lunes, 14 de diciembre de 2015

CARTA DE MARIANO MORENO A SU AMIGO JUAN JOSÉ CASTELLI

Buenos Ayres, 23 de enero de 1811.-
Apreciado amigo:
Su ausencia me ha deprimido mucho más de lo imaginable. Sin embargo, en vísperas de mi partida, encuentro en la redacción de esta carta, el aliento suficiente para emprender este forzoso viaje, cuyo resultado espero me ayude a superar tantas desilusiones y desencuentros.
Hace un tiempo recibí noticias de Feliciano Chiclana y me ha contado sobre su delicado estado de salud. Debe usted cuidarse; no son éstos los mejores tiempos para enfermarse. Ha sido 1810 un año cargado de emociones, y si algo ha quedado grabado en mi memoria han sido su oratoria y el coraje que supo usted infundirle a todos aquellos jóvenes que, junto a nuestro no menos querido Bernardo, hicieron la verdadera revolución.
Mariano Moreno
Una ardua tarea nos espera. Sé perfectamente que la victoria del 25 de mayo está muy lejos de consolidarse. Debemos actuar con mucha cautela, la burocracia colonial no vacilará un instante en trabar nuestras acciones. Los hechos están a la vista. Siempre se empieza por lo más insignificante. Esta vez me tocó a mí.
Cuando el 18 de diciembre se reunió la Junta, estuvieron todos, excepto Belgrano y usted que estaban en misión militar y los nueve deputados de Buenos Aires, cuyos justificativos no tuvieron sustento. Como teníamos que tratar la incorporación de los diputados del interior, sobraron las excusas, hasta que finalmente obtuvieron la mayoría. Votaron igual que la Junta, a favor. Juan José Paso fue el único que votó en contra. Los demás: Saavedra, Azcuénaga, Alberti y Matheu sostenían que no se ajustaba a derecho, pero… Ese “pero” siempre presente cuando las papas queman… Larrea votó en igual sentido, pero sin consideraciones. Me acusaron de ser responsable de la política seguida por la Junta, de querer exportar la revolución no solamente al Brasil, sino a toda la América Hispana. Rehuyeron toda discusión renovadora, temerosos –tal vez- de enredarse en cuestiones que podrían perjudicar sus bienes, olvidándose del interés del pueblo. Será por eso que siempre me consideraron un individuo peligroso y sin control.
Juan José Castelli
Recordando los sucesos acaecidos en la asamblea del 22 de mayo, donde todo era anormal hasta el absurdo, hierve la sangre en mis venas y mi corazón parece querer estallar de rabia. Escuchar a los empresarios alzar sus voces proclamando las bondades de las leyes coloniales, erigiéndose en exégetas de normas herrumbradas que ellos jamás cumplieron, ni les interesará cumplir jamás. Fue otro ardid para amedrentar cualquier reclamo criollo. Por eso amigo mío, cuando Vicente López me dijo convencido de que “todo había salido bien”, no pude menos que reaccionar terminantemente y decirle sobre mis sospechas de haber sido traicionado. Teníamos entre nosotros muchos más enemigos de los que imaginábamos, y le previne que esos serían los primeros en echarnos el guante. Desgraciadamente el tiempo no tardó en darme la razón…
Además, apreciado amigo, no pudieron digerir la firma del decreto del 6 de diciembre. El presidente, a pesar de haberlo avalado, no estaba muy convencido. Para festejar la victoria de Suipacha, sus seguidores adornaron los salones del cuartel de Patricios con sendas coronas detrás de los asientos destinados al presidente y su esposa. Luego (según me han contado, porque a mi me prohibieron entrar) se produjo un episodio grotesco cuando un oficial alcoholizado presentó a Saavedra los símbolos monárquicos. ¡Un verdadero bochorno!
¿Recuerda usted cuando redactamos la circular para los Cabildos? Era el 26 de mayo. Recuerdo que ese día conversamos largo y tendido sobre el futuro de la revolución. No sé por qué razón me fastidio tanto si todo era previsible. Tantas ideologías dispares, la ausencia de un plan de gobierno. Cada vez que me viene a la memoria la jornada del 25 se me anuda la garganta. Esa plaza llena de platenses exaltados y el ir y venir de French, Beruti, Planes, Chiclana y el Padre Grela, que no lograba tranquilizar a la muchedumbre y de vez en cuando le pedía a Martín Rodríguez que se asomara a los balcones para intentar apaciguarlos.
Querido y apreciado amigo: Quisiera tener en este momento poderes sobrenaturales para detener el paso del tiempo. Son exactamente las cuatro de la tarde y el calor agobiante de esta querida Buenos Ayres me está ahogando y me llena de nostalgia. Sé que he de extrañar todo lo que aborrezco de ella, especialmente cuando el frío de la lejana Europa me haga añorar el calor de la lealtad de mis amigos verdaderos.
Esta noche me embarcaré en la clandestinidad. Al decir de domingo French, quieren eliminarme. Seguramente han canjeado mi vida por una embajada… Algún día disfrutaré la gratitud de estos ciudadanos que hoy me cuestionan y a quienes perdono de corazón. Antes prefiero que el pueblo empiece a creer en el gobierno que en mi propia conducta, porque tengo la certeza de haber defendido con pureza intencional, cada uno de sus derechos.
Reciba usted un fuerte abrazo,
Mariano
jbw-1996- Concurso sobre próceres argentinos.
Final del formulario


miércoles, 25 de noviembre de 2015

CENIZAS



CENIZAS
“…la urna de cenizas
sobre la barra, es
del mismo tamaño
 de una pinta…”
“Last Orders” tráiler


Aquella tarde, como era habitual, los bochófileos se reunieron en el bar del club; esta vez sin “el Beto” Farías. A dos días de su muerte, y sin siquiera haber podido acompañarlo hasta la tumba, sus amigos intentaban elaborar el duelo y continuar con la clásica jornada diaria de quemar horas de conversas anodinas, desde cuando el club supo mantenerse en la cima de los campeonatos.

Todo era pasado; un pasado que sirvió para afianzar una amistad sin mella, más allá de algunas discusiones originadas por la diversidad del grupo.

Ahora, cada cual a su manera, lo recordaba “al Beto” con nostalgia. Cuando la carga etílica rebalsó, se aflojaron las lenguas y dieron rienda suelta a sentimientos subjetivos. “El Beto” se había ido y no pudieron despedirlo como ellos hubieran deseado. Cerraron el jonca y la viuda anunció sin rodeos su cremación.

“El Beto” ocupaba un cargo importante en los espacios oficiales politiqueros; tenía a su  alcance más prerrogativas que otros, lo que le permitía auxiliar a sus amigos en momentos críticos; pero claro, también había retornos de los que nadie hablaba, pero existían. Se daba todos los gustos y su billetera hoy podría estar abultada como mañana escuálida. Así era él, le daba boleo a la guita sin importarle en qué se diluía. Se jactaba de que Matilde, su mujer, sabía guardar su lugar y jamás le cuestionaba sus largas noches de garufa y timba, porque el macho de la casa era él.

Ramón Carrillo, “el Laucha”, fue el primero en arrojar un dardo largamente guardado. Dijo que iba a extrañar las cargadas que le hacía sobre sus hijas, que por cierto no eran muy agraciadas. “El Negro” Pardo, cazó al vuelo el convite y largó lo suyo. Confesó sentirse aliviado de no tener que cargarlo cada vez que se empeludaba; se libraría de  los reproches de la mujer, y de los rezongos de la propia, cuando por la mañana tenía que limpiar los asientos del utilitario, producto de alguna descompostura. En tanto “el Gordo” Tolosa hizo mención al carácter agrio, y hasta sobrador, “del Beto”, pero “el Petiso” Roldán lo justificó, y adujo que esa pedantería era propia de un ganador: “Las mujeres se ‘redetían’ por él” dijo con cierta envidia. Por su parte “el Mocho” Pintos opinó que  tal vez esas ínfulas, vistas como un defecto, no eran otra cosa que mostrarse en primer plano. “Él era así”, justificó, y apostó a que no le quitaba mérito a su persona, recordando su origen humilde. “Eso me consta” dijo. “Conmigo tuvo un buen gesto cuando se enfermó mi hija”. Ahí algunos cruzaron miradas cómplices, porque sabían cuál era “ese gesto”. Había “algo” que muy pocos conocían y que surgió de la mujer del conserje, de quien todos sabían del fato con “el Beto”. La despechada espetó: “Dejen de lamentarse tanto por ese hdp, yo lo biché cuando iba al quiosco del turco Felipe”. El quiosco lo atendía la mujer del turco y cuando “el Beto” pispeaba que la revista “Hola” la exhibía invertida, exclamaba: “¡Oh! Llegó la ‘Hola’, voy a comprársela a mi mujer” Y salía escarpiendo al quiosco, para regresar una hora y media más tarde con la revista bajo el brazo, cuando se acordaba de traerla. Era la clave, ese día el turco estaba de turno en la sala de primeros auxilios y no podía abandonar la guardia. Por eso la mujer  odiaba a la quiosquera y aumentó su encono contra ella y “el Beto”, cuando éste dejó de jugar con fuego después que el conserje le mostrara la 9 mm que guardaba en un cajón de la barra.

En un segundo, y como por arte de magia, todo fue silencio. Hasta las miradas se ocultaron. No podían creer lo que acababan de escuchar. Nadie se atrevía a hablar ni a levantar la vista. Estaban todos fichados por esta mujer. No le conocían esa cara; era peligroso ser su enemigo. El silencio era la mejor manera de cubrir la olla que ella amenazaba destapar.

A todo esto se hizo un silencio fatídico, cuando de sopetón entró la viuda como un huracán. Sin mediar palabras se fue hasta la barra y allí depositó con vehemencia un pequeño cilindro del tamaño de un balón: “Acá lo tienen. Se los dejo -les dijo rabiosa-  Hagan con él lo que quieran”. Dio media vuelta y se fue.

El cilindro tenía un rótulo adherido: “Roberto ‘Beto’ Farías - † 20/10/1012”.



sábado, 22 de agosto de 2015

EL TANATOPRACTOR (Relato de 50 palabras)



Surcado por delgadas estrías, el rostro de María -más que los años transcurridos- delataba las huellas de su agonía interminable. El tanatopractor la recibió, y en silencio, se entregó con paciencia a su labor profesional. Una hora después, terminada su obra de arte, la expuso en un féretro de cedro. 

lunes, 17 de agosto de 2015

TOMANDO MATE CON EL VIEJO VIZCACHA (2 relatos)

CUANDO NIÑO, TOMÉ MATE CON EL VIEJO VIZCACHA

-Yo conocí al Viejo Vizcacha… -le dije al profesor cuando recitaba los versos del Martín Fierro.
-¿De verdad que usted lo ha conocido jovencito? – me preguntó irónicamente ante la risa desatada del resto de la clase.

-¡Sí señor! – respondí con seguridad.

-Pues entonces, niño, cuéntanos cómo fue ese encuentro…-exigió el españolizado profe.

Entonces comencé a contar mi pequeña historia: “Todos los veranos, con mi primo Francisco, pasamos las vacaciones en el campo de nuestros tíos Eduardo e Inés. Como ellos no tienen familia, nosotros pasamos a ser sus hijos adoptivos por quince días. Nuestra principal diversión es cabalgar unos matungos viejos muy mansos, pero no menos mañeros, que están gordos y lentos de haraganería. Los  tíos solo se ocupan de darnos de comer y vigilar que nos lavemos antes irnos a la cama, una recomendación de nuestras madres que la tía Inés cumple religiosamente. Del resto se encarga Vicente Luna, el peón entrado en años que vive en una casita ubicada detrás del galpón donde se guardan las herramientas, la chatita Ford A y algunas bolsas de cereales. Vicente es el que nos lleva a todas partes, desde arriar las vacas, atender la majada de ovejas y revisar los hilos de los alambrados, hasta levantar los huevos del gallinero. De vez en cuando, con gran habilidad, Vicente caza con sus boleadoras algunas perdices que después cocina a la parrilla; entonces cenamos con él. Cuando esto sucede nos
dice:No hagan renegar a doña Inés. Coman conmigo así ella no tiene que cocinar’. Y la verdad es que a nosotros nos gusta más comer con Vicente, porque nos cuenta laaaargas historias de gauchos matreros que andan vagabundeando por la zona. Dos veces a la semana vamos al pueblo a buscar las cartas y los diarios que recibe el tío; a veces la tía nos encarga que compremos el pan. Lo que sí hacemos siempre, es llevarle algún pollo o pavo desplumado con algunos duraznos y peras al cura del pueblo, además de la infaltable bolsa de higos, que según la tía Inés, son la debilidad del padre Pedro.

Y fue a nuestro regreso de una de esas cabalgadas, que nos sorprendió una tormenta de viento y tierra. Para evitar la mojadura, Vicente ordenó que apuráramos el trote para llegar lo antes posible a la tapera que está a medio camino. Cuando estábamos a unos 50 metros se largó el aguacero y llegamos al refugio todos empapados. Grande fue nuestra sorpresa al encontrarnos con tres caballos atados a un árbol y observar que salía humo del interior de la casucha. Vicente se apeó y nos hizo señas de silencio, y que esperáramos en la galería. Al rato salió y nos ordenó que entráramos. Allí había tres gauchos mateando, uno de ellos era un viejo barbudo y sucio. ‘Estos son los gurises del patrón’ dijo Vicente a modo de presentación. Los jóvenes gauchos levantaron la vista y nos dieron la bienvenida; el viejo, mate en mano, nos miró con cara de malo y soltó: “Donde los vientos me llevan, allí estoy como en mi centro. Cuando una tristeza encuentro, tomo un trago pa’alegrame. A mi me gusta mojarme por ajuera y por adentro”, y lanzó una carcajada endiablada. “Tome un amargo compadre” - le dijo a Vicente extendiéndole el mate. “Al menos mójese las tripas pa’seguir andando”. Vicente tomó el mate y agradeció la gentileza del viejo; luego, nos miró a nosotros, y para tranquilizarnos agregó: “Este es el gaucho Vizcacha, del que tantas historias les conté, y los mozos son los hijos de Martín Fierro, el gaucho errante de nuestras pampas”. Entonces el viejo volvió a tomar la palabra y confirmó lo de Jacinto: “Ansí es, me llaman ‘el viejo vizcacha’, por avaro y mandón, pero recuerden siempre que el que gana su comida, bueno es que en silencio coma, ansina ustedes ni por broma, quieran llamar la atención, nunca escapa el cimarrón, si dispara por la loma”.

Cuando paró la lluvia montamos nuestros matungos y partimos en silencio rumbo a casa. Sólo hablaba Vicente, que nos contaba sobre las penurias de los chicos Fierro y el aguante que tenían para con el Viejo Vizcacha. Andaban por la zona haciendo un gran arreo de ganado cuando fueron sorprendidos por la tormenta que los obligó a refugiarse en la tapera. Así conocí al Viejo Vizcacha”.

Cuando terminé mi relato se oía hasta el zumbido de las moscas. Todos, incluso el profe, estaban en silencio y con la boca abierta. Es que mi historia era real; yo había mateado con el Viejo Vizcacha y los hermanos Fierro, y eso fue a mediados del siglo XX, en medio de estas extensas tierras planas de  horizontes infinitos.

NOTA: Mi homenaje a don Vicente Luna a quien recuerdo con especial cariño. Gaucho noble y paciente, gran domador y jinete habilidoso. 
Cementerio de San Eduardo. Don Vicente Luna es recordado
por sus sobrinos en una placa sin fecha de fallecimiento















 CAMINO DE LA RASTRILLADA

El tren llegó a Pergamino al atardecer y los viajeros se dirigieron al hospedaje del pueblo. En el establo estaban los carruajes y los caballos listos para la travesía del día siguiente. El clima  caluroso demandaba que la partida debía iniciarse muy temprano, hacia los campos del Venado Tuerto. Frente a la posada, y desde muy temprano, mucha  gente se juntó para ver los carruajes nuevos y los caballos de pedigrí con lustrosos arneses dorados, prontos para la travesía. El espectáculo era inusual para el pueblo, que no estaba acostumbrado a ver a tata gente arribar por ferrocarril.  “¿Qué andarán buscando  por acá tantos ingleses?” se preguntaban, sin saber que era un grupo de intrépidos adelantados dispuestos a ensanchar las fronteras de la pampa y poblar las desiertas tierras santafesinas.

A medio camino, el sol estaba en plomada y el calor agobiante obligó a los viajeros a tomarse un descanso a orillas de una laguna, donde los animales pudieran abrevar. En el otro extremo del pantano, se divisaba una columna de humo que llamó la atención a Don Eduardo Casey -guía de la expedición, hombre intrépido y observador- quien de inmediato tomó sus catalejos y pudo escrutar un reducto. Ante el temor de una embestida maleva que pusiera en riesgo a los viajeros, montó a caballo y partió hacia el lugar acompañado por el postillón.

Cuando llegaron al asentamiento, tres hombres salieron a su encuentro con cara de pocos amigos. Casey, avezado en estas huestes, les ganó de mano y saludó efusivamente con un “¡Buenas tardes paisanos!” y se apeó del caballo. “Ando buscando ayuda” dijo con autoridad aplomada. “Se nos ha quebrado una pierna el postillón y necesitamos unos maderos para entablarlo”-arguyó con astucia. Los tres  hombres seguían inmutables mirándose unos a otros, como si no entendieran el lenguaje del forastero. Entonces Casey
continuó: “Tengo a cambio aguardiente y tabaco para compensar”. En ese instante se miraron entre ellos dando señales de aprobación a lo que el más veterano respondió: “Aura sí hay trato”. De inmediato Casey le ordenó al postillón que fuera a buscar lo prometido mientras él continuaba conversando con sus anfitriones, que lo invitaron a matear con un anciano que, cobijado bajo un toldo precario, estaba sermoneando a un chico que escuchaba con atención sus palabras.

 -“Vos sos pollo, y te convienen toditas estas razones, mis consejos y lecciones, no echés nunca en el olvido, en las riñas he aprendido a no pelear sin puyones”, decía el viejo apuntándole su índice derecho, y con la izquierda sostenía el mate humeante. En eso estaba cuando giró la vista a los recién llegados; y como queriendo legitimar sus regaños, espetó: “Con estos consejos y otros que yo en mi memoria encierro, y que aquí no desentierro, educándome seguía, hasta que al fin se dormía, mesturao entre los perros”,  y tomó la pava enhollinada y vertió agua en el mate que alcanzó al forastero: “Me yaman el Viejo Vizcacha” dijo “Porque me achacan roñoso y agarrau, pero mi cumpa Martín, ánima en pena que anda rondando el pago, me dejó a este gurí guacho pa’ que no juera pillao por la milicada”.

¿Quién era Martín? - preguntó Casey devolviendo el mate acabado.

El gaucho Fierro -respondió el cacique anfitrión.

-¿Y anda por estos pagos? -indagó nuevamente Casey.

-No se sabe, porque se ha cortado entre los infieles cuerpiándole a los milicos, el viejo, que siempre anda echando panes, lo da por muerto fantaseando con su ánima  penando querencia… 

-Es ansina aparcero, -soltó el viejo Vizcacha- ¡La pucha si era guapo el Martín! ¡Se retoba conmigo cuando el gurí se mete en nido ajeno!¡Pero el muy ladino es astilla del mismo palo y no lo puedo enderezar! -Deliraba malignamente el viejo como queriendo probar la dureza con la que trataba al chico.

Y así siguió la conversa,  entre los delirios del Viejo Vizcacha y la preocupación de don Eduardo por ganarse la confianza de este revoltijo de criollos y aborígenes; matreros y forajidos; temibles y mansos nómades lanzados a su suerte en medio del desierto pampeano, mientras esperaba el regreso del postillón con los elementos de canje. Sin dudas -casi con certeza- se podría afirmar que don Eduardo Casey fue el primer gringo con alma gaucha, que campeó estos confines inciertos donde mateó con el Viejo Vizcacha a orillas de la laguna, camino de la rastrillada.

Este relato obtuvo Mención de Honor en el certamen "Mateando con el Viejo Vizcacha" que organizó el área Literatura de la Municipalidad de Venado Tuerto por el día de la tradición. 10 de noviembre de 2014

LA NAVIDAD DE LOS NIÑOS


Sentado a la sombre del frondoso ombú de la plaza, parloteaba sobre intrépidas lides guerreras que conjugaba con fragmentos de Shakespeare, Scott, Yeats…, poetas de su lengua vernácula.

Su mente perturbada por un tormentoso sueño guerrero, se descontrolaba cuando el absurdo se filtraba por su dañado tejido cerebral. Le decían “el inglés loco”.

Desde que llegó al pueblo, el viejo Tom pasó a ser parte de una comunidad que no dudaba en ayudarlo a subsistir. Aquella noche buena fue Martín, el hijo del panadero, el que se aproximó al escondrijo del inglés, cuya silueta iluminada por la lumbre del brasero, parecía sumida en la más profunda de las meditaciones.

La visita del chico alegró al solitario personaje, que dio signos de recuperarse de su desolado aislamiento. Su acostumbrada parquedad no impidió que le relatara al muchacho la historia de una noche buena que marcó su confusa existencia.

“Fue en 1944, cuando en plena guerra me encontraba en Dinant, a orillas del Mosa en la lejana Europa. Aquel día fuimos sorprendidos por las tropas alemanas y debimos dispersarnos ante una emboscada sembrada de sangre y muerte. Desesperadamente me refugié en una granja abandonada. Cuando me repuse de tanto horror y barbarie, era de noche. Súbitamente oí cánticos navideños entonados por un grupo de niños que chapaleaban en la nieve camino a la iglesia del pueblo. De pronto una antorcha se apartó del sendero y enfiló hacia mí. Cuando la luz iluminó la puerta de mi escondite, escuché con atención un saludo navideño en la vos suave y gentil de una niña: ‘Joyeux Noël, Monsieur’ dijo, y dando media vuelta regresó a la marcha festiva. Al día siguiente, hambriento y con mucho frío, salí de mi refugio. Un silencio apacible pero incierto reinaba en la campiña, y un manto blanco inmaculado cubría la pradera… En el umbral había un trozo de pan y una botella de aguardiente. Gracias a la niña sobreviví de aquél infierno”.

Por un instante callaron las voces.  Sólo se oía el chisporroteo del fuego y el chillar de los insectos de la noche…. Tomando aliento, el anciano continuó con voz entrecortada: “Martín, ahora sos vos quien viene a llenar mi soledad y a ordenar mis sentidos… Una vez leía que si los viejos no nos hacemos como niños, seremos siempre almas errantes... Los niños, Martín, son como la Navidad: el nacimiento y la alegría de la vida…”

Publicado en 1996 por Editorial Del Aromo, en una selección de cuentos cortos: “Erase una vez una noche buena”. Este relato está inspirado en un personaje que vivió en la localidad de La Chispa.

ÁNGELES REBELDES


Walter era un chico que jamás había peleado o discutido con los pibes del barrio. De trato dócil y mirada franca, se había ganado el afecto de todo el vecindario.

Lector empedernido, las aventuras de Tarzán, Mandrake, Misterix y tantas otras, eran su pan de cada día. Vivía esas aventuras con tanta intensidad que en su memoria prodigiosa se hacían demasiado reales, a tal punto que los chicos del barrio esperaban con impaciencia sus relatos para liberar sus fantasías juveniles y viajar por exóticos países, desafiando los peligros de selvas, montes y mares, para enfrentar la ferocidad de criaturas primitivas al mando de sofisticadas máquinas espaciales.

Y fue una noche de verano, cuando Walter relataba la historia de trece "ángeles rebeldes", y la magia del universo sacudió la tranquilidad de aquel pueblo perdido en la inmensidad de la pampa.

Cautivados por el relato, los pequeños se fueron transportando al espacio imaginario de estrellas y astros de otras galaxias, absorbiendo energías sobrenaturales provistas por su imaginación, que se acrecentaba en cada secuencia de aquella apasionante aventura galáctica que Walter desarrollaba con tanta maestría.

"...entonces el Capitán Zark, al mando de la Nave Mayor, ordenó atacar a los ángeles rebeldes... ‘¡Apronten el comando número uno!’ indicó el Capitán Zark, y las naves comenzaron a disparar torrentes de espuma gaseosa que rápidamente paralizaron las naves insurrectas..."

De pronto un relámpago iluminó el universo y un fuerte remolino cercó a los niños por segundos; luego el silencio envolvió la noche y cuando una suave brisa disipó el lugar, emergieron en el centro de la plaza las figuras petrificadas de los niños, con sus miradas perdidas hacia el infinito.

La inocente fantasía de aquellas almas infantiles plasmó en la tierra, una rebelión angelical desatada en el desconocido mundo del espacio.

FIESTA DE POETAS


Aquella mañana de octubre, Marisa Pelufo –mi profesora de lengua y literatura- ingresó a tercero comercial con su habitual encanto juvenil.

Entonces descubrí que no era el único que sufría esa febril atracción por ella, y que ya no era exclusivamente mía como lo había creído hasta ese momento. Éramos treinta y dos vándalos apiñados en un salón diseñado para veinte, y el curso más revoltoso de la escuela. Sin embargo manteníamos una excelente conducta durante las clases de literatura, lo que motivó comentarios suspicaces en la sala de profesores, a tal punto que nos compararon con los dulces y candorosos angelitos de estampitas religiosas.

Esas circunstancias me obligaron a tomar la delantera. Al día siguiente, y para que mi propósito no se enfriara, decidí escribirle una carta a la profe, declarándome perdidamente enamorado de ella.

Para conquistarla, y sabiendo la devoción que tenía por la poesía, busqué en un libro que creí de Pablo Neruda, estos versos que cuidadosamente copié a mitad de página: "Si al mecer las azules campanillas de tu balcón, crees que suspirando pasa el viento murmurador, sabe que oculto entre las verdes hojas suspiro yo".

Los días que siguieron fueron interminables. Con impaciencia conté cada minuto que faltaba para la próxima clase. Hasta que por fin llegó la hora, y contrariamente a lo que yo aspiraba, Marisa entró al aula con la soltura juvenil de siempre, y ordenó tomar una hoja:

“Ahora voy a dictarles estas rimas de Becquer...”-dijo tomando una de las tantas hojas que acomodó sobre su escritorio.

Para mi sorpresa, vi que el papel que tenía en sus manos era nada menos que mi carta, cuyas rimas comenzó a recitar mientras su mirada recorría toda la clase. Mi sangre pareció
congelarse, mientras un sudor frío corría por mis costillas. “Está buscando al atrevido que la escribió” – pensé simulando serenidad.

Cuando nuestras vistas se encontraron, mi labio superior comenzó a temblar nerviosamente. Creo que ella se dio cuenta, pero continuó la clase como si no hubiera pasado nada y comenzó a dictar: “Si al mecer las azules campanillas...”

      “Pero, señorita, ¿no es Neruda?” – interrumpí electrizado.
      “No, alumno”–me respondió con toda naturalidad- “…es Becquer”- y tomando otro papel prosiguió: “Neruda escribió así: ‘Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote, amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado...’"

 Luego, ante el asombro de todos, tomó una tercera hoja y dijo:

      “Machado también escribió versos tan bellos como estos: ’Sentí tu mano en la mía, tu  mano de compañera, tu voz en mi oído...’"

 Y después, tomando otra hoja y luego otra y otra más, prosiguió recitando a García Lorca, Almafuerte, Quevedo, Hernández...

       “Queridos alumnos” –dijo finalmente- “…gracias por sus trabajos. Ayer fue el día más feliz de mi vida. Gracias por comprender mi locura poética... Espero que algún día pueda decir de alguno de ustedes: ’Ese gran poeta fue mi alumno’".

 El silencio de la clase fue total, sólo se oía el rumor del viento primaveral que se filtraba por la quebradura de un vidrio; "deben ser los poetas que están de fiesta", pensé.

Primer premio concurso literario  Municipalidad de Venado Tuerto año 1997

EL REPOSO DE UN DON JUAN


Domingo a la mañana sonó el timbre de calle, mientras Juan, acostumbrado a madrugar, disfrutaba escuchando la radio mientras degustaba unos mates amargos. Sin apurar el paso fue hasta la entrada y precavido, observó por la mirilla para ver de quién se trataba. Como era una mujer joven y apuesta, Juan abrió la puerta sin titubear y se encontró con una bella señorita que vestía una rigurosa mini falda roja con zapatos al tono y una larga cabellera rubia que apenas le cubría los hombros desnudos. Juan, prudentemente y para no alterar el sueño de Manuela, cerró la puerta suavemente.
-¡Buen día señor! –saludó la muchacha con graciosa soltura
-Buen día niña... –respondió Juan muy meloso.
-No tan niña…-corrigió ella con picardía
-¡Bué!.. es una manera de decir –respondió él muy cortés
-Es usted muy amable, señor… -agregó ella con sonrisa cómplice.
-Ante tanta belleza ¿quién no? –retrucó Juan, acostumbrado a galantear.
La florida conversación duró el tiempo que la joven creyó necesario. Juan estaba extremadamente excitado y ya no escuchaba nada a su alrededor, solamente se deleitaba con la frescura de aquella jovencita cautivante.
-¿No se compraría un lugar de reposo para usted y su esposa? –le ofreció ella abriendo un catálogo de coloridas fotografías.
-¿De qué se trata? –preguntó Juan con la vista perdida en el pronunciado escote en “v” que la promotora parecía henchir.
-Son reposeras… -intentó explicar, pero Juan la interrumpió:
-¿No sería mejor queme regalara a mí un momento de reposo?
-¡Por qué no señor!.. –exclamó ella muy resuelta, mientras le extendía una tarjeta- Aquí tiene mi teléfono, llámeme cuando quiera y también usted tendrá un lugar para el descanso…
Rebosante, Juan tomó el cartoncito y no dejó de mirarla mientas se alejaba graciosamente. De pronto se abrió la puerta, era Manuela, cuyo instinto femenino olfateó gato encerrado.
-¿¡Qué vende esa mujer?! –preguntó con tono sospechoso.
-Reposaras… -respondió Juan distraído, mientras le extendía la tarjeta a Manuela y continuaba con la mirada extraviada observando a la joven alejarse en busca del próximo cliente- Reposeras, vende reposeras…-repitió.
-Pero acá no dice reposeras… -bramó Manuela- ¡Dios mío, a quién se le ocurre venir a vender terrenos en un día domingo!
-¿Terrenos? –preguntó Juan aturdido
-Sí Juan, terrenos… -insistió Manuela aireando la tarjeta ante los ojos de Juan- ¡Pero en el cementerio!
-¿En el cementerio?.. -repitió Juan desconcertado.
-¡Sí señor!!!! Acá está bien clarito: Graciela Fernández, promotora de ventas “Cementerio Parque Otoñal”…
El pícaro don Juan no resistió y dando un profundo suspiro se desplomó.

RUIDOS MOLESTOS


Fue durante una madrugada de verano, cuando abruptamente desperté muy agitado y de un salto me senté en la cama. Mientras trataba de ordenar mis sentidos, vi cómo las sombras de las cortinas iluminadas por relámpagos de la tormenta, proyectaban ondulantes figuras fantasmales.

Al ver que mi esposa disfrutaba plácidamente de su reposo, deduje que se trataba de una pesadilla. O tal vez uno de aquellos sueños “pesados” originados por una mala digestión. No muy convencido, me volví a acostar, pero al instante un ruido estridente volvió a sacudirme. Intenté encender la luz, pero estaba cortada. Aguardé unos segundos y decidí levantarme.

Despacito y tratando de no hacer ruido, me fui hasta la cocina. Allí el único habitante viviente era un molesto grillo que no paraba de emitir su monótona melodía amorosa. Luego me encaminé a la sala de estar, e inmediatamente de tras de mí, apoyando su nariz húmeda y fría en mis piernas, estaba mi viejo perro caniche, cuya agitación delataba que estaba tan asustado como yo.

A todo esto, cada vez que un relámpago iluminaba la sala, mi imaginación multiplicaba los fantasmas al escuchar el misterioso ruido acompañado por un gemido quejumbroso.

Temblando como un títere descontrolado, sentí que mi corazón rebotaba acompasado cual tambor de ópera Wagneriana. Por un instante traté de controlarme, pero el misterioso ruido parecía repetirse con mayor frecuencia y aumentaba mi angustia. ¿Qué estaba pasando? ¿De dónde provenían esos golpes tan particulares, cuya contundencia no era metálica? ¿Quién estaría haciendo semejante alboroto? ¿Acaso una gresca callejera? ¿O tal vez un atraco? ¿Y por qué no una trágica desavenencia amorosa?

Mientras me invadía un sinnúmero de interrogantes, sorpresivamente, y como sincronizando los hechos, se encendieron las luces y los misteriosos ruidos se silenciaron. De inmediato un objeto pesado cayó por la chimenea envuelto en una nube de hollín y salió disparado hacia el ventanal que da al patio, donde rebotó contra el vidrio y volvió nuevamente a rondar en círculos buscando la salida de la trampa mortal.

Por fin abrí el ventanal y el furioso objeto encontró la anhelada libertad.

Se trataba de un enorme gato que había quedado entrampado en el pulmón de la chimenea.

No sé cómo era mi aspecto, pero el pelaje de mi perro blanco estaba negro carbón. Con sus ojos brillando de pánico, temblaba como una hoja mirándome desorientado.

Cada vez que recuerdo aquella noche, me pregunto si el perro se sintió tan ridículo como yo.

TEATRO


Casi siempre tomaba el mismo camino de regreso a casa, pero ese día, atraído por la curiosidad, fui por otra calle recientemente remozada.

Caminar por aquella avenida, con canteros llenos de flores y retoños de las más variadas especies, era muy placentero. Imaginando los colores que vendrían en la próxima primavera, me olvidé del fío de esa noche de julio y avancé algunas cuadras más. Luego giré a la izquierda y emprendí mi regreso por otra vía menos concurrida.

Al pasar frente a los amplios ventanales de una antigua casa de señorío colonial, oí una acalorada discusión en un hombre y una mujer.

Amparado por las sombras y vencido por mi curiosidad, indiscretamente me puse a escuchar:

-¿¡Qué hiciste!? – preguntaba el hombre sorprendido.
-¡Lo maté, mi amor, lo maté!.. –sollozaba histérica la mujer.
-¿¡Que lo mataste?!
-¡Sí! ¡Sí!  ¡Lo maté, te juro que lo maté! –insistía ella
-Está bien, está bien…-respondió él para tranquilizador- La verdad es que el viejo se lo merecía… Ahora tenemos que hacer creer que se suicidó estando borracho…
-¡No!... ¡A él no!... –reaccionó violentamente la mujer- Hice lo correcto ¿No mi amor?..
-¿!Qué querés decir?!.. –indagó él dudoso- ¡No me dirás que mataste al bebé!
-¡¡Sí!!.. –gritó ella desaforada.

A esa altura de los acontecimientos el que estaba enteramente loco era yo. Salí de allí corriendo despavorido. Cuando llegué a mi casa llamé desesperadamente a la policía para denunciar lo que acababa de escuchar y sin perder tiempo, volví corriendo al lu
El horror, que me había sacado de todo control, me impedía coordinar mis sentidos y asimilar semejante tragedia familiar. A medida que me iba acercando a la casa, veía cómo llegaban al lugar los vehículos policiales y las ambulancias. No me animé a acercarme más; por lo que pude observar todos los movimientos a la distancia. Al cabo de un rato la policía y los médicos se retiraron de la casa y la gente comenzó a dispersarse. Carcomido por la curiosidad morbosa, me acerqué a un hombre que había estado entre los curiosos y le pregunté qué había ocurrido, simulando ignorar lo sucedido.

-¡No pasó nada!... –me respondió con una franca carcajada. –En esta casa funciona una escuela de teatro y estaban ensayando una obra dramática que algún ignorante confundió con la realidad y llamó a la policía”



Sentí vergüenza y alivio. Volví a mi casa y después de una ducha caliente me fui a dormir… No pude conciliar el sueño en toda la noche.

EL MIRÓN


Joaquín era un marido y padre ejemplar. A pesar de ser un destacado profesional médico, su extremada timidez parecía limitarlo en el ámbito social. Tenía cuarenta y cinco abriles cuando Carla, su hija mayor, cumplía los quince y la calvicie ya había hecho estragos en su cabeza prominente.

Fue por aquellos años, cuando se desató la eufórica campaña destinada a desterrar a los pelados, haciéndoles creer que eran la ridiculez humana. Desde la propaganda de productos para detener su caída, y la oferta de postizos -que se asemejaban  más a un nido de hurracas que a una cabellera- hasta los mágicos entretejidos, eran considerados la panacea recuperadora de la juventud perdida.

Influenciadas por tanta información mediática, las cuatro damitas de Joaquín -con la complicidad de mamá- insistieron en que se hiciera un entramado. Él, que sabía lo mucho que sufren los hijos cuando sus padres no se asemejan a sus ídolos juveniles, comenzó a pensar seriamente en hacerse un arreglito craneano.

Convencido de su prematuro envejecimiento, aceptó el desafío. Una mañana muy temprano partió rumbo a la ciudad de Rosario para someterse a un tratamiento capilar.

Allí los especialistas comenzaron a zamarrearle la cabeza con champús, cremas y jabones especiales. Luego lo pasearon por varias dependencias analizando sus cabellos ralos, hasta que finalmente lo depositaron en un jardín para examinarlo a la luz natural.

El proceso demandó toda la mañana y gran parte de la tarde, hasta que finalmente las manos suaves de una señorita muy mona ella, fueron las encargadas de cubrir la pelada con la melenuda ficción.

Cuando Joaquín se retiró de la clínica era muy tarde, de manera que rápidamente se fue hasta la estación terminal y abordó el primer ómnibus que lo traería de regreso a casa. Mientras viajaba, sentía la rara sensación de llevar sobre su cabeza un enorme turbante oriental e intuía que toda la gente lo observaba con marcada curiosidad. Veía cómo algunos lo hacían con asombro, otros con una sonrisa irónica y la mayoría sacudiendo la cabeza con guiño burlón. Tanta imaginación lo estaba llevando al borde del pánico, y a pesar del frío reinante, comenzó a sentir mucho calor. Unas gotas gordas de sudor comenzaron a correr detrás de sus orejas y se filtraban por el cuello de la camisa, mientras una fuerte picazón en el cuero cabelludo se estaba poniendo insoportable. Finalmente llegó a destino y presuroso bajó del ómnibus, levantó las solapas para ocultarse de la gente y comenzó a caminar aceleradamente hacia su casa. Pensó que caminar le haría bien para relajarse.

Cuando por fin llegó a su casa e intentó abrir el portillo, “Pascual”, su perro dóbeman, le mostró los dientes y gruñó desconfiado. Joaquín retrocedió y trató de calmarlo llamándolo por su nombre, pero “Pascual” seguía desconfiando y se lanzó enardecido contra las rejas dispuesto a defender la vivienda. Joaquín, instintivamente dio un salto hacia atrás en el preciso momento que pasaba un patrullero. Ante los movimientos sospechosos del hombre y los ladridos del can, los polizontes se bajaron del auto a toda carrera y detuvieron al desconocido.

-¡Ja! ¡Mirá quién es! –dijo uno de los policías a su compañero de ruta- ¡Nada menos que el mirón de la peluca! ¿¡No te da vergüenza andar espiando por las ventanas, viejo verde?!



Sin más lo cargaron en el patrullero y se lo llevaron a toda velocidad.

EXÓTICO GALÁN


Todos los domingos después de misa, los jóvenes hijos de inmigrantes irlandeses hacían breves reuniones sociales frente a la parroquia. Por esos días había llegado al pueblo Willy Kehoe, oriundo de Chascomús y mayoral de una de las diligencias que cumplía su recorrido entre Pergamino y Venado Tuerto. 

Willy era un muchacho de 30 y pico de años, de estampa varonil y costumbres extravagantes; muy divertido y desprejuiciado, virtudes y defectos que los más jóvenes admiraban y los veteranos envidiaban. Algunos vieron en él a un peliagudo competidor y se dedicaron a denigrarlo, diciendo que era un vividor adicto al trago y a la timba. Pero a pesar de ello, a la hora de las reuniones sociales todos querían estar a su lado y compartir sus ocurrencias. “¡Se atropellan como ganado para estar con él!” decían algunos con cierto malestar, considerándose desplazados por este raro galán que tanto atraía a las mujeres. Los más despechados comentaban que el padre lo había echado de la casa por vago, lo que no era extraño, aunque a nadie le importaba, porque Willy había salido adelante por sus propios medios, iniciándose como postillón cuando apenas tenía 12 años, sorteando los embates indígenas con astucia y bizarría en los agrestes desiertos pampeanos. ¡Cuántos envidiaban a este atrevido y desenfadado chinetero! Adicto a los burros, no había paisano a quien no le hubiera pedido dinero para apostar a las cuadreras que se corrían a orillas del pueblo. Siempre seco, pero cuando la suerte lo favorecía, saldaba sus deudas y después gran fiesta en el boliche. El viejo Kearney lo quería muchísimo: hasta perdió amigos por defenderlo. “Es el hijo que no tuve” –decía, reflejando lo mucho que hubiera deseado ser como él. Pero su cariño fue excesivo, porque cuando Willy le pidió casarse con su hija Maggie, la menor, el corazón del pobre viejo no lo soportó y se entregó a la muerte. 

El casamiento se postergó por un año, como era costumbre entonces, pero Willy no resistiría tanto tiempo sin poseer a Maggie. 



Un día como tantos, trepó a la galera con cuatro pasajeros abordo, azuzó a los caballos y partió rumbo a Pergamino. Desde ese día, Willy con Maggie nunca más regresaron a Venado Tuerto; ella lo hizo después de enviudar, allá por el año 1892 junto a sus cuatro hijos. 

EL OCASO DEL GUERRERO


      - Pourquoi as-tu retardé. Daniel?
     - Le vieil homme du 113 de la Grand-Rue est très grave, je ne crois pas qu’il passera la nuit…

Daniel era empleado de correos en Boulogne Sur Mer, y el 16 de agosto de 1850 había regresado a su casa más tarde que lo habitual, lo que inquietó a su esposa Juliette. La razón era que don José, el anciano del primer piso de la casa 113 de la Grand Rue, estaba exhalando sus últimos suspiros.

Don José, era un extranjero que había fascinado a Daniel desde el mismo día que le entregó la primera carta proveniente de un país exótico. En aquella ocasión lo atendió una niña de aspecto muy delicado que dijo llamarse María Mercedes y que resulto ser su nieta. Ante la curiosidad de Daniel por saber el origen de la carta, la niña ensayó alguna explicación geográfica que distrajo al abuelo, que impaciente, inquiría quién era el visitante.

      - C’est le facterur, grand-père - anunció la niña
      - Alors, fais-le passer!.. - reclamó el anciano

Cuando Daniel ingresó, se encontró con un hombre de aspecto gentil, de profusa cabellera blanca y bigote espeso, que lo invitó a tomar asiento, mientras dejaba de lado el libro y la gafas para extender su mano amistosa, disculpándose por no ponerse de pie. El anciano se mostró ansioso por conversar con quien tenía interés en escucharlo.

La plática resultó amena para el visitante, que no perdió detalle de lo que el lúcido anciano le contaba sobre su país de origen. Durante su estada, la niña se ubicó a un costado de la sala, y luego de servirle una taza de té a Daniel, le alcanzó a su abuelo reiteradas veces, un pequeño recipiente con una boquilla diminuta, de donde el anciano sorbía el contenido. Daniel pensó que tendría dificultades para ingerir líquidos, por lo que la escena le resultó normal. Lo que no le resultó normal fue la permanencia en la casa, al comprobar que el tiempo transcurrido pasó tan fugazmente escuchando a este personaje particularmente atrapante, que le propuso volver a encontrarse cuantas veces quisiera. Sin dudas, el anciano disfrutaba contado sus memorias.

Desde aquél día, finalizadas sus tereas, Daniel se iba deprisa para encontrarse con el anciano y escuchar sus relatos que lo arrastraban a un torbellino de épicas andanzas guerreras. Fue así que durante un año y medio continuaron encontrándose, en las que el guerrero memoraba sus incursiones por tierra lejanas del continente sudamericano, ante el oído atento de Daniel que luego en su casa, las transcribía ilusionado por plasmarlas en un libro de aventuras fantásticas.

Habían pasado más de seis meses desde que se conocieron y María Mercedes ya no le servía té, sino que su abuelo y el cartero mateaban juntos, mientras desgranaban historias de héroes y traidores.

A todo esto, a Daniel comenzó a asaltarlo la incertidumbre. Llegó a pensar que el viejo deliraba. ¿Cómo era posible que un ejército pudiera cruzar la cordillera de los Andes a lomo de burro? ¡Imposible! ¡Ni siquiera el Gran Emperador Napoleón había llegado a tanto! Ante este dilema, creyó enloquecer. Pero no quiso darse por vencido y los relatos continuaron alimentando su aspiración de escritor, y a medida que el personaje central iba mutándose en él, su cabeza parecía querer estallar. Entonces comenzó a sentir miedo y turbación. ¿Eran todas estas historias una realidad o la fantasía de una mente senil?

El día que llegó a la casa 113 y no había nadie, Daniel se paralizó. Los vecinos le informaron que habían trasladado al anciano a París por recomendación médica. Abatido volvió a su casa; allí su amada Juliette lo cobijaría entre sus brazos y calmaría sus angustias.

Don José volvió a Boulogne y Daniel pudo compartir con él muchas veladas más. Esta vez tomando mate solo, porque al enfermo la prescripción médica se lo impedía.
Aquél viernes 16 de agosto e 1850 fue la última vez que Daniel se encontró con su amigo. Don José estaba en lecho de enfermo atendido por su hija y nieta. Sur espiración agónica anunciaba lo inevitable. Apenas abrió los ojos, el abuelo extendió su mano buscando estrechar la suya, y balbuceó:

     - Aujourd’hui, je suis fatigué… Si tu viens demain, je vais te dire qui a été le recrue qui a suavé ma vie… Un grand guerrier argentin…

Daniel la tomó entre las suyas; la sintió fría y muy frágil, en contraste con aquella mano viril y aguerrida que sostuvo la espada en tatas batallas. Desconsolado se hincó ante el lecho y ocultó su rostro. No quiso que lo vieran llorar.

Era de noche cuando salió a caminar por las calles de la ciudad, llegó a orillas del mar, se despojó de sus ropas y corriendo enloquecido con los brazos abiertos, desató su llanto anudado… Su héroe, el intrépido guerrero de las mil hazañas, estaba vencido.



Este relato obtuvo el primer premio del concurso realizado por el área de literatura de la Municipalidad de Venado Tuerto con motivo del Día de la Tradición “Mateando con don José Francisco de San Martín” en noviembre de 2012.-