraciones, taparon el féretro en medio de sollozos agudos de los deudos. Manuela, la dama de compañía, lanzaba gemidos prolongados, haciendo honor a una herencia criolla, protocolo del ritual doliente ante la muerte. 

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